Álvaro Arbonés's Reviews > La bella Annabel Lee

La bella Annabel Lee by Kenzaburō Ōe
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No existe nada más obsceno que la autoficción. Como acto publicitario, pornografía apenas sí disimulada, el escritor pide que, lejos de permitir que el libro respire por sí mismo, viva sólo para realzar las bondades de aquel que lo haya escrito.

Pero eso no significa que esté mal autoretratarse en una novela. O que todo acto de introspección sea autoficción. Existen infinidad de novelas donde el autor, materalizado en forma de personaje, aprovecha sus propias vivencias para dar forma a la narración. A veces más discreto, disimulándolas, otras veces de forma directa, con nombres y apellidos. Pero a diferencia de la autoficción, cuando eso ocurre, es con un único propósito: realzar el valor de la obra.

Kenzaburo Oé no cae en la obscenidad de la autoficción. Siendo ganador del nobel, narrador excepcional y prosista delicado, no tiene necesidad alguna de hacer otra cosa que no sea contarnos una historia.

Incluso cuando parece ponerse a sí mismo en el centro de la historia.

La bella Annabel Lee trata sobre Sakura, una famosa actriz japonesa que, de niña, protagonizó una adaptación cinematográfica de Annabel Lee de Poe que obsesionó al escritor Kensanro. Más conocido como Kenzaburo. El libro, entonces, juega con lo que ocurrió durante aquella filmación, el presente y un punto intermedio, que se lleva el grueso de la narración, donde Sakura, Kensanro y el productor de cine Komori se juntan para hacer una película sobre Michael Kohlhaas , del novelista Heinrich von Kleist. Todo lo cual acabará enredado bajo las pesadas hebras que el pasado mantiene ocultas a ojos del presente.

Porque esa es la particularidad de La bella Annabel Lee. Que nada es lo que parece. Que llegada cierta edad, como es el caso de ese Oé anciano y prácticamente ágrafo, todo lo que nos queda son los recuerdos del pasado.

O su ausencia.

Eso hace más interesante aún que la historia esté articulada por ellas. Por las mujeres. Haciendo que el que parecía el protagonista, el propio autor —que, de todos modos, está convenientemente ficcionalizado: Kensanro no es Kenzaburo, aunque sean el mismo ente, porque habitan dos mundos distintos; han vivido dos vidas distintas—, acabe por no ser más que el narrador perfecto para articular el subtexto de la historia.

¿Y cuál es ese subtexto? El cómo sólo a través de la aceptación del pasado, por doloroso que sea, podemos tomar las riendas de nuestro destino y no abandonar nunca el proceso de estar vivos.

A pesar de lo optimista del subtexto, la novela toca muchos temas delicados. Desde el paso del tiempo hasta la ancianidad, pasando por la pedofilia o el límite entre arte y pornografía (especialmente cuando hablamos de niños), o, ya entrando en el aspecto primordial que sostiene la trama, la necesidad de preservar las tradiciones por efímeras que estas sean, en La bella Annabel Lee no se esquiva ningún tema para concluir en ese canto al optimismo teñido de las más negras de las tragedias.

Porque esa tragedia, ese pasado con el que reconciliarse, es siempre, en todos los casos, frutos del abuso. Ya sea sexual, en el caso de Sakura o las mujeres del pueblo de Kensanro, o político, como en Michael Kohlhaas o las leyendas de esas mismas mujeres.

En ese sentido, la novela es también un alegato sobre el papel del arte. Cómo toda narración es una forma de expresión que nos reconcilia y libera de las situaciones amargas de nuestra existencia. Y por extensión, también un ejercicio de política.

La bella Annabel Lee es una novela política. Y defiende que es imposible escribir nada que no sea, en sí mismo, un acto político. Si todo acto de creación nace como respuesta al abuso sufrido, como ocurre en la novela, entonces es imposible escribir nada que no acabe teniendo cierto componente político. Reivindicativo. Incluso si esa reivindicación, lejos de ser revolucionaria o al menos inclusiva, sea puramente reaccionaria.

Por fortuna, Oé no ha caído en esto último.

Al evitar el yo, mirarse a sí mismo como la voz de las mujer afrendadas, Oé queda en un elegante segundo plano, dejando que sean las mujeres las que hablen. O las que no lo hagan.

El momento álgido de la novela es una elípsis. Su final, una fabulación. ¿Por qué? Porque la forma de exorcizar sus demonios que eligen las mujeres del pueblo, y Sakura con ellas, excluye a los hombres. Ya que su afrenta nace de la violencia de todo un género, incluso si no nace en particular de Kensanro y Komori, necesitan excluir cualquier presencia masculina de su exorcismo. Debe ser un acto privado, de comunión femenina, cuya única representación común sea a través de su reproducción.

En otras palabras, la conclusión tras la catarsis nos es vedada. Sólo es dada para los ojos de las mujeres. Y no de cualquier mujer. Sólo de las mujeres del pueblo de Kensanro, de Sakura, de esas mujeres que, habiendo vivido diferentes formas de abuso, comparten una experiencia común a través de la cual se reconocen.

Conocemos la conclusión de oídas. A través de la poética del propio Kensanro. Del recuerdo de los gritos de su madre, en el mismo teatro donde acaban escenificando el resultado de su guión treinta años después, que escuchó cuando era niño.

Cuando aún no era hombre.

Porque ese el mérito último de Oé. Saber hacer sitio a otros. Dejar que las mujeres tomen la palabra. Y para ello deja que hablen, escucha, escribe lo que dicen; también cuida de Hikari, su hijo; e incluso, gracias a que ellas nunca han abandonado su búsqueda de resarcirse por lo ocurrido, puede volver a escribir para dotar de sentido a lo que está ocurriendo.

O para ser exactos, para sumarizarlo. Para dejar constancia de lo que han tenido que sufrir unas mujeres para ser capaces de poder expresar el sufrimiento que ha teñido sus días.

De ahí que, leer esta novela de Oé desde la idea de la autoficción, sería un error. Si es que no un insulto. Pues donde el autor de autoficción se pone en primer plano, nos enseña su polla y quiere que lo admiremos por sus atributos, respondiendo sólo a la política del yo, Oé se coloca en primer plano para quedarse en silencio y obligarnos a mirar a los lados, donde las mujeres le rodean, le adelantan y lo dejan en las sombras, siendo ellas las que cuentan su historia.

O no.

Porque a fin de cuentas, ¿quienes somos nosotros para obligarlas a compartir lo que sólo ellas han sufrido?
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Reading Progress

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May 4, 2017 – Shelved
May 4, 2017 – Finished Reading

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