No me había topado con Zanetti antes de que este compendio de crónicas cayera en mis manos por casualidad, y agradezco que las vueltas de la vida me hayan llevado a sus páramos.
La prosa de esta obra es sincera y cotidiana, y está cargada de una sensación de melancolía, nostalgia, resignación y esporádicos pero leves ápices de esperanza.
Las crónicas son autobiográficas, y versan sobre temas tan variados como historias de pesca, memorias de infancia y lluvia, reflexiones sobre el Santiago post-dictadura y la pasión por Colo-Colo; pero si hay un elemento común que atraviesa, a mi parecer, toda la obra, es el rol que cumplió la figura de Héctor, el abuelo del autor, en su desarrollo humano a lo largo de toda su vida.
Para mí este libro es una carta de amor y agradecimiento a Héctor, de nieto a abuelo, engendrada desde una sensibilidad profunda pero, a fin cuentas, maquillada (renegada), como bien acostumbra a hacer el hombre chileno nacido antes de los 90s. Aún así, creo poder ver esa bella intencionalidad detrás del filtro, y le agradezco a Gabriel Zanetti por haberse atrevido a sentir y mostrarse vulnerable ante todos nosotros. Yo creo que Héctor habría estado orgulloso.