Elizabeth Bowen nació en Dublín en junio de 1899 y, como dice ella misma, esas primeras semanas fueron el único tiempo de verano que pasó en la ciudad. Desde entonces, y hasta que con siete años se marchó a vivir con su madre a Inglaterra, cuando llegaba el verano se marchaba con sus padres a Cork, al sur de la isla, para pasar allí la temporada estival, en la gran casa de la familia de su padre. En Siete inviernos l Bowen reconstruye los años que pasó en Dublín y lo hace con pequeños ensayos dedicados a lugares: su habitación, el salón de su casa, una plaza, las tiendas, la clase de baile, las calles. En esos lugares sitúa a los distintos personajes de su infancia, que son pocos porque fue hija única. Sus padres tardaron nueve años en conseguir tenerla a ella y después no tuvo hermanos. Vivía en una gran casa de la clase pudiente angloirlandesa protestante en compañía de sus progenitores y el servicio, nodrizas e institutrices. A los siete años su padre cayó enfermo de depresión y su madre y ella se marcharon y nunca más volvió a vivir en Dublín. Todos estos recuerdos que escribe aquí son una recreación, una reinvención, un artefacto construído sobre lo que recuerda vagamente y lo que otros le contaron, pero eso no le quita mérito. Es verdad que no suena infantil pero es que, claro, a principios del siglo XX los niños no eran niños, eran adultos pequeños. Una vez que conseguían llegar vivos a los dos años se les vestía de adultos pequeños y se les exigía hacer cosas de mayores. (Si eras pobre, en breve estabas trabajando). Los recuerdos de Bowen son de niña rica, privilegiada y protegida, pero son infantiles. Leyéndolo me llamó la atención cómo consigue que la perspectiva del lector con respecto a los lugares que describe sea siempre desde abajo, como la de un niño. Consigue también transmitir esa sensación de seguridad, totalmente ficticia, que todos hemos tenido de pequeños. La que da la cadencia y la repetición de rutinas, actos, palabras y personas en nuestras vidas. Supongo que Bowen escribió este libro para volver, de alguna manera, a ese lugar feliz. En su caso, un Dublín de clase alta pero en el que también hay frío, nieve, lluvia y oscuridad.
Bowen tuvo luego una vida de purpurina y estrellato, formó parte del círculo de Bloomsbury y, a la muerte de su padre, heredó las propiedades en Cork y tuvo una vida de rica inglesa. Como buena rica inglesa dice algo con lo que yo no puedo estar más en desacuerdo:
«Compadezco a las personas a quienes tiene sin cuidado la vida social: las empobrece la ofrenda que se ahorran».
Ya te digo yo que no, Elizabeth.