Leer sobre el hastío de la mano de Sánchez Rugeles es comparable a ver el cielo y notar las nubes: no hay nada nuevo, pero siempre encuentras una mínima belleza en la costumbre de lo clásico.
Justo antes de leer Los desterrados, me encontré con una nota anónima escrita en la última página, como el último recuerdo de las penas de la dueña original. De ello, hay una línea potente: “Escribir sobre la necesidad de saber, pero no poder”. Un buen resumen del lugar de donde vienen las inquietudes y divagaciones de ese “desarraigo imposible” que las crónicas tratan de representar. El inicio pasa de un rechazo crudo, juvenil y cínico a una nostalgia profunda fruto de ese odio de la impotencia que encapsula un sentimiento nacional. Se siente como un preludio de los últimos 14 años.
El problema con este tipo de crónicas es que se enfrentan constantemente a la venezolanidad cambiante e intransigente. El relato de hoy no es el de mañana y, si así lo fuera, ha cambiado tanto que se siente tan distinto como igual. El caos encuentra nuevas formas de manifestarse, algo que ni el mundo interior irreverente (y hasta un poco demente, en el buen sentido) del autor puede predecir. También peca de diálogos no tan pulidos, monólogos impropios de mi generación y de la anterior y hasta un sabor malsano.
No es lo mejor de Sánchez Rugeles, de eso no hay duda, pero es su relato más personal. Es uno que busca retratar el odio, el amor y el dolor de aquellos a los que injusto decir que se rindieron porque, en realidad, los derrotaron. Si Lautaro Sanz vuelve alguna vez a nuestras vidas, ojalá que sea para reafirmar “el empeño de la voluntad, la promiscuidad de los sueños y la invulnerabilidad de las palabras” (p. 143).