2×901 – Trayecto
901
Oeste de la ciudad de Nefesh
25 de noviembre de 2008
Los bebés no paraban de armar jaleo en ambos vehículos. Los reiterados intentos por tranquilizarles, meciéndoles y ofreciéndoles biberones y juguetes habían demostrado no servir de mucho. Hacía unos minutos que habían dejado atrás a los pocos infectados que les siguieron tras su huida de la guardería, pero no se sentirían plenamente tranquilos y seguros hasta que no estuviesen de nuevo al resguardo de los muros de Bayit, y mucho menos con el valiosísimo cargamento que llevaban a bordo. Esa era sin duda la misión más delicada y arriesgada que habían llevado a término desde los albores de la epidemia.
Carlos estaba al volante del furgón de Germán, con Darío como copiloto. Josete y Marion se encontraban en la parte trasera, cada uno con un bebé en brazos. Tenían todas las ventanillas bajadas, confiando que así pudiese sofocarse el ruido del interior del vehículo, pero aún así estaban todos en tensión.
CARLOS – ¿Ya le ha contado Bárbara cómo es el lugar a donde vamos?
DARÍO – Algo nos ha dicho, sí…
De nuevo reinó en el furgón tan solo el irregular lamento de aquellos infantes. Carlos vislumbró un coche volcado en mitad de la calzada y tuvo que hacer un cambio de rumbo, preguntándose cómo diablos habría llegado ese vehículo a acabar panza arriba en una calle tan estrecha. Si hubiese prestado algo más de atención al estado del mobiliario urbano y a los vehículos estacionados en esa calle, no hubiera tardado mucho en dar con la respuesta. La ausencia total de ley hacía que el vandalismo resultase mucho más atractivo, dada su impunidad, y parecía que algún que otro vecino de la zona se había entretenido dando pedradas a las farolas, arrancando los retrovisores de los coches e incluso volcando ese en mitad de la calzada, por el mero placer de hacer el mal.
CARLOS – ¿Y… a qué se dedicaba usted, antes de… todo esto?
DARÍO – Era pensionista. Pero… antes de eso… trabajaba en el mar. Me he pasado desde los catorce años pescando. Empecé como un simple ayudante, pero acabé fletando mi propio barco, y contratando a otros pescadores para que salieran a faenar conmigo. Eran otros tiempos.
CARLOS – Qué curioso. Nosotros teníamos un pescador anteriormente en el grupo.
DARÍO – No es tan raro. Nefesh no es más que un pueblo de pescadores venido a más. Yo soy hijo y nieto de pescadores. Cuando era un chaval, Nefesh era un pueblo muy pequeño. Podías cruzar de un extremo al otro en menos de cinco minutos.
CARLOS – Quién lo diría. Con lo grande que es hoy día…
DARÍO – El turismo ha hecho mucho, con todos los hoteles y apartamentos que construyeron en la costa en los sesenta y… también hay mucha segunda residencia. Estamos demasiado lejos de la península para que la gente quisiera vivir aquí todo el año, pero… en verano esto se ponía de bote en bote. ¿Y qué fue de vuestro amigo, el pescador?
CARLOS – Ah, bueno… Él… murió.
DARÍO – Lo siento. No debí haber preguntado.
CARLOS – No, no. Tranquilo.
Marion y el pequeño Josete seguían tratando de distraer a los bebés ahí detrás. La hija del presentador era la primera vez que cogía a uno en brazos, y se sentía como un pulpo en un garaje.
MARION – ¿Lo hago bien?
El niño chistó con la lengua.
JOSETE – Tienes que cogerle la cabeza. Mira, así.
La joven hizo caso al niño, y éste asintió, satisfecho.
JOSETE – Mejor. Y acércatelo más.
Marion imitó a Josete, y sintió cómo el bebé que tenía entre brazos se relajaba. Era uno de los pocos que no estaba llorando en esos momentos.
MARION – Se te dan muy bien los niños.
JOSETE – ¿A que sí?
MARION – Mucho. ¿Tenías algún hermano pequeño?
JOSETE – No.
MARION – Ah…
Marion no podía quitarse de la cabeza a Diego, aquél chaval al que había dejado morir por su total y absoluta incompetencia, poco antes que Carlos la rescatara en aquél centro comercial abandonado. Ahora, rodeada de todos aquellos bebés, y con aquél niño en frente, que aunque era algo mayor que Diego a ella se le antojó su misma reencarnación, se sintió en la obligación de enmendar su falta. No estaba dispuesta a repetir su error.
Christian se encontraba al volante del vehículo que les seguía a escasa distancia, con Bárbara a su vera. Zoe y Carla estaban en la parte de atrás, con idéntico cometido que Josete y Marion, aunque a ellas se les estaba dando considerablemente mejor. El ex presidiario estaba muy concentrado en la carretera, y trataba de ignorar los llantos de todos aquellos bebés, que estaban empezando a ponerle de los nervios. Había estado explicando por enésima vez la trágica sucesión de acontecimientos que desembocó en la muerte del mecánico, en esta ocasión a Bárbara, y se sentía agotado tanto física como emocionalmente. Tras unos minutos de silencio, Bárbara tuvo que posar una mano en su hombro para llamar su atención, después de dos intentos sin éxito de comunicarse con él.
BÁRBARA – ¿Estás bien?
Christian se giró un momento hacia la profesora, que le observaba atentamente, bastante preocupada. Sorbió los mocos y volvió a centrar su atención en la carretera.
CHRISTIAN – Sí. Sólo me duele un poco, pero creo que se curará solo, porque ya no me duele tanto como antes, y está empezando a deshincharse.
BÁRBARA – No me refiero a eso, Chris.
El ex presidiario miró de nuevo Bárbara, y emitió un suspiro entrecortado. De nuevo tenía aquél característico brillo en los ojos.
BÁRBARA – Fue un accidente. Estas cosas pasan… y más hoy día.
CHRISTIAN – Sí. Fue un accidente, pero… fue culpa mía. Si no me hubiera resbalado…
BÁRBARA – Y si yo no hubiera hecho aquella maldita grabación de radio, nunca hubiese llegado aquí, y seguramente estaría la mar de bien en otro lugar. O no. No te puedes echar la culpa por las consecuencias de todo lo que haces. Te lo puedo asegurar, yo soy una experta en eso.
CHRISTIAN – Pero es que no paro de pensar en… Joder. Si hubiese ido con un poco más de cuidado…
BÁRBARA – Por esa regla de tres la misma culpa tiene Paris, por idear ese invento enfermizo. No le des más vueltas, Chris. Hazme ese favor.
Christian suspiró de nuevo. Quería hacer caso a las palabras de la profesora, pero todavía lo tenía todo demasiado reciente. A un escaso metro detrás de ellos, Carla y Zoe acunaban a un par de niñas, que entre las dos no sumarían ni un año de edad.
ZOE – ¿Tú eres de la isla?
CARLA – No. Bueno… sí. Nací aquí, pero me fui a la península cuando era muy pequeña Vine este verano a visitar a mis abuelos, pero… luego surgió todo esto, y… me tuve que quedar.
ZOE – Tu abuelo es ese hombre del pelo blanco, ¿no?
CARLA – Exacto. Se llama Darío. Luego te lo presento.
ZOE – Y yo tengo que presentarte a mis amigas.
CARLA – ¿Están en el sitio a donde vamos?
ZOE – Sí. Están esperándonos ahí, con Juanjo.
Carla arrugó la frente. Se había tomado la libertad de olvidar al banquero durante un tiempo, pero nuevamente volvía a hacer acto de presencia. No todo serían buenas noticias allá en Bayit. Dejó a la niña medio adormecida sobre uno de los capazos y asió a un niño de los que estaban llorando.
ZOE – Me gusta mucho tu pelo. Es un color muy bonito.
CARLA – A mi me encanta el tuyo. Pareces… una leona.
Zoe sonrió tímidamente. Había recibido muchos insultos en el colegio por el color de su cabello, la palidez de su piel y sobre todo por la profusión de sus pecas faciales. Ella era de idéntico parecer al de la veinteañera. Pese a lo que dijeran los demás, ella adoraba su rebelde pelo escarlata.
CARLA – Yo lo tengo súper liso. Daría lo que fuera por tenerlo así como tú.
ZOE – Cuesta mucho peinarlo, y…
La niña agachó ligeramente la cabeza.
ZOE – Lo tengo un poco sucio.
Carla sonrió abiertamente. Cada vez se encontraba más cómoda en ese nuevo grupo, y esa niña le inspiraba tanta o más confianza que la propia Bárbara.
CARLA – No te preocupes por eso. Si te digo yo el tiempo que hace que no me ducho…
Ambas rieron, sin percatarse que durante su conversación habían cesado los llantos de los bebés. Bárbara las miró por el retrovisor, y también esbozó una sonrisa. Se había enfadado mucho con Carlos por haber consentido que Zoe le acompañase, pero la niña al fin y al cabo tenía razón. El propio Morgan lo había dicho en más de una ocasión. Envolviéndola entre algodones lo único que conseguirían sería hacerla débil y todavía más vulnerable. La responsabilidad de cuidar de ella en los tiempos que corrían era realmente complicada, y parecía no haber una elección correcta. Pero por fortuna la niña seguía de una pieza, aún después de tantas aventuras.
Zoe no pudo evitar fijarse en una señal de tráfico que mostraba el camino a seguir para llegar al hospital de Nefesh. Estaban tan solo a media docena de manzanas ahí, aunque se alejaban en perpendicular, y Zoe sintió la tentación de suplicar a Christian que se desviase para poder echar un vistazo y corroborar que la médico no estuviera teniendo ningún tipo de problema ahí dentro. No obstante sabía que eso era una locura, en esas circunstancias, y lo dejó pasar. No habían cruzado ni dos calles más, cuando la niña percibió que la furgoneta iba perdiendo velocidad paulatinamente. Zoe frunció el ceño, consciente que aún se encontraban bastante lejos de Bayit.
BÁRBARA – ¿Qué pasa, Chris?
CHRISTIAN – Yo qué sé. Es Carlos, que se ha parado. No veo qué hay ahí delante…
La profesora chistó, nerviosa, al ver cómo el instalador de aires acondicionados abandonaba el furgón.
BÁRBARA – Quedaos aquí. Voy a ver qué pasa. No apagues el motor.
Christian asintió, y la profesora salió de la furgoneta, con la pistola por delante. Zoe y Carla cruzaron una mirada cómplice, incómodas por la situación. Christian se llevó una mano al tobillo mientras observaba cómo Bárbara se acercaba a Carlos. El instalador de aires acondicionados se giró al escuchar los pasos de la profesora, pero enseguida se volvió a concentrar en lo que tenía delante.
BÁRBARA – ¿Se puede saber qué mosca te…?
Entonces ella también lo vio, y se quedó sin palabras. No pudo evitar llevarse una mano a la boca, sobrecogida ante semejante espectáculo.


