Por cosas de azar, leí paralelamente "El lento silbido de los sables" de Patricio Manns y "Cadáver exquisito" de Agustina Bazterrica. Si bien el primero ocurre en un pasado oscuro de la historia chilena, la "pacificación de la Araucanía"; y el segundo en un futuro distópico, al otro lado de la cordillera, donde un virus hace desaparecer del mapa alimenticio a todos los animales del mundo, empujando a la humanidad al canibalismo; ambas historias hablan de la deshumanización de una parte de la sociedad, de la institucionalización del asesinato y de cómo nos terminamos acostumbrando al horror.
Orozimbo Baeza y Marcos Tejo, desde su perspectiva son "los buenos", los que, según ellos, tratan a los sometidos de la forma más humana que su situación les permite, como agentes de la máquina. Ven en los otros, aquellos que gozan de los privilegios del nuevo orden, todos los defectos que en realidad también habitan en su ser. Sufren, se erigen como víctimas, prácticamente al mismo nivel que los mapuche y las "cabezas" de ganado humano y los carroñeros. En el mejor de los casos, se ven como un engranaje suelto, que lucha por desensamblarse.
Pero en realidad, son otra pieza más, muy bien asegurada y aceitada.
Y es precisamente en esta negación donde radica la importancia de asumir una narración, no desde la perspectiva de la víctima, sino desde el victimario, ya que empuja al lector, entre pasajes grotescos, de horror visceral y violencia sexual amparada por un sistema que mira hacia el lado; a entender que no está tan lejos del monstruo, que en un escenario similar, tal vez estaría en la vereda del opresor, con el acoso de la culpa, con el remordimiento carcomiéndole las entrañas, pero opresor al fin.