“Las cabras” es una novela sobre un punto de inflexión. Sobre esos momentos, no tan abundantes, en los que los seres humanos debemos tomar decisiones que nos obligan a romper con la atracción magnética de nuestra órbita y cruzar un buen trecho de frío y oscuro vacío hasta que un nuevo cuerpo celeste nos quiera acoger, con nuestras heridas y nuestros aprendizajes.
En este caso, las cabras del título son un grupo de amigas jóvenes, de esas que lo son desde hace tanto que ya casi no se sabe cómo empezó todo, que han vivido tanto —y a la vez tan poco— juntas que la separación parece un acto de monstruosidad inefable. La protagonista, Camila, decide abandonar Chile para buscar oportunidades laborales en Madrid, mientras que Sofi afronta un embarazo imprevisto, que la obliga a tener que replantear lo que había sido su vida.
A saltos especulares entre Santiago y Madrid, Camila nos deja acompañarla en ese proceso de desgarro, curación, experimentación y, finalmente, integración. Un proceso en el que ella, igual que sus amigas, cambiará y se replanteará quién es, quién quiere ser, y por qué mantiene a su lado a quien mantiene. Porque en ese proceso de ruptura con su órbita, siempre quedarán restos en forma de asteroides que recuerden a la joven de dónde vino, incluso cuando su evolución la haga ser consciente de que, si las hubiera conocido hoy, quizás no se habría hecho amiga de sus cabras. ¿Y no es quizás lo maravilloso del amor a los amigos, que perdura incluso cuando acaban los motivos y las vidas se bifurcan en caminos contrarios?
En “Las cabras” se nos habla de madurez, de nostalgia, de añoranza y aventura, de las dificultades de enfrentarse a una cultura nueva y las cicatrices que deja querer encajar en un molde ya hecho. Nos habla de amistad, de enamoramientos, de la familia —la de sangre y la elegida—, de los aprendizajes, de la ambición personal, del trabajo, del racismo interiorizado… Esta escrita a saltos tanto temporales como geográficos, pero sin ser fragmentaria ni confusa, e incorporando elementos curiosos como chats digitales. El estilo es tranquilo y fresco, sabiendo jugar a la perfección con los momentos en los que tiene que dar más emoción o sentimiento a la historia, permitiendo una gran empatía con la protagonista. Se construye con frases limpias, sin excesos ornamentales, que sin embargo esconden una gran sensibilidad poética. Esa manera de narrar permite que la historia fluya con naturalidad, sin artificios, como si estuviéramos escuchando a una amiga contarnos lo que le ocurre. El tono íntimo y honesto refuerza la identificación del lector con los personajes y convierte en universales sus emociones que, en principio, nacen de experiencias muy concretas. Además hay episodios muy brillantes desde un punto de vista literario, donde refulge ese talento que diferencia a los grandes escritores de los meros juntaletras.
Aunque a primera vista pueda parecer una novela sencilla, demuestra a lo largo de sus capítulos que hay mucho que escarbar en sus palabras. Pilar Asuero nos abre una ventana a unas experiencias que ella misma ha debido, de alguna manera, vivir tal y como ha vivido Camila en su texto, y eso es un gran acto de generosidad, que además acompaña con una ausencia total de moralina o didactismo. No viene a darnos lecciones o a señalarnos nuestros defectos, sino sencillamente a dejarnos un espacio de reflexión en el que, al fondo, siempre brilla la esperanza.
Un brillante debut que anticipa talento e inteligencia. Ojalá sea el comienzo de un camino largo lleno de otros cambios de órbita.