Érase una vez una época no soñada en la que en los quioscos se podían encontrar todo tipo de revistas de cómics, dirigidas a una amplísima variedad de lectores, desde niños chiquitines (Pulgarcito, Don Mickey) y más creciditos (Tío Vivo, TBO, Súper Mortadelo), hasta lectores adultos (Cimoc, El Víbora, Zona 84, Comix Internacional), pasando, claro está, por los inevitables cómic-books de súper tipos, aunque su calidad media era sensiblemente superior a la bazofia que se puede encontrar en la actualidad (y no, no es la nostalgia hablando por mí, es la pura verdad). La invasión nipona, para bien o para mal, todavía no había inundado Occidente.
Aquellos eran los fabulosos años 80, una época de creatividad desatada tras la muerte del funesto dictador, y en las fantásticas revistas que poblaban los quioscos en esos tiempos, se podía uno encontrar a grandes maestros extranjeros y, como no, patrios, como Miguel Gallardo, Daniel Torres, Jordi Bernet, Carlos Giménez, Rubén Pellejero y, por supuesto, ese maravilloso tándem que formaban el guionista Antonio Segura y el ilustrador José Ortiz.
Y, de golpe y porrazo, todo aquello se fue al traste. Siempre culparé a los empijamados por ello, pero soy consciente de que esto se debe principalmente a que fueron los únicos supervivientes de aquella debacle. El cómic adulto siguió publicándose, claro está, pero Norma fue prácticamente la solitaria abanderada de este otrora boyante género, con La Cúpula tratando de sobrevivir como podía sin su emblemática revista. Bueno, y la incombustible El Jueves, que pasó por tantos altibajos que uno no sabía si merecía la pena o no gastarse los cuartos en ella cada semana. El Mad español, mismamente.
Fueron años duros.
Recientemente, y por motivos que siempre me han parecido tan misteriosos como los que llevaron a su extinción a finales del pasado siglo-principios del presente, el cómic para adultos ha vuelto a estar de moda, y se están recuperando grandes obras que nunca debimos dejar que cayeran en el olvido. Hombre, una excelente epopeya post-apocalíptica en la que el dominio del blanco y negro del gran José Ortiz queda más patente que en ninguna de sus otras obras, ha conocido ya tres ediciones integrales desde que se publicaran sus postreras entregas en 1994, y, aunque tenía varios de los álbumes que Norma publicara hace muchos años, me he decidido a adquirir la última debido a que se caían a pedazos, y, al releerla, he podido constatar con placer que no ha envejecido ni un solo día; es más, me resulta hasta visionaria: el mundo de perro-come-perro en el que Hombre corre sus desventuras es, sin duda, más creíble hoy que hace cuarenta años. Lo que eso diga del ser humano como especie, lo dejo, como Segura y Ortiz, para la reflexión del lector.