More on this book
Community
Kindle Notes & Highlights
Ni nada es tan grave ni la vida se acaba. Solo… se abren nuevas posibilidades.
Érase una vez una mujer que lo tenía todo y un chico que no tenía nada. Érase una vez la historia de amor entre el éxito y la duda. Érase una vez un cuento perfecto. Y solo tú decides cuál es su final.
Pero no somos lo que tenemos, ni para bien ni para mal.
Lección vital: nunca te esfuerces en eliminar el prejuicio de los ojos de alguien porque probablemente ve lo que quiere ver. Yo tardé mucho en darme cuenta y… tuvo que venir alguien a enseñármelo.
Y aun teniendo tantas cosas…, lo que más importaba era la tremenda sensación de que no tenía absolutamente nada.
Joder, acabaría ahogándome en mis propias ganas de ser amado.
—El amor no es esperar angustiado a que responda un mensaje ni medir cuánto vales por la atención que te preste un día, a sabiendas de que el viento soplará en otra dirección y ella cambiará de parecer el siguiente. —Esa es la emoción de… —No. Eso es el amor mal entendido. Si te hace sufrir, no es amor. Amar es divertido. Superdivertido, en realidad. —Esbozó una sonrisa preciosa, clara, fiable—. Te sientes tan cómodo y tan tú con el otro que casi podrías hacer cualquier cosa. Te sientes capaz. Y os reís con la boca llena, peleando, cocinando y hasta en la cama. David, de verdad…, el amor es
...more
nunca supe expresar bien cómo me sentía o lo que deseaba; creo que en gran medida es porque ni siquiera yo lo tenía muy claro.
Este es mi número. No me gusta mucho hablar por teléfono, pero escríbeme si necesitas charlar sobre lo de tus ojos, que también hablan, ¿sabes? Y…, bueno, la gente que está triste necesita gente que aún lo está más para entenderse.
Aún estoy decidiendo si eres imbécil o… David: Lo otro. Escojo la otra opción, la que sea.
Dos pares de ojos tristes que se reconocen.
Querida Margot…, ese es nuestro viaje. —Una lástima que no puedas acompañarme.
—Pura magia, reina, este ramo es pura magia. —Me enseñó sus dedos y los movió en el aire, dejando claro que sentía que en sus manos albergaba un gran poder.
«Loop salvaje»
Cuando vi mi reflejo en un escaparate… sonreía. Cuando llegué a casa… olía a flores. Cuando me acosté… no me pregunté nada. Había empezado a dejar de importarme pisar el freno. Y digo yo… ¿cómo pudimos ser los únicos que no lo vimos venir?
Ojalá desgastemos las suelas de tanto andar juntos por Madrid. Muchas gracias, Margot. Quizá las personas que están tristes puedan hacer mucho más que comprenderse.
David sonrió al vernos y yo lo hice a continuación casi sin pretenderlo.
No sé por qué, pero el hecho de que mencionase que las flores estaban en mi dormitorio hizo que me ruborizara. Me dio mucha vergüenza. Ya ves. Solo eran unas flores, y no es que las tuviera allí porque David me gustara. No me gustaba, lo juro. Solo me caía muy bien.
Que es de los que te hacen reír, Margot. —¿Y? Eso es bueno, ¿no? —No. —Sonrió con pena—. Esos son los que no se olvidan nunca.
—Pues sonríes mucho cuando habláis.
Después me marqué lo que quería ser un baile de la victoria que horrorizó de todas todas a Dominique, que cogió a su hija y la sacó del salón.
—Mira, tres, mi número de la suerte. —Quizá tu número de la suerte sea yo. —Entré
a mí me parecía mucho más destacable que sus hermanas, por ejemplo. Con esa apariencia tan desvalida y esa fuerza interior. Era como una de esas galletas que, al morderlas, dejan deslizarse sobre tu lengua un relleno que no esperabas. En serio, nunca dos ojos castaños, redondos, grandes, dijeron tanto. Se desnudaba al pestañear, pero probablemente ella no lo sabía y yo no quería desvelar el secreto.
Y tenía razón. No sé por qué, desde que Margot había entrado en casa el que estaba nervioso era yo.
Y allí estaba él. Joder, que si estaba. Converse impolutas, pantalones negros estrechos y tobilleros, camisa estampada y… nuevo corte de pelo. Conservaba el espíritu desordenado del anterior, con unos mechones más largos aquí y allá, pero con cierto control, algo peinado hacia un lado. Estaba…, estaba muy guapo.
—No somos pareja. Nosotros solo… estábamos… —Ya, ya. —Se rio el camarero—. Os dejo las croquetitas por aquí, ¿vale? Cuidado, que están calientes…, como el ambiente.
Yo quiero estar a tu lado mientras te sientes libre, no tienes miedo y haces el loco. Quiero que cuando vuelvas a Madrid sepas lo que quieres y cómo lo quieres, y que no te conformes con menos o con más. Quiero que tus vacaciones no sean solitarias, quiero que no lo pases mal, pensando en si Filippo esto o Filippo
lo otro. Yo quiero que bebas licor griego, te tires al mar desde algún sitio alto, bailes, te quedes afónica de reírte y cantar, que pasees por la playa de noche con una botella de vino en la mano, que tus vestidos nuevos amanezcan llenos de arena y…
Entonces… me da miedo que te enamores, que hagas tonterías, que te jodas la vida, que de verdad quieras recuperar a Filippo y después de esta aventura no puedas. Me da miedo que te lo tires en una borrachera y te pegue algo o que te deje embarazada. Me da miedo que te enchoches de él y luego no quiera nada contigo. No sé de qué tengo miedo y sé que a lo mejor no estoy siendo racional porque yo he hecho cosas peores, pero por eso mismo estoy en situación de decirte que esto puede hacer que toda tu vida se quede patas arriba porque ¡te vas de vacaciones con un tío que acabas de conocer!
Iván se asustó un poco y me advirtió, con bastante torpeza, que aceptar cosas a cambio de sexo es prostitución.
Se sentó frente a mí, con la mano aún en mi pelo, pero esta vez acariciando mis sienes. Yo lo hice también. También acaricié su pelo. Me pregunté qué pareceríamos a ojos de todos aquellos otros huéspedes. Me pregunté qué vería Margot en mí cuando me miraba. Me pregunté si ella se habría dado cuenta de que desde que la había conocido me daba miedo separarme demasiado de ella. —Menudos dos tontos —susurró. Creo que sí. Creo que lo sabía.
—Ni siquiera tengo casa propia. —¿Y a quién le importa eso cuando nos enamoramos?
—¿Y qué te parezco? «Un chico guapo y asustado. Un alma libre. Alguien con miedo a que le toquen más adentro que la piel. Un follador. Un tío al que seguro que le gusta que sea ella quien tome la voz cantante. Divertido. Delirante. Un poco loco. Un hombre en ciernes. Un incomprendido. Un soñador».
Me rodeó con el brazo y cogí aire. Cerré los ojos. Me sentí en paz. Había algo en David…, algo, ALGO, que producía ese efecto.
—Cada vez que frenas te endiño la polla contra el culo, Margot. Y, joder, tía, que yo te respeto, pero uno no es de piedra.
Pues el conocimiento no nos hace libres. Nos hace más conscientes de nuestras propias limitaciones.
No. Solo me parecía atractiva. Y era encantadora. Podía ser muy dulce. Y muy divertida. Era mona también. ¿Podría ser traviesa? Me caía bien…, me sentía tan a gusto con ella…, disfrutaba tanto cada minuto… Me gustaba. ¡¡Dios!! ¡¡Me gustaba!!
—Sí. —Asintió serio. —Sí, ¿qué? —A lo que pidas, sí.
Yo solo…, no sé. Estoy abriendo las alas.
—¿Estás bien? —Sí. —Se volvió hacia mí y sus ojos repasaron de arriba abajo mi rostro antes de envolverme con sus brazos y pegarme a su pecho desnudo—. Contigo sí.
¿Qué? —Si sigues… —Si sigo, ¿qué? —pregunté, esperando una respuesta caliente. —Cantando, bailando…, me enamoro. —Me acercó a él—. Te lo juro. —Pues menudo lío. —Menudo lío.
David, abrazado a sus piernas, reflejando en sus ojos el color anaranjado del horizonte, susurró su segunda declaración de amor sin mirarme: —Margot, no te acabes nunca.
Solo quería contentarla a ella. A ELLA. Y con Margot salía de manera natural que era para los dos. LOS DOS.
Margarita…, mi Daisy…, florecita… —se burló—, nunca, nadie, me había hecho sentir como tú. —¿Y cómo te hago sentir? —Como si pudiera con todo.
Y no sé si lo sabes, pero el cerebro y el corazón, la cabeza y el pecho son viejos enemigos.
—¿Sabes lo que no me hace sentir? Un paria. Para ella no soy mediocre y con ella no siento que lo sea. Me da alas,
—Éranse una vez los ojos más tristes de un bar… —dijo— que se reconocieron entre mucha gente. —Y se fueron de viaje a Grecia. —Sonreí triste. —Y se enamoraron de lo que podrían ser… —siguió. —… hasta que el mar se los tragó…
Y haces que la gente esté cómoda a tu lado. Tanto que… no me quiero ir. La sonrisa se derritió en
David… —terminé diciendo—. No dejes que nadie te haga creer que lo que no eres es más importante que lo que sí. —Mejor… no te vayas muy lejos. Me vendrá bien que me lo recuerdes de vez en cuando.
«Te quiero», pensé.

