En todo misterio hay ocultamiento. Hay lo que se dice, pero no sólo que se dice: hay más que vislumbrada, insinuada, presentida. Que, en fin, adviene silenciosa. Hay pues, silencio, un silencio sobrecogedor que sugiere un juego de símbolos.
Mientras el misterio transita a través de símbolos, el terror se concreta en presencia del hecho directo. No excluye el misterio, sino que lo da en concreto. Y, además, lleva implícito el miedo. A tal punto que lo terrorífico, podríamos decir, no lo es porque despierte nuestros miedos: es nuestros miedos. El terror implica, por ello, la dimensión de lo siniestro, en la que coinciden la angustia y el misterio.
Análogamente, el horror está siempre ligado con lo siniestro. Supone un ir hacia lo angustiante, que no puede detenerse. Hay la experiencia de un determinismo, que arroja hacia lo siniestro. Así, en los relatos de horror, el protagonista no puede evitar sus acciones, debe concretarlas, aún a pesar suyo.
Los cuentos incluidos por Juan-Jacobo Bajarlía en esta Antología están, sin duda, adscríptos a estas significaciones y las ejemplifican admirablemente.