Vi la obra hace millones de años, en una función al aire libre, en los años en que Santiago a Mil era gratis o de verdad la entrada costaba luca. Después, años después, conocí a la Cristalina Parra, la nieta de Nicanor y ella me contó: mis papás se conocieron durante las giras de la Negra Ester. Ahora, desde San Antonio, me invitan a dictar un taller de décimas a propósito del natalicio de don Roberto y paso por una librería de viejo preguntando por su obra y encuentro esta edición maletín literario de hoja blanquísima. Bacán, porque de niña siempre soñé con y nunca recibí ese maldito maletín. Amo las décimas, quiero hablar en octosílabos. Ahora que vivo en Valpo, leer la primera línea del texto me hizo sentir like home: Al puerto de San Antonio.... Me encantó que Roberto monte versos como diálogos con su guión (―), que use tanta chuchá y palabra coloquial, y que hacia el final recite cortando los versos y se entienda igual (Gloria al padre, gloria al hi / Gloria al espíritu San), gesto que me recuerda a los traperos que fuman mari y les rompen el cora. Se me entibió el pecho cuando Roberto nombra a Nicanor (mi hermano-padre) y me hizo pensar en las ramas de esta familia parrón: en su poesía Nicanor le habla a su hija Catalina y la a Viola Chilensis; la Viola le escribe canciones a Roberto y cartas a Nicanor; tras la muerte del hermano-padre, Cristalina le escribe poemas a su abuelo/Tatai. Belleza, amor. El desquite también me gustó montones, harto cahuín shakespereano, harta chuchada, harta jerga y refrán de campo. Gracias a mí misma, ya lo dije, por comprar este librito en una librería de avenida Francia, frente a un puesto de pescados.