Ariel Clásicos Ecuatorianos rinde homenaje a la Cultura Nacional con el mayor esfuerzo editorial ecuatoriano de todos lo tiempos. Obras escogidas de Pablo Palacio es parte de esta gran colección.A lo largo de la primera mitad del siglo pasado, mientras en otros países las vanguardias tomaban mayor protagonismo, en la narrativa ecuatoriana predominó el realismo social.Entre los pocos escritores que no se incorporaron a esta corriente literaria, podemos destacar a Pablo Palacio (1906-1947), quien, no enteramente comprendido, no obtuvo el mérito correspondido por su auténtica y original obra. No obstante, a partir de la década de los sesenta y setenta, su trabajo literario es nuevamente considerado y estudiado. Es allí donde sorprende el estilo, los innovadores temas y la distinta forma de interpretar la realidad, aquella realidad más subjetiva, igualmente válida para comprender a la sociedad de su tiempo.En la presente edición, se rescatan sus mejores obras, en las que el lector podrá hallar los cuentos íntegros de Un hombre muerto a puntapiés y las novelas cortas Débora y Vida del ahorcado.
Escritor y abogado ecuatoriano. Fue uno de los fundadores de la vanguardia en el Ecuador e Hispanoamérica, un adelantado en lo que respecta a estructuras y contenidos narrativos, con una obra muy diferente a la de los escritores del costumbrismo de su época. Hijo de madre soltera, Clementina Palacio Suárez; fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. Años después su padre, Agustín Costa, quiso otorgarle el apellido, pero Palacio lo rechazó.
La obra de Pablo Palacio, vista desde una perspectiva histórica, resulta la más innovadora, transgresora y vanguardista de las letras ecuatorianas y una de gran envergadura en la literatura hispanoamericana de los años 20 y 30. La figura del escritor lojano está marcada por una infancia trágica, una juventud de fuego demencial y una madurez en donde perdió la cordura (dicen) hasta ser internado en el “Lorenzo Ponce”, conocido hospital psiquiátrico de Guayaquil y fallecer a la corta edad de 40 años en 1947. La vida y obra de Palacio están ligadas de forma íntima: pesadillas y seres deformes poblaban una imaginación que legó 3 obras importantes: “Un hombre muerto a puntapiés”, “Débora” y “Vida del ahorcado”; más unos cuantos relatos. Este volumen publicado por la editorial Ariel en su colección clásicos ecuatorianos contiene todas estas joyas.
“Un hombre muerto a puntapiés” es una colección de 9 relatos que rompieron el esquema en la forma y en los temas en la literatura ecuatoriana de aquel (y este) tiempo. El primer relato da nombre al libro y se trata de la reconstrucción de un asesinato a través de reflexiones irónicas; la pista inicial del asunto indica que la víctima era viciosa (pederasta-homosexual). “El Antropófago” es un cuento que tiene como protagonista a un caníbal que se deleita al engullir las carnes de su propia familia, embriagado en gula y alcohol. Estos textos rechazan todo convencionalismo y todo comportamiento racional y buscan la profundidad psicológica de los individuos oscuros y trágicos de la existencia.
En “Brujerías” predominan los conjuros y juegos de palabras mágicas junto al uso de caligramas. “Las mujeres que miran a las estrellas” y “Luz lateral” son relatos que aluden a la infidelidad y al sexo. “La doble y única mujer” es la crónica de una mujer anormal que no tiene cabida en la sociedad; una existencia marginal que posee cuatro brazos y cuatro piernas, dos cabezas que son “yo-primera” y “yo-segunda” (según la narradora), y dos columnas que se unen por debajo de los omóplatos hasta el coxis. Las características comunes de estos cuentos heterogéneos son los personajes marginales y la fragmentación de la realidad sazonada hábilmente con ironía y humor negro
"Débora" es una historia que supera al costumbrismo y al realismo social que imperaba en la época. Es una historia que se cuanta a través de situaciones fragmentarias, casi inconexas y casi ilógicas que nos cuentan la deshumanización del hombre moderno sin ideales que se dejó llevar por el materialismo y la monotonía. El estilo es espontáneo e irónico; a la vez que curtido, esconde verdades y mitos universales en situaciones insulsas o aberrantes. Critica el arte de la novela y el novelista. Es, en suma, una historia poca convencional que necesita la audacia del lector para descifrar sus artificios.
“Vida del ahorcado” es una novela subjetiva escrita también de forma errática, inconexa y desordenada. Nos cuenta la vida de Andrés Farinago, loco parricida y ahorcado que cuelga del bosque. Narrado en primera persona por el ahorcado, son textos en donde nada es lo que parece; retazos de un mundo caótico y descarnado. Palacio posee un sentido del humor muy ácido que desnuda la hipocresía de una sociedad que enferma y aliena; cuya medicina es la locura (o la cordura de Andrés al ahorcar a su pequeño para liberarlo de un mundo incomprensible, incongruente, injusto y violento). Al final de la novela, ésta vuelve a empezar; los lectores se convierten en personajes del relato, son parte de la masa del pueblo que juzga y condena al criminal a la horca.
La narrativa de Palacio es genial, cada una de estas páginas está repleta de situaciones perturbadoras, esperpentos imposibles y comicidad oscura sin límites, que dibujan muecas y sonrisas de encanto y espanto en los lectores. Sus obras representan innovaciones cruciales en la vanguardia literaria de Hispanoamérica que en su momento (lamentablemente) fueron descartadas y empolvadas por la crítica. Pablo Palacio es sin duda, uno de los más grandes y trascendentales escritores ecuatorianos de todos los tiempos: su estilo y temas se convirtieron en grandes paradigmas de las letras de este país.