Después de habérselas visto durante días con clientes soliviantados, Alfonso acogió con alivio al nuevo candidato al anónimo. Le gustó su aspecto y su corbata. Y sobre ella fijó la mirada al arrancar el discursito. Lo había ido puliendo y amplificando, adornándolo con referencias sólidas, según él (“ahora sí que lo tengo bien apoyado”, se decía). Y se explayó al llegar a su parte preferida.
- Es un hecho ya indudable que el arte y la imaginación creadora han abandonado sus límites elitistas para ponerse al alcance de todo el mundo. Esto lo admiten historiadores como Eric Hobsbawm, ese decir, el hecho de que la creación artística ha impregnado a lo largo del siglo XX todos los rincones de la vida cotidiana. Pero lo que a nosotros nos interesa es el aspecto más práctico, sabe usted, la interpretación productiva y empresarial de la imaginación. No sé si conoce usted un libro magnífico, de un economista de Chicago, H. G. Postlack. El título en español sería algo así como De la cultura precientífica de origen greco-latino a la ciencia capitalista de origen anglosajón. Este señor propone, con mucho tino, que la tradición filosófica y artística occidental no es más que un simple paso que permite el desarrollo de la sociedad capitalista moderna, donde sólo el mercado, como único proceso real de intercambio entre los individuos, es la matriz del pensamiento. Y, de ahí a la máxima calidad de vida en todos los aspectos, no hay más que...
Alfonso, sin saber por qué, perdía entusiasmo. Algo en la expresión del cliente le perturbaba. Algo en la sonrisa, una sonrisa que no percibía como de asentimiento sino como de condescendencia. Intentó aparentar que le miraba a los ojos mirándole a la frente, pero se le había escapado el aplomo. Por eso, cerró rápido, antes de dejar ver que perdía pie.
- Pero imagino que todo esto ya lo sabe usted y quizá prefiera pasar a los aspectos prácticos. De hecho, puedo mostrarle el contrato que firmamos con nuestros clientes y que deja claro que no hay para ellos ningún...
- Conozco perfectamente el contenido del contrato, señor Correas. Lo he estudiado y ya sé que está bien hecho. También sabía lo que usted me iba a contar en su, digamos, charla introductoria.
- Entonces, perdone, pero no acabo de entender.
- Quizá valga más que me deje de misterios, señor Correas. En realidad, si le he hecho creer que era un cliente ha sido para confirmar lo que ya casi sabía con certeza. Ahora, permítame que complete mi presentación para acabar de poner las cosas claras. Soy quien he dicho que soy, Ángel del Pozo, abogado. Sin embargo, no he venido hasta aquí para escuchar monsergas más que sospechosas. Digamos que, indirectamente, represento a uno de sus clientes más recientes.
A Alfonso le quemó la nuca durante medio segundo pero no se desmontó. Bien al contrario, recuperó rápido la calma, cambió de personaje y se puso en la cara la pintura de guerra (”esto viene del gilipollas del Soláñez, el llorón”).
- Muy bien, muy bien. Dado que no tengo mucho tiempo, sea breve, por favor. Dígame qué quiere y ya se pondrá en contacto con usted mi abogado. No sé qué me va usted a contar pero toda mi actividad es legal y, la verdad, venga, diga usted y rápido, por favor.
Del Pozo respiró como puntuación retórica y empezó.
- Su negocio, o lo que sea, de los anónimos no me interesa especialmente. Ha sido más bien una casualidad que me ha permitido dar con usted. Está claro que ha organizado usted una operación de poca monta y que se ha cubierto bien las espaldas. El artículo cinco del contrato le permite a usted hacer lo que le plazca sin posibilidad de protesta por parte del cliente. Y la fórmula sobre las tarifas del artículo seis está muy lograda. Cierto es que no habría más que asunto civil y no penal.
Alfonso evaluaba ya la corbata como muy superior a la suya. Y la caída del traje. Incluso la calvicie definitiva y la mirada clara le impresionaban. Se le congeló la sonrisa y se recostó en el asiento para dar tiempo a que su expresión se independizara de sus emociones. Estaba perplejo, desorientado y sólo veía la agresividad como salida. Empezó en tono bajo.
- Mire, del Pozo, o como se llame usted, no sé qué cojones quiere pero se está pasando. Hable claro de una puta vez o márchese.
- A ello voy, si me permite usted acabar y prescinde de comentarios. Le hablo de casualidad porque mi punto de interés va por otro lado. Desde hace varios años sigo la pista de una operación importante, pero no tenía indicios claros sobre la identidad de los autores. Hace unas semanas, se me presentó un cliente y me contó lo que le había pasado con usted. De entrada, me pareció insignificante. Le habían tomado el pelo y sustraído una cantidad menor con un embauco dirigido a pusilánimes. Pero nada grave. Más que nada, porque estoy convencido de que cada uno de sus clientes ha tenido consciencia subterránea, desde el principio, de que se prestaba a una estafa que, por razones que no vienen al caso, le compensaba. Sin embargo, algo de lo que me contó me resultó familiar en el tipo de oferta. He investigado después sobre usted, y las cosas encajan.
- No me va a venir ahora con la historia del funeral, ¿verdad? -Alfonso se sintió aliviado y cargó con fuerza-. La cosa quedó bien aclarada con la policía. No sé quién se cree usted que es con sus aires misteriosos de película. Si ha venido para eso, ahí está la puerta y se me está acabando la paciencia.
- Estoy también informado de esa operación. He hablado ya al respecto con la policía. Curioso. Tiene usted ocurrencias espeluznantes, señor Correas. Y una idea del comercio que, aunque bien respaldada por la ideología en circulación, raya en el chiste. Inútil que insista en el profundo desprecio que me inspira usted. Formularlo me podría incitar a cierta compasión. Hace cuatro años, una empresa llamada Novavita, proponía, con publicidad ambigua, la posibilidad de cambiar de identidad a gente que deseaba acabar, por razones varias, con su vida anterior. Era una operación importante, que exigía a los autores desaparecer bruscamente tras unos meses de actividad y, en caso de volver a querer emerger, más adelante, dedicarse a pequeñas cosas que no llamaran la atención, tal y como ha hecho usted.
- Y se puede saber qué tiene que ver todo eso conmigo.
- Novavita pretendía comercializar como producto algo estrictamente ilegal. A cambio de una suma elevada, se ofrecía un cambio de identidad preservando los bienes del interesado. Se le aseguraba la resolución de todos los aspectos legales (ilegales, habría que decir) de la instalación en una ciudad o país distintos, y todo lo demás. Una estafa para gente que hubiera leído historias sobre los testigos protegidos del FBI, por decirlo de algún modo. Los autores del engaño captaron y filtraron meticulosamente, durante meses, a varios clientes y lanzaron el proceso simultáneamente para todos. Les hicieron creer que se instalaban en su nueva casa, que tenían una documentación legal, les dieron por muertos en el registro civil (fácil, puesto que contaban con su complicidad y con la de la familia más allegada). Por supuesto, durante el proceso, aunque sólo fuera unos días, los bienes de los interesados debían quedar en manos de la empresa. Al poco, las víctimas (no siempre muy inocentes, todo sea dicho) se dieron cuenta de que ocupaban ilegalmente una casa en venta, que tenían documentación no sólo falsa sino chapucera y sólo útil para llevarlos a comisaría en cuanto la enseñaran y, sobre todo, que les habían quitado todo.
Lívido, pero al mismo tiempo más tranquilo, Alfonso cortó la palabra al abogado.
- Sinceramente, no sé de qué me habla usted. Eso no tiene nada que ver conmigo y no es el tipo de cosas a las que me lanzo yo. Está claro que hay un enorme malentendido y vamos a dejarlo así.
- Señor Correas, no me esperaba de usted una confesión y un mea culpa inmediatos. O, al menos, no me hubiera molestado en venir hasta aquí sólo para eso. Simplemente, le notifico que hemos dado con usted tras larga búsqueda y que vamos a pedir cuentas.
- ¿“Vamos”? ¿Quiénes? ¿Qué cuentas? Vaya usted a la policía, y denúncieme, hombre, a ver qué pasa. ¿Que me quiere usted dar el día? Pues bueno, ya me lo ha dado. Y ya está bien de esta... Yo qué sé qué es esto.
- No sea tan obtuso, hágame el favor. Nadie habla de denunciarle a la policía, por razones evidentes. En concreto, represento a dos de sus clientes y éstos aspiran sencillamente y legítimamente, por supuesto, a recuperar los bienes de los que fueron privados en su día.
- Vamos, vamos, esto... del Pozo. Tengamos la fiesta en paz. No sé qué paquete me quiere largar, pero no. No me lo voy a tragar.
- En concreto, tiene usted dos semanas desde hoy para rembolsar los cuarenta y ocho millones de pesetas de los que desposeyó a don Raimundo Sánchez Merlo y los sesenta y tres millones de los que desposeyó a don Elías Plana. Le dejo a usted hacer el cálculo en euros. Evidentemente, no hay daños morales ni demás que vengan al caso. Estos señores quieren recuperar su fortuna personal para poder salir del agujero al que usted y sus socios les mandaron.
- Me lo voy a tomar a broma, porque, tiene huevos, que me vengan con una película así. ¡Que no tengo nada que ver! -gritó ya desencajado Alfonso. ¡Nada que ver, hostias!
- No he venido a escucharle, ni a discutir de su responsabilidad. Sabemos que es usted uno de los implicados, los datos encajan y uno de mis clientes le ha reconocido en una foto. Por lo que sé, era usted el que, con otro nombre, trataba y convencía a los clientes. Ya he tenido una muestra de sus cualidades oratorias. De ellas me han hablado también mis clientes. Su discursito sobre que todo es susceptible de ser tratado como un producto comercializable, los avances, etc., al servicio del bienestar, todo es posible actualmente... Bien, no hay más que decir. Y, por cierto, dése por contento si la cólera acumulada durante años puede ser apaciguada con un simple rembolso. No es poco.
- No voy a dar nada porque yo no he hecho nada. Soy yo el que va a llamar a la policía. Pero ahora mismo.
- Llame usted a quien quiera -dijo del Pozo levantándose para salir-. No creo que le vaya a ser de mucha ayuda. Tiene usted dos semanas. El día venticinco de este mes, a las once, pasaré a recoger las cantidades exigidas. En caso de que pretenda usted desaparecer o, simplemente, ignorar nuestra reclamación, le garantizo que lo va a pasar usted extraordinariamente mal.
Alfonso ya no estaba perplejo. Simplemente tenía miedo. El abogado o quién fuera le daba en el estómago punzadas de frío que le obligaban a doblarse. Intentaba decirse que todo era una confusión o incluso una broma pesada, quizá un intento de venganza de Soláñez, que le había gritado, en su último encuentro, que las cosas no iban a quedar así. Pero no se lo conseguía creer.
Se quedó sentado y quieto más de media hora. No tenía ni la menor idea de lo que podía hacer. Ignorarlo todo le parecía imposible porque el visitante, por muy confundido que estuviera, no iba de broma. Reaccionó por fin, diciéndose que lo primero que tenía que hacer era informarse. Llamó a su amigo abogado, el que habitualmente se convertía en “su abogado” en las conversaciones laborales. Le describió en tono desenfadado la visita e intentó retener el miedo que el teléfono podía dejar pasar con la respiración. Su amigo, sin ocultar cierto fastidio, le prometió que se iba a informar y que le llamaría en cuanto tuviera datos. La idea de quedarse en su casa esperando la información le resultó insoportable y salió a la calle huyendo de algo y con la vaga impresión de encontrar algo.
”Si es un error -se repetía- no me puede pasar nada. ¿Qué me van a hacer? ¿Me van a matar? No, hombre, no. Es eso, un error estúpido. Lo que tengo que hacer es pasar totalmente. Yo sigo a lo mío y si el del Pozo se presenta dentro de quince días, ahí me tiene, tan tranquilo, para repetirle que yo no tengo nada que ver con su asunto. Ahora, me calmo, eso, me calmo (sin darse cuenta, ya estaba hablando en alto). No veo yo por qué me voy a asustar por algo que no he hecho”.
Con todo, necesitaba compañía y contárselo a alguien. Estuvo paseando hasta tarde y, sin reconocerlo abiertamente, se dejó ir hasta la puerta de la casa de Marta. El “¿sí?” del portero automático le recordó que, desde que le había ayudado al principio del negocio, no había vuelto a interesarse por ella.
- Marta, hola, soy Alfonso. Subo un momento, ¿eh?
El zumbido eléctrico fue la única respuesta y empujó casi desafiante el portal. Encontró ya la puerta entreabierta y oyó ruido en la cocina.
- Pasa, pasa. Estoy aquí.
- ¿Qué hay, Marta? ¿Cómo estás?
- Bien, bien. ¿Cómo es que te has dejado caer por aquí?
La voz, la expresión y los movimientos de Marta se ofrecían a múltiples interpretaciones que, todas, parecían quedar fuera del ámbito de percepción de Alfonso. Sólo alcanzó a suponer que estaba ocupada y que quizá su visita era poco oportuna.
- Oye, si he venido en mal momento me lo dices y...
- Que no, que no -respondió Marta precipitada y volviéndose por primera vez hacia él, aunque ocultándole los ojos. Es que tengo algo en el fuego. Espera un momento y... No, mira, siéntate en el salón, ponte algo de beber y enseguida voy.
Ya instalado y con la garantía de una copa en la mano, Alfonso se preguntaba por qué había ido hasta allí y qué le iba a contar. Tampoco era para tanto.
- Bueno ¿qué te cuentas? -dijo Marta entrando. Me parece saber que te van bien tus negocios.
- Sí, sí, va todo bien. Mucho trabajo, ya sabes. Pero estoy contento. Sí, estoy contento, sí. Lo que pasa es que, vamos, que me ha pasado una cosa tan... peculiar que, y graciosa, eh, que me he dicho, venga, tómate un rato libre por fin para ir a ver a una amiga y contárselo, que seguro que le va a divertir.
Incluso él mismo se notaba raro adoptando ese tono desenfadado e imaginó que el silencio frío de Marta, su gesticulación agitada e inútil antes de sentarse, los motivaba también ese aire forzadamente jocoso.
- Fíjate. Esta tarde recibo al último cliente del día. Un tío con muy buena pinta, muy bien vestido, que se había anunciado como abogado. Angel del Pozo, decía que se llamaba. Le empiezo a presentar la cosa ¿no? como de costumbre y, así, en medio, me voy percatando de que algo pasa, algo raro, que el tipo me mira como atravesado y que no me está escuchando. Total, que me mosqueo un poco y le suelto de sopetón que qué pasa, que qué es lo que busca comportándose así. Ya ves tú ¿no? como si me fuera a mí a acoquinar el primer cantamañanas que se me presente. Y, bueno, el tío me empieza a contar una historia que no te la crees, chica. Empieza que si él representa a unos clientes por otra cosa, que si no viene para lo de los anónimos. Vamos, me viene a decir que yo soy responsable de no sé qué súper estafa de cientos de millones que les hicieron a unos individuos hace algunos años.
Notó que había captado definitivamente la atención de Marta. No sólo la historia le interesaba, también parecía preocupada. Se envalentonó en el relato de los hechos, como si estuviera consiguiendo delegar en ella todos sus temores.
- Así como te lo digo. Yo, qué quieres, casi por no armar un cristo ahí mismo, le digo que se explique un poco más pero que a mí me da que no tengo mucho que ver con su historia. Y, nada, sigue el buen hombre con que si a esos señores les propusieron un cambio de identidad y los dejaron después en la mierda absoluta. Desplumados, sin casa, sin papeles, muertos oficialmente. En fin, una historia para alucinar.
Marta seguía callada, mirándole fijo. Alfonso se calló también un momento, esperando una pregunta. Como no la vio venir, siguió.
- Cuando acaba, me le acerco un poco así, y le digo “mire, como se llame usted, va a marcharse de aquí ahora mismo a tomar por culo y me deja de historias. Estoy muy ocupado hoy y no voy a perder el tiempo con payasos como usted. No sé qué pretende usted de mí pero se ha equivocado de puerta”. Y, como te lo digo, cojo unos papeles y me pongo a leerlos delante de él, ignorándole completamente.
Hizo una pausa acompañada de un buen trago, decidido esta vez a que Marta le animase a continuar.
- ¿Y qué pasó? -preguntó por fin- ¿Se fue sin más?
- Casi. Al poco, levanto los ojos de los papeles y le digo “¿qué, todavía está usted ahí? ¿qué quiere, provocarme para que le saque de aquí a hostias? Vamos, hombre, desaparezca, que se me acaba la paciencia”. Y le hago el gesto de levantarme, así, un poco, y el tío, claro, se levanta y empieza, así, entre dientes, a decir mientras se marcha que si no acaban aquí las cosas, que si no sé con quién estoy hablando, que si esa gente quiere recuperar su dinero y que yo qué sé. Pero yo ya ni le he escuchado. Puerta, le he dicho, y punto.
- Pero, entonces, ¿te ha pedido dinero?
- Yo que sé. Sí. Me ha hablado de una cantidad pero yo ya ni me he enterado.
- ¿Mucho dinero?
- Ya te digo, no sé.
- ¿Y qué vas a hacer? -preguntó Marta tras un silencio durante el que Alfonso saboreaba su relato.
- ¿Que qué voy a hacer? Anda, pues nada ¿Qué quieres que haga? Supongo que el tipo se ha equivocado y que le ha quedado pero que bien clarito.
- Pero, espera, un momento. No entiendo muy bien. ¿Tú crees que es un error, una broma o qué?
- ¿Broma? No, no creo. ¿Quién me va a gastar bromas así? No. Te digo que debe ser un picapleitos que tiene entre las manos un asunto demasiado gordo para él y que se ha creído que, así, de chiripa, había acertado conmigo. Una casualidad, sabes. Parece ser que uno de sus clientes, un bobo que me ha venido llorando porque lo de los anónimos no ha funcionado como el señor quería, le ha ido con el cuento para ver si podía algo contra mí. Y el otro, pues eso, ha creído que por casualidad, ya ves tú, por pura casualidad, había dado con el responsable de lo otro. Pero puedes creerte que le he dejado las cosas bien claritas y que éste no vuelve, qué va. A buen sitio ha ido a dar.
Marta ya no hizo más preguntas, pero a Alfonso le daba la impresión de estar preocupada. Por eso volvió un poco a la carga.
- Que, de verdad, Marta. No te vayas ahora a preocupar. Si te lo he venido a contar para hacer unas risas, pero veo que no es tu día hoy. Estás muy seria, vaya, que hasta da la impresión que te molesta que te cuente algo gracioso.
Se sirvió otra copa y cambió parcialmente de tema. Le empezó a contar lo bien que iba la empresa. Cómo había que considerar que esto no era más que el germen de algo más grande. Los productos se iban a diversificar en dos sentidos: cosas más ligeras, como descripciones científicas de las cualidades de cada cliente y cosas más ambiciosas como reproducciones escenificadas, nada de virtuales, de las ensoñaciones de la gente. Se vanaglorió de ser un pionero en la industria del elogio, cuyos horizontes eran por el momento insospechados. Incluso le comunicó, pidiéndole confidencialidad, que había establecido ciertos contactos con financieros que podrían aportar capital para dar, quizá pronto, el salto adelante.
Eufórico y más ebrio de construcciones mentales que de copas, dejó definitivamente de percibir las reacciones poco cálidas de Marta y sólo decidió marcharse cuando le dio la impresión de que era Marta la que le aburría a él. La idea de intentar acostarse con ella le rozó algún rincón de los músculos pero no llegó a tomar consistencia en el dominio de su voluntad. Al salir, todavía en medio de frases altisonantes, no se dio tampoco cuenta de que dejaba un beso en una mejilla acaparada por una mueca indescifrable.
Cogió un taxi para volver a su casa y todavía le dio buena conversación reaccionaria al taxista, al que dejó una buena propina, convencido de que se iba a acordar durante días de haber llevado a su casa a un señor como Dios manda. Sólo al entrar en su casa notó que tenía algo de hambre. Curioso que Marta, que estaba cocinando, no le hubiera ofrecido algo para cenar. Arrampló con lo que encontró en la nevera, mezcla de dulce y salado, y se metió rápido en la cama, con la aspiración silenciada de que el arrojo que traía de la casa de Marta le acompañara hasta el sueño. Pero los temores que creía haberle legado a su amiga volvieron con él y le abrieron los ojos. Después, se convirtieron en oleadas de calor que se le paseaban por el estómago y la cabeza. Pasó una mala noche, levantándose varias veces a beber agua, a fumar y a dar paseos cortos antes de volver en busca del sueño. Varias veces repitió, entre cabezada y cabezada, “joder, más de cien millones de pesetas”.
 •  0 comments  •  flag
Twitter icon
Published on July 21, 2018 02:25 • 175 views • Tags: elogios

No comments have been added yet.



Relatos

Mario Barra-Jover
En este blog he publicado regularmente los relatos cortos de la colección inédita "Incognitas y variables", además de otros relatos nuevos que voy escribiendo.
Empieza este 19 de mayo de 2018 la public
...more
Follow Mario Barra-Jover's blog with rss.