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La Otra Parte de La Verdad

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Libro usado en buenas condiciones, por su antiguedad podria contener señales normales de uso

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First published January 1, 2004

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Nicolás Márquez

31 books70 followers
Escritor y abogado argentino, Nicolás Márquez nació en Ramos Mejía el 22 de abril de 1975. Estudió en la Universidad Nacional de Mar del Plata y también en la Universidad FASTA. De ideología ultraconservadora, Márquez ha colaborado con artículos de opinión en medios como Infobae y Prensa Republicana, que fundó y dirigió. En 2006 publicó La mentira oficial, donde aborda la época del terrorismo de Estado en Argentina desde una perspectiva anticomunista. Márquez también ha publicado obras como El libro negro de la nueva izquierda, Cuando el relato es una farsa —ambos junto a Agustín Laje—, La máquina de matar o Perón. El fetiche de las masas.' to ' De ideología ultraconservadora nazi, Márquez ha colaborado con artículos de opinión en medios como Infobae y Prensa Republicana, que fundó y dirigió. En 2006 publicó La mentira oficial, donde aborda la época del terrorismo de Estado en Argentina desde una perspectiva anticomunista. Márquez también ha publicado obras como El libro negro de la nueva izquierda, Cuando el relato es una farsa —ambos junto a Agustín Laje—, La máquina de matar o Perón. El fetiche de las masas

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Displaying 1 - 2 of 2 reviews
27 reviews1 follower
May 1, 2019
Es de los mejores ensayos introductorios a la guerra antisubversiva de los 70 que hay
Profile Image for Verba Non Res.
495 reviews129 followers
November 28, 2022
Este libro tiene dos propósitos manifiestos. El primero, como bien adelanta el título, es reponer lo que, de acuerdo a la visión de Nicolás Márquez, le falta a nuestra historia de lo ocurrido en Argentina en la década de 1970 y, especialmente, durante la dictadura antes conocida como Proceso de Reorganización Nacional. El segundo, que no está en el título, pero que Márquez nos revela tras unas pocas páginas, es que la verdad que creemos conocer no es más que una verdad incorrecta e incluso intencionalmente deformada; es decir, que no es una verdad en absoluto. En cuanto a su primer propósito, La otra parte de la verdad es un libro apenas intrascendente; en lo que hace al segundo, es directamente nefasto.

Empiezo por la intrascendencia. Nicolás Márquez dice que para comprender lo ocurrido durante la última dictadura militar argentina (a la que él se refiere como “gobierno militar”) es necesario comprender sus causas, el contexto histórico que llevó, según parece de forma inevitable, al golpe del 24 de marzo de 1976. Hasta aquí, una afirmación con la que no estaría en desacuerdo cualquier historiador. Lo que diferencia a Márquez es el carácter conspiranoico con el que la matiza. Este es un rasgo que aparece siempre en sus libros y en sus presentaciones públicas. Es lo que le impide ser un historiador (bueno, malo, lo que sea) y lo deja en simple panfletista de la derecha política.

Para Márquez, desconocemos el contexto que produjo la dictadura militar y, si lo desconocemos, es porque hay sectores políticos interesados en borrar de la historia los crímenes cometidos por los grupos armados y en presentar el terrorismo de estado (el lo llamará “guerra antisubversiva”) como un hecho injustificado. Pero todo esto no es más que una fantasía del autor. Cualquiera que estudie mínimamente la historia de esos años, no tardará en encontrarse con todo lo que Márquez nos presenta como si fueran grandes revelaciones: los grupos armados existieron, eran violentos y, tenían programas políticos radicales; el terrorismo de estado comenzó ya en democracia, bajo el gobierno de Perón y el de Isabel; la sociedad argentina apoyó, en buena parte, el advenimiento de la dictadura militar. Todo esto lo tienden a decir quienes vivieron en esos años, y los libros no lo ocultan: Galimberti, de Larraquy y Caballero; Política y/o violencia, de Pilar Calveiro; La voluntad de Caparrós y Anguita, para mencionar los que se me ocurren ahora, son obras que hablan de los grupos armados sin ignorar su complejidad ni sus excesos y contradicciones.

Lo que a Márquez le interesa no es presentarnos el accionar de la guerrilla como una de las causas que llevaron al terrorismo de estado, sino como su justificación. Aplicando su propia lógica, podríamos decir que también la violencia de las organizaciones armadas encontraba su justificación en otros actos de violencia que las antecedían. La proscripción del peronismo, el bombardeo a la Plaza de Mayo, los fusilamientos. Por supuesto. Y los autores de esos actos, a su vez, podrían ampararse en los cometidos por Perón, durante su gobierno, y así. Históricamente, hay que trazar la línea en algún punto, porque, de lo contrario, cualquier libro de historia debería comenzar por el Big Bang. Cuando hablamos de la dictadura, por supuesto que tiene mucho sentido hablar de la violencia política que la precedió, pero el terrorismo de estado es un hecho tan aberrante que puede y debe ser pensado en sí mismo. Incluso si lo vemos como la culminación de las décadas en que la violencia se fue instalando y fue aceptada como parte de la vida política del país, lo que hizo el estado argentino entre 1976 y 1983 es excepcional e injustificable.

Bueno, supongo que acá llegamos a la otra parte de la otra parte de la verdad: para Nicolás Márquez, el terrorismo de estado no existió como tal. Desaparecidos sí: excesos de parte de las fuerzas armadas, sí; muertes de inocentes, sí; apropiación de niños, en algunos casos. Nicolás Márquez acepta que este tipo de hechos ocurrieron, y, las veces que los menciona, los califica de deplorables. No obstante, si no se atreve a decir que están justificados, al menos se muestra muy abierto a comprenderlos y aceptarlos como parte de la guerra civil que, según él entiende, tuvo lugar en Argentina durante los años 70. Este es un argumento frecuente de quienes defienden las acciones de la dictadura; fue también esgrimido en el repulsivo alegato de Emilio Massera durante el juicio a las Juntas, un alegato que Márquez reproduce en este libro, en términos elogiosos. El término “guerra civil” parece, cuando menos, cuestionable. Arguendo, aceptemos esa definición de Márquez. ¿Cambiaría en algo, bajo esa óptica, la naturaleza criminal de la dictadura?

Una situación de guerra, incluso de guerra no convencional, no significa que vale todo - por algo existe la figura de los crímenes de guerra. E, incluso bajo esa óptica, no hay justificación legal posible para las acciones de la última dictadura militar. Nicolás Márquez asegura que los detenidos eran llevados a centros clandestinos, y no a cárceles comunes, para evitar los asaltos y fugas masivas que eran frecuentes en ese momento. Sin embargo, aquí el carácter clandestino no señala simplemente que se tratara de centros secretos, sino que las detenciones en sí eran realizadas fuera de cualquier marco de legalidad. Las leyes de la guerra no impiden que se ejecute a prisioneros, siempre y cuando dichas ejecuciones estén precedidas por el debido proceso judicial. Huelga decir que no hay registro de este tipo de juicios; una circunstancia que Márquez justifica alegando que, toda vez que se intentó juzgar a los guerrilleros, los jueces fueron amenazados o incluso asesinados, y que por lo tanto no había ningún tribunal civil dispuesto a continuar con esa tarea. Esto no sería un problema, si nos atenemos a las Convenciones de Ginebra para el tratamiento de los prisioneros de guerra. Según se establece en el artículo 84 de dicho documento, un prisionero de guerra solo puede ser juzgado por un tribunal militar. No hace falta mencionar que también debería llevarse un registro de este proceso y notificar de la sentencia a las partes pertinentes. Otras acciones que se llevaron a cabo en estos centros clandestinos, como la tortura, se consideran crímenes de guerra en todos los casos.

En resumen, que haya habido o no una guerra cambia poco el carácter criminal de las acciones de la dictadura. Me cuesta creer que esto no lo sepa Nicolás Márquez, que tiene título de abogado. El autor dirá también que, por supuesto, murieron inocentes durante la dictadura, ya que esta realidad forma parte de la naturaleza misma de la guerra. Una naturaleza lamentable, aclara Márquez. De nuevo, no puedo creer que esta sea una confusión bienintencionada. Lo propio de las guerras es que los no combatientes mueran durante acciones militares. Lo que ocurrió durante la dictadura fue que no combatientes fueron detenidos, torturados y ejecutados por la maquinaria ilegal que el gobierno militar había montado, y que no contaba con las garantías necesarias para evitar este tipo de hechos. También nos aclarará Márquez que “la condición de desaparecido no convierte al terrorista en inocente” (127). No los convierte en inocentes, en sentido estricto, pero sí los convierte en víctimas. Además, sí los hace inocentes, en sentido legal, puesto que no existió ningún juicio que demostrara su culpabilidad. Esto lo sabe cualquier hijo de vecino, sin necesidad de haber estudiado en la FASTA.

En realidad, uno de los legados más siniestros de la dictadura es el de haber destrozado la noción misma de verdad. Sus propios actos criminales exigían no dejar ningún registro de lo ocurrido, y esa ausencia de registros es lo que, hoy por hoy, permite cuestionarlos. Ya lo decía Videla en los 70: de un detenido se puede decir si está recibiendo un trato justo y humano; del desaparecido, no se puede decir nada. Véase lo que dice Nicolás Márquez en un fragmento que envejeció maravillosamente mal:

“Dentro de los presuntos bebés apropiados se encontraría un supuesto nieto de la Sra. Estela Carlotto (presidente de Abuelas de Plaza de Mayo) madre de dos hijas que integraron las filas del terrorismo montonero en las ramas estudiantiles (UES y JUP). Se afirma que una de ellas, estando detenida en supuesto estado de preñez dio a luz una criatura que en vez de ser entregada a sus ascendientes consanguíneos en segundo grado, fue irregularmente trasladada a manos de otra familia, lo cual es una mera hipótesis esbozada por la propia Carlotto, dado que no se conoce constancia fehaciente de que su hija muerta en la guerra haya estado embarazada alguna vez. (…) La realidad, que consta en la causa ante el Dr. Bagnasco, es que en el caso Carlotto no hay testimonio ni evidencias sobre embarazo alguno, ni parto, ni sustracción de menor. Sólo dos testigos afirman haber visto a la mujer luego de un presunto parto que no les consta.” (159)


Las condiciones de la represión ilegal fueron, precisamente, la razón de que Carlotto no supiera del embarazo de su hija sino hasta después de que esta fuese asesinada. Se enteró por comentarios de otras detenidas; un tipo de prueba débil, que Márquez utiliza para poner en duda la veracidad del relato, pero también la única prueba de la que se puede disponer en las condiciones creadas por la dictadura. Sin embargo, el embarazo ocurrió; el nieto de Carlotto fue apropiado y su verdadera identidad se conoció recién en 2015. Esto, incidentalmente, prueba que Laura Carlotto no fue “muerta en la guerra”, como asegura Márquez, puesto que cursó el embarazo en un centro de detención, y dio a luz nada menos que en el Hospital Militar. Claramente no fue abatida en un combate con las FFAA, sino asesinada sin juicio previo por el estado argentino.

***

PS: Siete años después de que Márquez publicara este libro, su más famoso protégé sacaría otro con básicamente los mismos argumentos, pero pensado más para el gran público.
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