Publicado por primera vez en 1996, La ceiba en llamas, ahora bajo el sello de la Dirección de Literatura (Serie El Estudio), es una versión corregida por el propio autor que incluye, además, múltiples y valiosos datos y documentos. La escritura de La ceiba en llamas tiene su origen en las preguntas que se planteó Ruiz Abreu sobre la vida y obra de José Carlos Becerra tras la lectura de El otoño recorre las islas: ¿por qué se le consideraba un poeta del ser y del tiempo, y sin embargo nadie se había ocupado de él? El ensayo de José Joaquín Blanco, ¿era la única apuesta crítica a una obra tan rica y diversa? ¿Era justo este gran olvido para un poeta lleno de amigos? El investigador explica que el libro nació de una inquietud: “contar la vida y la obra de José Carlos Becerra, el poeta tabasqueño sobre el que se tejió una leyenda, a partir de su muerte en la carretera de San Vito de los Normandos, Italia, diez días después de haber cumplido 34 años de edad”. En los trece capítulos que integran La Ceiba en llamas, Álvaro Ruiz Abreu rastrea los antecedentes familiares de Becerra, su educación, las lecturas e influencias literarias, las líneas que considera importantes en su poesía, así como sus símbolos más queridos y explotados, “el trópico convertido en versículos, una técnica expresiva que se enlazaba con Perse, Whitman, Lezama Lima”. A lo largo del libro, el autor muestra una parte de la vida del controvertido poeta y otra de su trabajo poético, a través de un método parecido a la técnica del montaje en el cine. El propósito, según palabras de Ruiz Abreu, es “rescatar a uno de los poetas más intensos y agudos de su generación, y uno de los más olvidados”. Un poeta “que se desborda en imágenes que nacen del trabajo duro y despiadado con las palabras, de una métrica que le debe mucho a los versículos de la Biblia”. La Ceiba en llamas contiene asimismo fotografías y un índice onomástico.
Álvaro Ruiz Abreu es crítico, biógrafo, escritor, profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, desde 1977. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, de 1995 a 2001, y actualmente pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Es autor, entre otros libros de narrativa y ensayo, de: Paraísos en fuga (2002); La cristera, una literatura negada (2003); Crítica sin fin. José Gorostiza y sus críticos (2004); y Pellicer, poética de la luz (2007).
Me duele esta ciudad, me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima como un muerto invencible, como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas. Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima, ese llanto es una aventura fatigada, una mala razón para exhibir las mejillas.
En estas palabras hay un poco de polvo egipcio, hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el algodón del pasado, y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes, cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos y largos de una mujer desconocida.
Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas, a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos, vi morir los antiguos guerreros, sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.
Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco, esta mirada que cruzo con mi madre muerta, esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva, y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad, los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.
Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica, la cortesía de los ciegos, la caricia torva como una virgen insatisfecha.
Mirad las excavaciones de la noche, escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros, mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad. Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía, en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.
Sí, me duele este atardecer, esta boca de sol y de verano. JOSÉ CARLOS BECERRA