M.J. Ceruti's Reviews > Patria

Patria by Fernando Aramburu
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bookshelves: novela

*SPOILERS MUY, MUY LEVES DE LA TRAMA*

A lo largo de mi vida, como cualquier otra lectora, me he cruzado con bastantes libros irritantes. Pero nunca he leído uno que, aun siendo muy entretenido e impulsándome a seguir leyendo, me seguía dando ganas de tirarlo por la ventana. Eso es algo nuevo. Así que felicidades, supongo, Fernando.

Voy a empezar con lo bueno, que lo hay: el ritmo es impecable. Los capítulos son cortos y la tensión es constante, pa-pa-pa, impidiéndote bajar el libro. Muy buen manejo técnico. El estilo es muy personal; he visto mucha gente que no lo soporta, y lo entiendo, pero yo ya me lo esperaba (esta novela pertenece al ámbito de la literatura de autor, lo cual suele significar "el escritor hace lo que le da la gana con la lengua y tú te aguantas porque es Su Visión Artística"), así que no me perturbó demasiado. Aprecio una voz particular bien desarrollada cuando la encuentro.

Y ahora, lo que no me gustó. Uf.

Ésta es una novela de personajes, no de trama. En las historias de personajes, la trama suele ser simple y poco sofisticada, porque lo que importa es el desarrollo y la vinculación emocional con las personas que la habitan, y no tanto los giros de guion. Eso no es malo; es más, simpatizo perfectamente porque yo también son autora de personajes. El problema es que todos los malditos personajes de la novela son maniquíes. No tengo nada en contra de los arquetipos. Ni siquiera de los estereotipos; en algunos casos son útiles para transmitir mucha información en pocas palabras, o incluso para matizarlos/subvertirlos y permitir un desarrollo más complejo de los personajes, o hacer comentario social. No hay nada de eso en Patria. Todos los personajes son planos: el terrorista brutote, el honrado trabajador, la suegra infernal, la novia abnegada. Todos hablan igual, todos tienen la voz de Fernando Aramburu, y ninguno crece. Ni siquiera decrece, lo cual sería interesante, sólo les van pasando desgracias y más desgracias a través de las cuales se arrastran con la cara de póker de un títere.

Los personajes femeninos son especialmente patéticos. Los únicos a los que se trata con cierto (cierto) respeto, con muchas comillas, es a Miren y a Bittori, las dos protagonistas, y tengo la terrible sospecha de que es porque al ser ancianas no se las puede cosificar. El resto de mujeres son sacos de boxeo/receptáculos de semen. Uno tras otro desfilan los estereotipos más dañinos sobre ellas, sin matiz, sin crítica, sin nada. La joven atolondrada que acaba atrapada con un maltratador porque, tonta de ella, se fue con el guapo en lugar de con el bueno. La guarra del pueblo que es castigada con una relación infeliz y la insatisfacción sexual. La novia encantadora que dice que sí a todo, nunca le molesta nada y se deja utilizar sexualmente a cambio de cariño. Las escenas sexuales directamente son penosas, giran en torno a la satisfacción de él y la indiferencia de ella. Una y otra vez Aramburu nos machaca con un martillo hidráulico que ellas no disfrutan de sus cuerpos, que están a merced de lo que sus hombres quieran. Por no hablar de que hay por lo menos dos escenas de violación normalizadas (desde el "me emborraché hasta quedar inconsciente y al día siguiente me habían follado, jajaja" hasta el “es que si no me sometía me habría violado, ¡menos mal que me dejé, así no es violación!” Ugh).

Esta pésima representación se extiende al resto de minorías del libro: el único personaje gay, a cuya vida sexoafectiva el autor se acerca con el repelús de alguien que sabe que los gays existen pero no tiene mucha idea de cómo viven; la mujer discapacitada que siente asco de sí misma y ve su cuerpo como una cárcel; o los poquísimos personajes racializados, que salvo una excepción ni siquiera tienen nombre, son "la asiática" o "el negro" (ironía de ironías para un libro que usa la palabra "racismo" para referirse al rechazo a la españolidad por parte de los vascos abertzales). Cada vez que Celeste, la cuidadora ecuatoriana, hablaba, me daban ganas de darle al autor en la cara con un leño. Su acento está reproducido con la torpeza de alguien que sabe que una casa tiene puertas y ventanas pero no sabe construir edificios, así que apoya dichas puertas y ventanas sobre una pila de ladrillos y proclama que el trabajo está hecho. Si no sabes, no lo hagas. Es humillante para tus lectores latinos. Existimos.

La técnica, más allá del ritmo, ni siquiera es tan buena. El autor, o bien no ha oído hablar de la técnica narrativa de "enseña, no muestres", o bien cree que está por encima de ella porque es Su Visión Artística. Hay momentos para mostrar y momentos para explicar, sin duda, ninguna regla está escrita en piedra, pero la repetición machacona de los mismos conceptos una y otra vez es agotadora. No sirve de nada que me digan sin parar que tal cosa es así, si luego no puedo observarlo en el comportamiento de los personajes, en el ambiente de la novela, en los acontecimientos. Aparte, el autor no para de hinchar la trama con detalles irrelevantes a los que dedica un capítulo, dos o tres de desarrollo (tres es el máximo de capítulos que le dedica a un personaje antes de saltar al siguiente) y luego ya no solo es que no tengan importancia para la historia, es que ni siquiera se vuelven a mencionar. ¿Qué trascendencia tiene que A y B estuvieran a punto de acostarse en algún punto del pasado y que "siempre se hayan gustado" si luego eso le da exactamente igual a A, a B y al resto de personajes, y nunca más volvemos a oír hablar de ese acontecimiento? No soy contraria para nada a los detalles superfluos, porque sirven para construir el ambiente y a los propios personajes, pero hay que usarlos bien. Me enfurece que me agarren por el pelo para obligarme a mirar el Detalle X, me hagan escuchar las disquisiciones de los personajes (el autor) sobre él durante tres capítulos y luego el Detalle desaparezca para no volver a ser visto jamás. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué has hecho que la cámara lo enfoque? ¿Por qué has plantado esa tensión si no piensas resolverla? (otra técnica narrativa ignorada, la Escopeta de Kafka). Que ocurra alguna vez, en aras del realismo, tiene sentido. Que ocurra todo el tiempo denota que ni el autor ni la editorial han creído relevante pulir el manuscrito.

Al final, lo que más insatisfactorio me pareció del libro fue su mensaje. Me crié en el Perú de los noventa así que apenas sé nada de la violencia de ETA ni de qué supuso para España, y ver una novela tan alabada por su crudeza, reflexión y drama humano me hizo creer que sería un retrato fidedigno del conflicto. Lo que me encontré fue una historia maniquea en la que las víctimas son gente buena que no ha roto un plato a la que los terroristas (pobres, zafios e ignorantes) secretamente envidian por su dinero. No quería, en absoluto, una apología del terrorismo. Creo que nadie quería eso. Pero sí quería un análisis humano. ¿Por qué alguien se haría terrorista? ¿Qué lleva a un ser humano corriente a poner bombas, a disparar contra otros, a no sentir nada ante el sufrimiento ajeno? Si escribes una historia sobre este tipo de violencia fanática, estás poniendo sobre la mesa esa pregunta: ¿por qué? Y la respuesta de Aramburu es "porque los terroristas son tontos".

No hay un análisis sobre las motivaciones, sobre las redes de exclusión y violencia soterrada que hacen a la gente joven vulnerable al reclutamiento terrorista. No hay retrato de ningún conflicto interior, de cómo funciona el adoctrinamiento y cómo destruye las conexiones y la empatía antes de dar el primer disparo. No hay una exposición de las dinámicas sociales que pueden abocar a alguien a apoyar o ignorar la violencia. No hay ambigüedad. Sólo hay un pueblo lleno de gente muy mala que delata a gente buena, y gente que se sube al monte a pegar tiros porque, pobrecita, no lee. Literal. Encontré muy reveladora la contraposición entre Joxe Mari y Gorka: el primero grande, fuerte y violento, que le roba la merienda a sus hermanos desde la infancia, que repite consignas como un mono porque sus amigos lo hacen pero no sabe ni hablar el euskera con corrección; el segundo, intelectual y delicado, que se pasa la adolescencia devorando Grandes Clásicos de la Literatura Universal y acaba convirtiéndose en escritor para huir de la brutalidad de su familia. El mensaje está ahí, claro, prístino, cristalino. "La única explicación para el terrorismo es la idiotez humana. Hay que leer libros porque si no te llevan los terroristas". Me pregunto si Aramburu habrá oído hablar de Abimael Guzmán, profesor universitario y líder de la banda terrorista Sendero Luminoso, y de cómo quienes lo conocieron siempre contaron que cuando no estaba matando o arengando estaba leyendo, subrayando y estudiando con fijación obsesiva. Reducir algo tan complejo y terrible como la violencia terrorista a una falta de formación me parece insultante.

Pero divago. Para concluir: si tuviera que enumerar las oportunidades perdidas por esta novela esta crítica sería el doble de larga. Es una visión simplona y desabrida del conflicto con ETA, y una galería de personajes odiosos y estereotípicos que van dando tumbos por una trama endeble. No diré "no lo leas", porque de todo se puede sacar algo, pero sí diré que te lo lleves de vacaciones, lo leas en el tren o junto a la piscina, y lo dejes atrás en cuanto termines. Es comida rápida de la peor calidad disfrazada de literatura culta. Y yo no tengo nada en contra de la comida rápida –a veces lo que necesitas son unas buenas papas fritas–, pero sí lo tengo en contra de que las papas fritas me miren con aires de superioridad.
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Reading Progress

April 13, 2019 – Started Reading
April 22, 2019 – Finished Reading
April 27, 2019 – Shelved
April 27, 2019 – Shelved as: novela

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