Una entrevista, una fotografía, un arquitecto, el final de una relación laboral en el sector público y Bárbara –una joven alemana de intercambio en Chihuahua– son los elementos que combina Roberto Ransom (1960) para escribir una novela de intriga donde la venganza y la perversión entraman una historia amarga, vertiginosa.
Con habilidad, Ransom muestra a un hombre maduro, profesionalmente estancado, que aspira a remontar la mediocridad en que lo ha sumido la inercia de los años y del trabajo. Un arquitecto que al apartarse de la estructura que lo ha protegido queda sumido en la amargura.
La única manera de justificar su desazón es achacar a un misterioso fotógrafo, Q, el ocaso de su éxito. El resentimiento lo mueve a planear una venganza. Tras averiguar algunos datos de Osuna descubre una serie de inconsistencias en la vida de éste.
La contratación de la joven alemana y su complicidad en esta venganza dan como resultado una novela apasionada y amarga que mucho recuerda algunos momentos de la prosa de Juan Carlos Onetti, o de Ernesto Sábato donde la vehemencia de los estados del alma y antagonismos sin concesión muestran que nadie está a salvo de convertirse en un ser despreciable.