Septimio vs Reccar, primer encuentro (Fragmento de "El Preludio de Volpe")

Hola a todos.
En esta ocasión me gustaría pedir su ayuda con la evaluación de un libro en desarrollo que estaré publicando durante el próximo año. Debo decir que es un proyecto algo arriesgado y ambicioso (sobre todo por su temática oscura y un estilo narrativo que podría ser polémico), por eso cada semana subiré un nuevo fragmento para pedir sus opiniones y sugerencias.
Ya sin más aquí el primero de ellos.

Septimio vs Reccar (fragmento de "El Preludio de Volpe"):

…Amargo sabor; fiero y agrio de plumas negras caían desde el cielo; buitres y cuervos surcaban los aires desde las praderas y montes atraídos hacia el interior de la ciudad, impulsados siempre por el suave aroma de la muerte. La sangre aún no se secaba de las calles, la carne aún no comenzaba a podrirse en tanto los cadáveres ya empezaban a apilarse unos sobre otros, pues incluso los hombres que habían sido enviados para retirarlos ahora hacían parte con ellos en la misma tierra. Y por encima de ellos, como un Ejecutor de la misma Muerte se erigiría también la figura de Reccar; los años al convertirse en hombre le habían dotado de inmensurable fuerza, un poder que se fundía con la dureza del acero, la frialdad de los más severos hombres y la intensa furia de las bestias.

Tenía estatura y cuerpo, inteligencia, letalidad, astucia y un aterrador instinto asesino que el mismo Vicom muchas veces llegaría a temer sobre el niño al que alguna vez había llamado hermano. Un escudo siempre sobre su espalda, dos brazos diestros para el manejo de cualquier arma, pies de plomo cuyo paso firme destruiría a cualquiera. Esta vez llevaría puesto el uniforme de infantería romana, y al retirar sus espadas de los cuerpos tibios de los últimos soldados se enfocó en Septimio.

Por su parte, Máximo Septimio equipó su brazo izquierdo de un macizo escudo de hierro, mientras que con su diestra desenfundaba la espada que portaba en su hombro. Entonces ambos comenzaron a moverse muy lentamente, caminando, rodeando y midiéndose uno al otro mientras acortaban distancia; el aire se volvía más pesado y denso, en tanto los segundos se expandían poco a poco como si el tiempo fuese a doblegarse ante ellos. Luego Reccar cambió brutalmente su velocidad, sus piernas quebraron desde el suelo con gran potencia elevando un salto de distancia perfecta, mientras su brazo diestro dirigía su acero contra el hombro de Septimio con todo el peso de su cuerpo. Máximo elevó el escudo percibiendo por completo la fuerza del impacto, dio un par de pasos atrás y Reccar tomaría poder en su embestida adquiriendo fuerza del impulso de sus pies en tanto sus brazos dirigían con potencia sus espadas contra Máximo; golpes secos, metal contra metal. Septimio se reincorpora, evade con destreza y empieza a ejercer una nueva contrapresión; su espada choca contra la espada izquierda de Reccar, la espada diestra de Reccar colisiona frontalmente contra su escudo en lo que ambos miden fuerzas muscular y bruta.

Reccar impone una presión colosal, más densa, más alta, en tanto su mirada fría y funesta manifiesta un silencio de inmensa severidad que le hace ver superior. Entretanto, con mucho menos control, Septimio sobre esfuerza su cuerpo y grita, su voz cede espacio entre sus brazos y piernas cuando recargándose de un nuevo impulso logra rechazar al Alto Siervo de Asmodis, empujándole ferozmente con su escudo hasta hacerle retroceder. Tal gesto habría dotado a Máximo a nuevos bríos; entonces arrojó el escudo a un lado, sabía que le restaba velocidad y destreza, por lo que en lugar de él desenfundó también una segunda espada para igualar estilos.

Por su parte, Reccar recibiría este acto como una afrenta, pues como dioses del trueno comenzarían a chocar sus aceros con tal fuerza y velocidad que cada impacto sonaría como el estallido de un relámpago; sus cuerpos se desplazaban y eludían tan rápido que la calle comenzaba a reducirse ante ellos, sin descanso, sin tregua, no había espacio para cometer errores. Incluso Tael, sorprendida de mirar a alguien igualarse al Ejecutor, dejaría en paz a un herido y derrotado Evar para contemplar el despliegue de energía brutal que dejaban en la batalla. Sudor, adrenalina, la enorme presión de sangre en las venas; pulmones absorbiendo las enormes masas de oxígeno que se quemaban en los músculos, los tendones y los nervios. Dos mentes en blanco dejando al puro instinto las reacciones de defensa y ataque que alcanzaban niveles de destreza y velocidades implacables. Hasta que de un momento a otro la resistencia física de Septimio comenzó a descender, ya no estaba lo bastante a la par, así que al encontrarse presionado muy cerca de los muros comenzó a ceder su espacio volviendo a retroceder; aparentando una acción de huida evadió la espada del brazo izquierdo de Reccar la cual se incrustaría con gran potencia entre los bloques de adobe. Entonces Septimio dirigiría ambas espadas contra el cuerpo de Reccar, quien solo dispondría de un arma para protegerse, por lo que interponiendo el guantelete de su brazo diestro forzaría a Septimio desprendiéndole también una espada de las manos; en el acto Máximo elevó su puño libre golpeando con gran fuerza en el rostro del Ejecutor, inclinando brevemente su cuerpo a un lado partiendo de su boca dos gotas de sangre.

“Nada mal”, murmuró.

Sujetando la espada con ambas manos Reccar atacó con ferocidad a Septimio quien, levantando su arma de la misma forma, se defendió de una manera aguerrida hasta que al momento de presionar su espada en alto los codos de Reccar encontrarían espacio para golpear con potencia sobre los costados de Septimio, impactando luego la rodilla contra su abdomen. Entonces Septimio dio tres pasos atrás, luego su cuerpo comenzó a doblegarse; esta fuerza no parecía humana, pero lo era, claro que lo era, no hace falta ser un demonio cuando una voluntad llega a la máxima expresión de sus capacidades físicas; Reccar era prueba de ello.

Por su parte, los golpes en el torso de Septimio ya dolerían de una forma abrumadora, mientras la tensión generada en su cuerpo empezaría a desbordarse cobrando factura; se notaba en su rostro, los músculos en sus brazos y piernas comenzarían a fallar, su visión y su oído ya no estaban tan claros, y el sudor, un sudor frío que escurría lentamente por su espalda y su cuello daban lugar al clamor y al cansancio. Pero luego lo notó, Reccar también respiraba más profundamente, debía tener sin duda más que un poco de cansancio, solo una pequeña pausa, hasta que al erigir de nuevo su acero atacaría una vez a Septimio y en forma definitiva…
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Published on September 16, 2019 11:28 Tags: el-preludio-de-volpe, fragmentos
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