José  Gonzalez

“meñique

La mano fue una brida bien fría que descansó en un punto parecido al asiento de una mandíbula. Un dedo, el más largo, se hundió doblado, fuera de su sitio, como un desveneno apurando lo permisible, la obediencia, su terreno indagatorio. Había vértices y talones, cañones, una palanca y un mallón en forma de «s» que iba suspendido sobre un corchete del brazo derecho del niño pequeño; el izquierdo ni él sabía dónde se encontraba.
Lo situó llegado el momento porque hacía cosquillas el barboquejo en el extremo del mentón que figuraba como lo visible entre unas rodillas separadas y unos pies hundidos. La luz era pálida y se extendía en una especie de halo artificial porque se había colado por donde había podido. Huecos inaccesibles, oscuros hasta ese instante.
La casa vacía, los ojos llenos, la infancia asintiendo. Cuando uno hace algo mal el otro también lo sabe. Es posible que los hermanos, como la culpa, debieran llevar cabezadas y bocado. Puede que tratar de controlar o dominar conlleve decisiones arriesgadas. Definitivas a veces.
Ella, la mayor, estaba sonrojada, algo mareada ya. Sus primeros temores, nada más sobrevenirse aquello, acudieron como un escalofrío que llevaba a la mente fuera del cuerpo.”


José Gonzalez, Ella siempre está
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Ella siempre está Ella siempre está by José Gonzalez
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