La mayoría de los personajes que habitan este volumen de cuentos son niños y adolescentes forzados a abrir los ojos a la realidad. Ese despertar al que alude el título del libro no es otra cosa que la crueldad, la violencia y el desencanto del mundo en sus diversas manifestaciones: la religión y la pantomima de sus retiros espirituales, el acoso escolar y las oscuras venganzas de las que son capaces quienes lo sufren, el sangriento calvario de los inmigrantes en busca del paraíso, los absurdos planes de hacer dinero en el mercado de los comerciales televisivos o la frustración transmutada en impostura de los maestros universitarios; todos, ritos de paso que llevan a los protagonistas hacia el otro lado del espejo, donde los deseos se hacen añicos. Cada que te atrevas a soñar, parece decirnos Javier Caravantes, es mejor mirar entre las sábanas: puede haber un nido de alacranes esperando.
No sabía que esperar cuando compré el libro y fui a la presentación del mismo. Había escaneado algunas reseñas, leí la contraportada, me pregunté si de verdad quería ir ahí, la portada ofrece un mensaje anacrónico para un tipo de treinta años. Un chavo te mira con... ¿timidez? ¿desafío? ¿apatía? ¿un cuento breve de esperanza? Encogí los hombros. Empecé la lectura antes de la presentación para ver que podía encontrar en uno o dos de los cuentos.
Me enojaba conforme leía. No fue angustia o ansiedad (como me sucedió con "El túnel" de Sábato), simplemente enojo. Después de dos cuentos, donde el enojo estaba acumulándose, decidí cerrar el libro y esperar la presentación. La presentación iluminó un poco el proceso de mi lectura. También fue una oportunidad para que el autor leyera uno de los cuentos y persistiera el coraje. Durante un tiempo me quedé pensando en ello. ¿Por qué me enoja leer el libro? Es muy fácil que te lo digan en una presentación o en una reseña, incluso en la contraportada: Los cuentos contienen en su mayoría personajes adolescentes o jóvenes. También se ve en la carátula: Un chavo te mira, quizás esperando tu primer movimiento.
Dejé el libro en lo que terminaba la lectura de Proust. Definitivamente un libro que provocaba algo como enojo (y sin explicaciones), no podía alternarlo con las múltiples sensaciones que provocaba un persecutor del tiempo. Un buen lector sabe que cuando una lectura está provocando algo, sobre todo algo tan incómodo, tiene que meditar lo que está haciendo, lo que está leyendo, está descubriendo algo de sí mismo en la lectura. Abandoné, temporalmente, "Despertar con alacranes". Aunque pensé en ello, de rato en rato, ¿por qué me hace enojar? ¿Es el lenguaje? ¿La brevedad? ¿El final de los cuentos? ¿La crueldad? Pasó algo de tiempo y salió una oportunidad para escuchar al autor en una lectura de cuentos, en Cholula. Me presenté, escuché un cuento más y nuevamente, mientras Caravantes leía el cuento de las Chipilinas, recordé el grillo que me venía cantando desde hace rato, la incomodidad de no saber por qué me enojaba.
En esa misma lectura, leyó otro cuento: "24/02/2010"
Entonces agarré el contraste. En la presentación, salió la sugerencia tardía de acomodar este cuento al final como una declaración del autor, una forma para descubrir su crecimiento como narrador. El lenguaje de este cuento es definitivamente más sobrio, menos adolescente y le habla directamente al tipo de treinta años. Con este cuento, a pesar de seguir el tono de los otros, pude sostener un diálogo y encontrarme con él, conmigo, esa situación igual me pertenecía o podía pertenecerme. Por lo mismo pienso: ¿de verdad sería justo acomodar este cuento al final? Si, en general, los cuentos en conjunto habían logrado una experiencia. "Despertar con alacranes" sintoniza. En este caso, pienso: No se lee el libro por un cuento (o por el autor y su forma de narrar), en este caso se lee por el conjunto de todos ellos y la experiencia que consiguen.
Luego descubrí, pues, que los cuentos anteriores, los que me hacían enojar, habían despertado (a través del lenguaje, las situaciones incómodas, las quebradas esperanzas pueriles), una a una, mis propias decepciones en la niñez, y luego en la adolescencia. Me enojaba porque durante la lectura de los otros cuentos, no quería escuchar al chamaquito enfadoso que fui. No es raro que la transición al adulto trate de sanar el "trauma" de la adolescencia llenándolo de memorias sanas, lo mejor de lo mejor, una nostalgia supuestamente incorruptible. Caravantes consiguió despertar lo que fui en vez de hablarme de lo que puedo ser (o lo que nunca seré) y eso es, definitivamente, la marca de un buen narrador.
"Despertar con alacranes" puede ser una experiencia incómoda para el lector y eso es agradable: incomodarse, partirse. Despierta una de las experiencias que, supuestamente, deberían ser más sanas en la vida de un hombre (al menos cuando lo cuenta, o cuando trabaja su memoria para llenarlo de ficciones agradables): la adolescencia, la niñez. Es un libro recomendable a quien no tenga miedo de retarse.
no soy muy fan de los cuentos en general, tal vez porque tengo el sesgo de haber interactuado con ejemplos -muy- abstractos (Cortázar, Garro y Borges). sin embargo, disfruté mucho los que aquí están plasmados. será acaso por mi manía a todo lo que pasa a ras de suelo mexicano, en este caso la zona centro de Puebla y sus alrededores.
la temática de estas narraciones son situaciones que emanan emociones displacenteras en la mocedad de la vida. algo de eso me recuerda al “espíritu de las abejas” o “el laberinto del fauno”: la subjetividad de la experiencia de la edad temprana.
no podría decir que disfruté todos los textos, pero los que sí, fueron un mar de emociones y pensamientos. desde pensar el terror de la experiencia migrante, hasta la deshumanización de la clase obrera en el capitalismo mexicano, pasando por la frivolidad y hartazgo de la ciudadanía hacia la frivolidad de la clase política. son esos cuentos que hicieron memorable esta lectura.
El alacrán siempre ha sido para mí un símbolo de peligro, de muerte y de dolor; ahora, después de conocer el primer libro de Javier Caravantes su significado ha cambiado por completo para mí. He leído el libro tres veces, y debo admitir que las tres han sido en una sola noche. Y es que Despertar con alacranes es justamente como el piquete de uno de esos animales: rápido, certero, doloroso y sobretodo emocionante.
Despertar con alacranes es uno de esos libros que muy modestamente me saludó un día en el estante de una librería en Puebla y su bajo precio (sesenta pesos) me invitó a llevarlo conmigo. Por unos meses lo dejé por un lado en mi lista de libros pendientes hasta que me di el lujo de olvidar por un momento a los autores que ya tengo muy conocidos por cosas nuevas que leer. Me gustaría decir que mi sorpresa fue muy grata, pero se trata de un libro tan brutal y tan venenoso que el cariño se lo agarré hasta la segunda leída. Pero a partir de esa me parece casi adictivo.
Se trata de una colección de 12 cuentos, historias de niños y adolescentes que de forma sorpresiva, dolorosa o quizás solo muy frágil, abren sus ojos hacia un mundo crudo y difícil de explorar. Algunos dirían que se trata de cuentos que pueden catalogarse en el coming of age pero la verdad es que Caravantes va mucho más allá. Los cuentos de Despertar con Alacranes exploran lo doloroso que puede ser la pérdida de la inocencia, el momento exacto en que recibes ese piquete de alacrán que te despierta de un sueño infantil. Es más, en ocasiones la lectura pareciera incómoda o molesta, pero es justamente esto lo que alimenta las ganas por seguir leyendo, por dejar atrás esos terribles momentos de la adolescencia y pasar a la siguiente historia.
Quizás si has leído La Tumba de José Agustín sabes de qué voy. Caravantes no hace gala de grandes historias ni de descripciones o vocabularios muy extensos. Al contrario sus cuentos son modestos y a veces hasta poco gratos, como pareciera que debiese ser la historia de un adolescente. No cuenta grandes aventuras ni tragedias inimaginables, si no que más bien son como fotografías instantáneas del momento preciso en que sucede una implosión en el corazón de un joven.
Poco se sabe en realidad de los personajes de Caravantes, pero ello hace de sus cuentos relatos más ágiles e intrigantes. Las historias de sus jóvenes protagonistas pueden hacer a cualquier lector sentir tanta tensión como para sentir él mismo el piquete del alacrán a través de sus palabras.
La lectura de Despertar con alacranes puede ser tan rápida como para echarse el libro entero en unas horas y después echárselo otra vez. Puede ser, también, tan molesto e irritante como el piquete de un alacrán, pero en esta ocasión “molestia” no es un sinónimo de desagrado si no un recurso más para recordar al lector que, en ocasiones es necesario de ese piquete de alacrán para despertar y que, después de todo, este no es letal.
El tema central de "Despertar con alacranes" es interesante para mí: niños y jóvenes que se enfrentan a una situación difícil. Es una buena colección de cuentos, considerando que el autor es joven, algunos están bien logrados ("La oportunidad", "Las chipileñas nos vinieron arruinar la vida", "Te quedas") mientras que otros me parecieron un poco inverosímiles e imprecisos.