Capítulos como entradas de un blog (bien escrito), sin orden cronológico, que se leen fluidamente (algunos capítulos/entradas son casi poemas), para narrar una vida triste que, sin embargo, no le impide recibirse, tener trabajos, hacer talleres e integrar grupos de lectura, comprar toneladas de libros, viajar repetidamente al exterior...
A veces el personaje es insufrible: la enfermedad no es la anorexia, sino ella misma, esa mezcla de infantilismo y necesidad de acolchados. (Cuando menciona su único noviazgo -"nadie volvió a confiar en mí para eso"-, en el que coger y comer iban de la mano y subía de peso, lo ve como la oportunidad que dejó pasar de salir "naturalmente" de su enfermedad; pero no te atormentes, Lu, se iba a romper por tu otra enfermedad).
Hay algo paradojal en ver al ayuno como una forma superior del autocontrol, y que termine descontrolado.
Igual, ese autocontrol la lleva, en un pasaje fundacional de la historia, a decidir no mentir, no tirar la comida a la basura, no descolocar levemente los hechos para crear una nueva realidad. Simplemente no come.
Esa moderación también se traslada a la narración, que, sin dejar de ser dolorosa, o descarnada, no es explícita al pedo. (Igual, da a entender que no se mandaba los dedos).
Sobre la amiga de la facu policía de su sexualidad que la instaba a dejar de ser virgen, muestra que eso no sólo pasa con los tipos. Igual, pasa si les das cabida y andás contando que nunca lo hiciste.
Se termina de golpe. Lógicamente no puede contar todo, pero hay una ausencia que me llamó la atención: cuando se recibió. Cuenta que dejó su primera carrera, pero de la que terminó sólo dice que hizo el curso de ingreso a Económicas. (Quizá no sea tan importante recibirse).
Lo hace querible a Rodrigo, con quien se relacionó casi como una asaltacunas, hay que decirlo (24 a 18), y a quien, sin embargo, no menciona en los agradecimientos. (Al menos no con ese nombre).
Un poco meloso el final, hablando de su recuperación en una playa con el mar mojándole las piernas mientras mira el cielo y las nubes
Por ahí dice que su cuerpo nunca dejó cicatrices. Yo diría que se transformó en una cicatriz.
(Cuando la realidad es inverosímil: la escena del gallo violador de menores).