Todos los veranos, a principios de los 60, un Simca color cereza recogía a la familia y se iniciaba el viaje ritual hacia el paraíso. El una batería militar situada en una zona alejada y solitaria de la costa mallorquina. Así arranca Solsticio, con una escritura solar como el mismo verano, que atraviesa la infancia y la convierte en una meditación mediterránea de gran belleza. Las pequeñas historias y las liturgias cotidianas de entonces adquieren aquí una intensidad má el baño en calas vírgenes; los paseos por la montaña; la presencia bíblica de las cabras; las lecturas; la fortificación militar; la observación de las estrellas… Y detrás de todo eso, una manera de entender la isla y una forma de vida ya desaparecidas.
José Carlos Llop es autor de dos libros de relatos: Pasaporte diplomático (El Aleph, 1991) y La novela del siglo (Premio NH para el Mejor Libro de Cuentos publicado en 1999; El Aleph Editores). Ha publicado seis libros de poesía –entre los que cabe citar La oración de Mr. Hyde (Península, 2001), La dádiva (Renacimiento, 2004) y La avenida de la luz (Lumen, 2007)– y es autor de cinco volúmenes de Diarios: La estación inmóvil (Port-Royal, 1990), Champán y sapos (Bitzoc, 1994), Arsenal (Lengua de Trapo, 1996), El Japón en Los Ángeles (Península, 1999), y La escafandra (Destino, 2006). Su obra como novelista comprende El informe Stein (Muchnik, 1995; RBA, 2008; Prix Écureuil de littérature étrangère, 2008), La cámara de ámbar (Muchnik, 1996), Háblame del tercer hombre (Muchnik, 2001 / RBA, 2011), El mensajero de Argel (Destino, 2005) y París: Suite 1940 (RBA, 2007). Posteriormente escribió En la ciudad sumergida (RBA, 2010), una personal y cautivadora visión de Mallorca, de la que ya lleva 10 ediciones, y cuya traducción francesa ha merecido la Mención Especial del jurado del Prix Méditerranée Étranger, y Solsticio (RBA, 2013). Su última novela es Reyes de Alejandría (PRH/Alfaguara, 2016).
Libro breve que narra los veranos que pasó durante su infancia y juventud este autor mallorquín en una base militar del noreste de la isla. Lo cuenta con mucho mimo y delicadeza, con mucho respeto y añoranza de unos tiempos bien distintos a los actuales. Empecé el libro emocionado pues yo también pasé un verano en una base militar de la misma zona de la isla, en la Bahía de Alcudia, quizá diez o quince años después de la acción del libro. Pero el paisaje, la vegetación, las cuevas, el mar, el ambiente de la base militar, el malestar permanente de los soldados peninsulares hacia los insulares, todo me ha resultado cercano. Verídico. Real. Me ha gustado el respeto que el autor muestra hacia su padre, un militar de los que ya no hay: religioso, reflexivo, distante, rígido. No sólo es que ya no haya militares así: es que ya no hay hombres así. Seguro que al padre del autor le habría gustado ver el cariño con que ha sido retratado en el libro. Quizá el libro flaquea un poco al final, pues es de esas historias en las que realmente no pasa nada. Lo que pasa es la vida. Y tal y como comenzó, acaba con el fin de los veranos en la base militar. Un libro para disfrutar de la descripción de un mundo que ya no es. A veces vale la pena disfrutar con lo sencillo. No siempre hay que buscar el doble tirabuzón con triple salto mortal. Disfrutar del solsticio de verano en Mallorca puede ser algo increíble. Inolvidable. Lo mejor del mundo.