Esta primera novela es un libro leve, sensible y extraño. Una muy precisa ligereza de trazo permite contar como en sordina una historia íntima y contar también la historia reciente de Chile como a través de una ventana estrecha, desde los ojos de una adolescente en un pueblo desolado de la cordillera costeña, quien apenas puede entrever de lejos esa historia, en apariencia muy remota, pero en la que se deciden esperanzas y desesperanzas que le atañen. El rigor, la atmósfera de severa transparencia con que la narradora se atiene a la visión y la sensibilidad de su personaje se desliga de los viejos modos del realismo social y sus forzadas ejemplificaciones para convencer de la universalidad de un destino verdaderamente individual.
La narrativa se desarrolla y progresa de una forma asombrosa. Pasa de una historia meramente rural que podría suceder en cualquier pueblo latinoamericano, a retratar con detallitos muy finos el horror de ser mujer en un sistema patriarcal y los desastres de una dictadura. Que también podría pasar en cualquier pueblo latinoamericano.
El año pasado inicié mi reto con un libro muy parecido a este, triste y lleno de abusos. El final no me gustó pero resulta hasta esperanzador después de todo a lo que estuvo expuesta la niña.