A los pocos días, cuando las legiones de Panonia, Mesia y Siria terminaron la travesía de aquel infinito desierto y sus miles de legionarios se vislumbraron en el horizonte de Nísibis, los adiabenos que cercaban la ciudad no podían dar crédito a lo que veían: nadie había cruzado el desierto con un ejército tan grande en medio del verano en años. Simplemente era una locura. Pero los romanos estaban allí.

