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Imperium

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message 1: by Héctor (last edited Dec 01, 2015 01:16PM) (new)

Héctor El 20 de febrero de 1974, Philip K. Dick se arrastraba gimiendo por el pequeño apartamento de Fullerton en el que vivía con Tessa y el pequeño Christopher. La víspera le habían sacado una muela de juicio y, como el efecto del pentotal se había disipado durante la noche, el mundo no era más que un dolor atroz que le latía continuamente en la mandíbula apenas suturada. La idea racional de que pronto ese dolor desaparecería no lo ayudaba: todo lo que deseaba era no estar allí, dejar de existir hasta que aquello se acabara, si es que algún día se acababa.
Tessa llamó al dentista, que prescribió un analgésico, y como era impensable que abandonara al enfermo aunque sólo fuera por un minuto, solicitó a la farmacia que se lo enviaran cuanto antes.
Media hora después, sonó el timbre. Dick, con una bolsita de té húmedo apretada entre los dientes, abrió la puerta. Se encontró con una chica de cabellos negros y espesos, vestida con un uniforme blanco. Llevaba una cadena con un colgante de oro que representaba un pez. Como hipnotizado por esa joya, Dick se quedó un momento sin decir palabra.
—Ocho dólares cuarenta —dijo la chica, o quizá repitió, entregándole el paquete del medicamento.
Dick hurgó en el bolsillo, sacó un billete de diez dólares y preguntó:
—Y esa joya... ¿qué es?
—Un pez —respondió la chica—. Es un símbolo que utilizaban los primeros cristianos.
Paquete en mano, Dick se quedó inmóvil en el umbral, contemplando el pez que refulgía apenas en la penumbra del vestíbulo. El interruptor automático del rellano se había apagado. Había olvidado su dolor, había olvidado qué hacía esa chica allí, había olvidado qué hacía él allí. Tras salir del cuarto donde se había secado el pelo, Tessa se acercó. Siguiendo la dirección de la mirada de Phil, atribuyó su expresión extática a los senos de la chica, que, al verla, se decidió por fin a entregar el cambio, dar media vuelta y marcharse. Tessa volvió a cerrar la puerta haciendo un comentario que luego olvidó y que Dick no oyó, de modo que, aparte de Dios, si existe, nadie en el mundo conoce la línea de diálogo que tendría que figurar en este preciso lugar de esta biografía.

En El hombre en el castillo, la contemplación de una joya que está en armonía con el tao hace que el velo de las apariencias se descorra frente a un hombre de negocios japonés abriéndole el acceso al mundo real. Sólo más tarde Dick comparó su experiencia con la que doce años antes había hecho vivir al señor Tagomi. Pero en seguida comprendió que acababa de ocurrir lo que había esperado toda su vida.
Momento de la verdad. Debriefing. Anamnesis.
Así, al final había ocurrido.
Sabía quién era, dónde estaba, dónde había estado siempre.
Ese pez de oro que colgaba del cuello de la empleada de una farmacia era el código preparado desde siempre para desactivar el módulo del olvido y poner en marcha el programa que lo devolvería a la realidad.
Era el momento.

El imperio nunca dejó de existir

Cuando esta frase, extraña y sin embargo familiar, se le ocurrió, comprendió que decía la verdad. La chica, como él, era una cristiana clandestina. La habían enviado para que se lo comunicara, dotada de un signo capaz de desatar sus recuerdos.
Pero ¿a qué se debía esa clandestinidad? ¿Para qué ese diálogo con doble sentido, esos acercamientos de conspiradores?
Para eludir la vigilancia de los romanos.
¿Qué romanos? Estamos en 1974, en el condado de Orange, en California.
No.
No, creemos solamente, o más bien, la mayoría de nosotros cree vivir en 1974, bajo el régimen de la democracia americana. Como Ragle Gumm creía vivir en 1950, el señor Tagomi en un mundo en el que Japón había ganado la guerra o Joe Chip y sus compañeros entre los vivos. Pero ésa no es la verdad y algunos lo saben. Y luchan. Tú acabas de incorporarte a sus filas.
Te has unido al invisible ejército de los Avisados, los que a través del holograma impuesto a las multitudes con el nombre de realidad, con sus autopistas, sus enchufes, sus restaurantes Howard Johnson y su verosimilitud apacible y compacta, vislumbran los barrotes de la negra prisión de acero, la inmensa prisión en la que el Imperio tiene cautivos a sus esclavos. Porque desde siempre, sin que lo supieras, tú eras uno de ellos, y hoy te has unido a los que resisten en secreto, a los portadores de la luz que caminan en las tinieblas.
¿Lo sientes? Algo vuelve a funcionar dentro de ti, en lo más profundo de tu organismo. El reloj interior que te da la hora exacta, la fecha exacta.
Estamos en el año 70 después de Cristo.


Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928 - 1982. Ed. Minotauro, 2002.


message 2: by Ignacio (new)

Ignacio Bermúdez (goodreaadscomnacho_bermudez) | 5 comments Phillip Dick es maravilloso.


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