El anillo y el libro es el gran poema narrativo o dramático de la Inglaterra victoriana, una obra prestigiosa pero bastante olvidada por el lector del siglo XXI. Hay que reconocer que si bien algunas premisas podrían acercar la obra al gusto moderno (el relato por parte de una decena de personas, incluidos el asesino y la víctima agonizante, de un crimen cometido en la Italia del siglo XVIII, con lo que ello conlleva de diversidad de puntos de vista e intereses), el género al que pertenece, el largo poema narrativo en verso, en la modalidad de monólogo dramático que el mismo Browning inventó, no puede quedar más alejado de las costumbres del lector moderno.
Y es una pena porque la obra, si bien larga y algo irregular, es una obra maestra, que mantiene un enorme interés.
El problema del género es grave. Desde que los isabelinos, con Shakespeare a la cabeza, demostraran hasta qué punto podía amoldarse al pentámetro yámbico tanto el ritmo del habla corriente como a la expresión de los pensamientos más complejos, los ingleses lo han utilizado para casi todo. Desde entonces parece haber una obsesión en la literatura británica por utilizar el potencial de este verso con finalidades narrativas, dramáticas, y para captar la expresión de todo matiz psicológico, dignificando contenidos que en prosa considerarían que tendrían menos prestigio. Este mismo metro utilizarán Milton, Wordsworth o Keats en sus grandes poemas narrativos, y posteriormente Elisabeth Barret Browning en su novela en verso Aurora Leigh, T.S. Eliot en su teatro moderno, o Frost para reflejar el carácter profundo del habla americana. Browning no fue el primero, pero sí el más brillante, en sacar ese habla de su contexto teatral, para crear con él el monólogo dramático, un género tan artificioso como interesante: un personaje, generalmente anormal en lo sicológico, se explaya ante un auditorio al que no permite la réplica, durante tiradas de versos que cada vez serán más largas. Robert Browning empezó sus monólogos con breves poemas (a veces rimados como My last Duchess), y sus monólogos clásicos como Andrea del Sarto o Fra Filipo Lippi se alargan en torno a 250 versos. En El anillo y el Libro, cada monólogo ronda los 2000 versos, o lo que es lo mismo unas 50 páginas de prosa.
El lector tiene que evaluar lo que se gana y se pierde con este versificarlo todo. No podemos dudar que este ritmo, esta cadencia siempre presente y al mismo tiempo disimulada con un uso continuo del encabalgamiento, puede aportar la misma belleza que justifica el uso del verso en una tirada teatral de Shakespeare. Con antecedentes como el teatro isabelino, es difícil criticar el uso del verso para poner voz a los personajes.
Por lo demás a menudo estos monólogos son poesía de la más imaginativa, y un gran talento de Browning consiste en amalgamar con facilidad un habla directa y funcional con reflexiones y descripciones de alto carácter lírico. Pero con Browning también es cierto que le resta legibilidad, necesariamente hay que amoldar el discurso a la métrica, y ello hace que a menudo se tenga que forzar la sintaxis, obliga a un uso de la elipsis gramatical que puede resultar desconcertante, y dan una enorme densidad al lenguaje.
La otra limitación, el uso del monólogo en sí, es casi más importante, debido a la longitud inusitada de los mismos. La interacción con el auditorio no se hace obviamente con preguntas y respuestas, sino con ocurrentes aunque a veces oscuras alusiones.
El lenguaje no es especialmente difícil, pero las limitaciones anteriores hacen que la lectura pueda resultar demasiado densa y fatigosa.
De hecho puede resultar más legible en una traducción en prosa que en el original, y esta es la decisión que muchos traductores han tomado.
Como poeta, y al margen de sus monólogos, Browning resulta pesado. No conozco ningún otro poeta tan capaz de hacer que cualquier metro de arte menor nos suene al más pesado alejandrino. La poesía lírica de Browning tiene toda la pesadez que asociamos a la época victoriana.
Una vez que el lector acepta las reglas del juego de un libro como este, la lectura puede resultar apasionante. Desgraciadamente Browning se dejó llevar por la grandiosidad. Cada Libro resulta siempre un poco demasiado largo. Muchos aspectos y desarrollos se alargan innecesariamente.
La estructura es muy inteligente y hábil:
- un Libro introductorio, sobre cómo el poeta descubrió la historia que va a contar
- 3 libros sobre cómo el pueblo ve los asesinatos, a favor de las víctimas, a favor del criminal, y un tercer punto de vista escéptico y despreciativo
- 3 libros de los protagonistas: Guido, Pompilia y Caponsacchi. La parte puramente narrativa de los hechos: asesino, víctima y testigo directo, o marido, mujer y amante; cuentan cada uno los hechos desde su perspectiva.
- 2 libros correspondientes al proceso judicial: los Libros de la defensa y la acusación, que se plantean como un divertido Scherzo entre los dramáticos e intensos tres monólogos anteriores, y los metafísicas digresiones de los dos cantos siguientes, son los más problemáticos para el lector actual y pueden resultar francamente aburridos. Su sentido del humor resulta algo machacón, abundan las frases latinas, y se alargan una eternidad.
- El libro correspondiente al juez, el papa Inocencio XII. La condena del mal.
- La confesión de Guido: más que una justificación del crimen, una justificación del mal.
- Libro final del autor.
Browning se documenta exhaustivamente acerca del proceso, para luego incluir determinantes modificaciones (Guido como hermano mayor y heredero del título). Su Pompilia tiene demasiado de paradigma femenino victoriano: intachable, toda pureza y fidelidad, pero aun así consigue hacerla real y conmovedora. Caponsacchi resulta creíble pero tan poco probable como debió resultar el personaje real. Guido es la gran creación de Browning y el personaje más interesante de la obra (en general en toda la literatura victoriana donde la bondad es tan arquetípica tan etérea e idealizada, los personajes malvados son los que tienen mayor corporeidad).
En conjunto un poema narrativo mayor, de lectura obligada a los amantes de la buena literatura y del verso, pero demasiado extenso y digresivo puede fatigar en una lectura de principio a fin.