Después de ver solo caras de miedo y desconfianza en las murallas de Bizancio, en Nicea, en Issus, en Antioquía y tantos otros lugares de su periplo por Oriente, ahora lo recibían con felicidad, como si se tratara de un auténtico libertador. El contraste era, cuando menos, reconfortante. ¿A quién no le gusta sentirse un poco querido?

