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Digo que Cómodo ya no importa demasiado. En el Anfiteatro Flavio no había ni la mitad de la gente que acostumbra. La plebe le tiene miedo.
esperar nos hace más fuertes. Pero esperar no quiere decir que no hagamos nada.
¿Qué supone el final de una dinastía? —preguntó Maesa de nuevo. Julia respondió muy seria. —Una oportunidad, hermana; para el que sepa verla.
Frío y calculador, si bien no tenía legiones, Juliano disponía del arma más poderosa del mundo: el dinero. Mucho.
Si concedemos al dinero su capacidad de comprar la voluntad de muchos soldados, la partida estaba igualada. ¿Qué o quién podría desequilibrar la balanza en aquel pulso mortal y feroz por el poder absoluto? Por supuesto: Julia.
La cuestión clave era entonces la siguiente: ¿había llegado Roma al extremo de que ya se pudiera comprar en su Imperio no solo cualquier objeto lujoso o extravagante, sino incluso la propia toga imperial junto con el poder que esta representaba?
El propio Julio César se pasó toda la vida explicando que su nombre venía de que un antepasado suyo había matado a un gran caesai, un gran elefante según la lengua púnica o algún otro idioma del norte de África, en la primera o segunda guerra entre cartagineses y romanos. Y de caesai pasaríamos a Caesar.
Te he dicho que necesitamos un ama de cría y la necesitamos aquí en pocas horas. La niña tendrá hambre pronto. Calidio volvió a asentir. Empezó a pensar con mucha rapidez, casi habló según se formaban sus ideas. —Carnuntum es grande, mi señora, y habrá un mercado de esclavos. Puedo ir ahora mismo y buscar un ama de cría... —Buscar no, Calidio. Encontrar —le corrigió Julia manteniendo el tono serio.
Nadie podía reparar entonces en que aquel bebé que mamaba del pecho de Lucia era la futura madre de un emperador de Roma, en una dinastía que aún no existía.
No me he casado con una mujer como las demás, ¿verdad? Ella sonrió. —Tú no querías una mujer como las demás.
Estás ebria —se limitó a decir el emperador. —Es posible —aceptó ella—; pero in vino veritas. Eso dicen en Roma.
Después de ver solo caras de miedo y desconfianza en las murallas de Bizancio, en Nicea, en Issus, en Antioquía y tantos otros lugares de su periplo por Oriente, ahora lo recibían con felicidad, como si se tratara de un auténtico libertador. El contraste era, cuando menos, reconfortante. ¿A quién no le gusta sentirse un poco querido?
Pero como si la población comprendiera que no podían hablar solo para Julia, para su Julia, empezaron a entonar aquel cántico constante, aquellos vítores que lanzaban al aire, también en griego. Querían hacerse entender. —Ahora parece que lo dicen de otra forma —continuó Leto. Severo aguzó el oído. Leto era un gran militar, pero su conocimiento de griego era susceptible de mejora. Empezó a identificar con claridad lo que el gentío gritaba una y otra vez. —ἉιτῆςἸουλίαςλεγεῶνες!ἉιτῆςἸουλίαςλεγεῶνες! Septimio Severo no tradujo nada. Ya tenía él bastante con digerir lo que allí estaba
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No dijo más, pero también pensaba que aquella podía ser una buena oportunidad para restañar heridas entre las legiones del Danubio y las de Oriente, pues al obligarlas a luchar juntas contra un enemigo exterior común se fortalecería, de nuevo, lo que las unía a todas: Roma.
A los pocos días, cuando las legiones de Panonia, Mesia y Siria terminaron la travesía de aquel infinito desierto y sus miles de legionarios se vislumbraron en el horizonte de Nísibis, los adiabenos que cercaban la ciudad no podían dar crédito a lo que veían: nadie había cruzado el desierto con un ejército tan grande en medio del verano en años. Simplemente era una locura. Pero los romanos estaban allí.
Solo había una diferencia sustancial entre ellos y ella. Bueno: dos diferencias. En primer lugar, ella era mujer y ellos hombres. En segundo lugar: ella era más inteligente.
¿Una mujer? —dijo el joven con desdén. —¿Por qué no? —opuso el pater familias—. Cleopatra mantuvo a Egipto en el centro máximo de poder de todo el Mare Internum durante todo su reinado porque supo manipular a los hombres más poderosos del Estado romano de su época: primero a Julio César y luego a Marco Antonio.
¿Qué es? —Darle, o intentar darle, a su amada aquello que pida y ahí ambos pueden encontrar su fin: cuando Julia vaya más lejos de lo razonable, no, me corrijo: cuando vaya más lejos de lo imaginable.
De las maniobras de esa puta durante la guerra me encargaré yo. Salinátrix me dedicó una miserable sonrisa de desprecio que ni olvido ni perdono.
—Vaya, para alguien tan inteligente, me sorprende en ocasiones tu falta de pericia a la hora de desentrañar algo tan sencillo como lo que piensa una mujer. —Pero no, augusta —se atrevió a corregirla el viejo médico—: lo que piensa una mujer nunca es sencillo y, con frecuencia, es su misterio; eso sí, un misterio hermoso.
Las propias acciones del emperador Severo y su relación con su esposa muestran más bien a una pareja imperial en perfecta sintonía, al menos la mayor parte del tiempo y, sobre todo, en las cuestiones sustanciales.

