Lo primero que se podría decir de Un habitante de Carcosa de Ambrose Bierce es que esto ya lo habéis leído mil y una vez, ¿no? Para eso estamos en el 2016 y se han reeditado 50 pares de veces los cuentos de Poe y la primera etapa de Lovecraft, ¿no? PUES NO.
Las historias de fantasmas de Ambrose Bierce están escritas con un estilazo que me ha dado igual conocerme la mayoría de giros y clichés. Lo de menos es la sorpresa final (ojo, que algunos sí que me han sorprendido), lo importante es el recorrido (coño, como la vida, ¿no? Toma analogía facilona y cogida por los pelos, se me acaba de ocurrir). Lo que más me ha gustado es que tiene mucha ironía fina y muchos adjetivos muy buen puestos, eso es lo que hay en el habitante de Carcosa, CLASE, FLOW, SWAG DECIMONÓNICO.
Si conoces a alguien a quien le flipen los cuentos de aparecidos y de la fina línea entre el bollo y el hoyo, esta es la opción adecuada. Si eres tú mismo… pues eso, ¿no ves que le he puesto cinco estrellas?
A mí, personalmente, me ha flipado cómo describe muchas de las muertes de los desdichados (o no tanto) personajes. Mi preferida creo que es la del sepulturero al que le hacen un hueco los vecinos de su pueblo (en el cementerio, se entiende) o esta que transcribo a continuación por pretenciosidad máxima: “John Mortonson había muerto: había recitado su parlamento en la tragedia titulada ‘Hombre’ y había abandonado el escenario”.
Plus: La biografía de Bierce es la que tiene que ser para un autor de sus características: similar a la de uno de sus relatos. Le pusieron “bitter”, amargo, de sobrenombre por su carácter y desapareció en 1913 tras cruzar la frontera con México.
Por lo visto, en una de sus últimas epístolas decía “Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!”.
Un cachondo, vaya.