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La presencia inasible de la luz

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M AURICIO HERRERO JIMÉNEZ (Medina del Campo, 1962) es autor de varios poemarios inéditos con los que ha sido finalista en las últimas convocatorias de los premios de poesía Jaime Gil de Biedma, Gerardo Diego y San Juan de la Cruz. La presencia inasible de la luz, su primer libro de poesía, se suma a la decena de títulos dedicados al estudio y edición de documentos y códices hispanos medievales y modernos. La presencia inasible de la luz nace del encuentro casual con una joven ciega en la calle de las Angustias de Valladolid a mediados de junio. La ceguera de esa mujer, que ignora que está en el principio de este libro, origina una sucesión de interrogantes sobre la privación de la luz y descubre también una serie de instantáneas en las que la luz es indiscutible protagonista. La luz de Castilla, de Valencia y Asturias se cuela en los poemas del libro; también la que se refleja en las fachadas heridas de Venecia, se queda atrapada en el tiempo de alguno de los óleos del pintor Antonio López o se funde en los espacios ilimitados del amanecer.

53 pages, Paperback

Published January 1, 2011

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Mauricio Herrero Jiménez

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Profile Image for Víctor Bermúdez.
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August 16, 2017
XVI

Rompe la luz
la leve trasnaprencia de la carne
que le disputa el mármol
a la niebla en invierno,
a los días ateridos de sombras,
traspadados por el aroma del membrillo
que se pega a las noches
de enero, interminables.

Rompe la luz
la memoria perdida de tus ojos
y tú rozas el hielo y te queda en la mano
un rumor de granito y atardecer de musgo.

Rompen la luz las máculas
heridas de tu rostro
y quedan las esquirlas en el aire,
que se enreda en el pálido fulgor
de las farolas, en el eco de los pasos
que te llevan al final de una tarde
que no ha tenido nombre,
al principio de todos los misterios
que tienen un nombre impronunciable.

Rompe la luz
la huella de tu mano,
ciega sobre la piedra
cuando ordena las sombras
bautizadas de lluvia
o se pierde en medio de calles sin destino,
en la negra penumbra del olvido,
en los extremos de un día
que había nacido solo para morir.

Rompen la luz
los latidos muertos de tus ojos
(36-37)
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