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188 pages, Paperback
First published January 1, 1969
...por la calle sonriendo, sonriendo de miedo a la multitud, de quien era cortesana, a la que quería halagar, adular para que no le hiciesen daño. Dejaba la acera a todos. Como era sorda, quería adivinar con la mirada si los transeúntes con quienes tropezaba le decían algo; y por eso sonreía, y saludaba con cabezadas expresivas, y murmuraba excusas. La multitud debía de simpatizar con la pobre anciana, pulcra, vivaracha, vestida de seda de color de tabaco, muchos le sonreían también, le dejaban paso franco[…]¿Quién es esa señora, qué hace en un Madrid que le es ajena, a dónde va todos los días? En esta novela breve se imagina “Clarín” una historia que sentimental y hasta folletinesca, igual encanta con su humor, su nostalgia y su ingenuidad de sonata mozartiana en do mayor. Su inicio, de arroyo sin nombre, tintinea como un eco cristalino y verde que recuerda y traspone con modestia el comienzo del Quijote:
Temía a la multitud…, pero sobre todo temía ser atropellada, pisada, triturada por caballos, por ruedas. Cada coche, cada carro, era una fiera suelta que se le echaba encima […]
Hay un lugar en el norte de España adonde no llegaron nunca los romanos ni los moros; y si Doña Berta de Rondaliego, propietaria de este escondite verde verde y silencioso, supiera algo más de historia….Es que si a Don Alonso, hidalgo, le sobraban las historias de caballería pero sale a hacer la suya, a Doña Berta, propietaria, quien “...mezcla y confunde en sus adentros la idea de limpieza y la de soledad”, le truncan la suya, y sale, quijotescamente, a recobrar al menos una imagen, por las calles de Madrid. Uno no ve la realidad, la otra no la escucha.