Israel trabaja en un corner de una tienda empotrada en otra tienda situada en la planta baja del centro comercial La Vaguada. Antes era un soñador y tenía la cabeza llena de pájaros y de romanticismo, pero ahora, después de haber leído un libro de autoayuda que le ha prometido que será mejor persona, ha adoptado un estilo de vida fluido. Preso de un destino que lo aboca al nihilismo, Israel, como todo buen antihéroe, deberá enfrentarse a su propia destrucción. En un recorrido frenético, febril y trepidante, que parece haber sido sacado del capítulo del descenso a los infiernos del Ulises de Joyce, y que se desarrolla también en un solo y enloquecido día, el centro comercial (espejo de la realidad entera) se convierte en nuestro patio de juegos moderno, donde todo se consigue y todo transcurre, y en una metáfora perfecta del mundo.
Un estilo distinto al que me tenía acostumbrado el señor San Basilio, menos humorístico, más crudo, aunque nunca sucio. Su costumbrismo universal explica el mundo y el ser humano (o sea, el mundo) sin moverse de un centro comercial y sus alrededores. El señor San Balzac no debería dejar de escribir novelas nunca. Su obra aumenta exponencialmente de valor con cada pieza, que son modestas solo en apariencia, como cualquier sillar de cualquier catedral.
No sé muy bien cómo clasificarlo y qué pensar. Puede que necesite más días para ver qué poso me dejó, si es que me dejó alguno. Hay partes, giros, descripciones que me resultaron llamativas e inteligentes, pero tengo la impresión de que le faltó algo. Quizá más narratividad, más trama e historia; pese a que esboza muchas historias me faltó una principal a la que seguir con más interés.
Excelente lectura. Aun recuerdo como me sentí de estúpido cuando menciona lo de la cafetería se Seattle y yo estaba leyendo el libro ahí. Me sentí atacado jaja.