Tiene un arranque fervoroso y excelente, escrito con la urgencia de quien necesita expiar su alma. Witold llega a la Argentina como un viejo baboso que se pasea por un prostíbulo: para llenarse de la juventud de nuestro querido y bienamado país. Las mejores páginas están ahí, en las que ofrece su visión de este territorio, de los ambientes literarios, de las calles y la ciudad. Ya hacia el final, un monstruo gelatinoso, babeante, fofo y temible llamado Ego devora el sentido de sus sinceras palabras del comienzo para devolver como un vómito un Witold convertido en Diva: se pierde en la bruma de sus pensamientos y el diario adquiere un espesor vacilante. De todas maneras, esto es consecuencia de que estaba por abandonar Argentina para irse a vivir a París. Hacía muchos años que quería leer este diario así que hoy puedo decir sin miedo, y trasmitirle a mis futuros nietos, que acabo de cumplir un sueño. Bueno, no sé qué más decir, el final me dejó un tanto indiferente, no fue como cuando terminás El oficio de vivir de Pavese, que decís: "woooaw, loco, pero este chabón la pasaba mal en serio", "este loco sufría, sufría mucho, ¿por qué?", que daban ganas de abrazarlo y decirle: "Cesare, va a estar todo bien, no pasa nada, no te mambees, vení vamos a tomar unas birras, a ver un partido, a andar en bici!". No. Con el Diario argentino de Gombrowicz no pasa lo mismo: cierta distancia en la estilización, ciertas confesiones conscientes de sus verdades, cierto aire de inconfesable superioridad finalmente alejan al lector del narrador Diva que construye Gombro.