David Villahermosa's Blog, page 30
May 15, 2015
3×963 – Fugaz
963
Islote Éseb
12 de diciembre de 2008
VÍCTOR – ¿Y cuánto tiempo hace que no os veis?
BÁRBARA – Tres meses… o más. No sé… Prácticamente… desde que empezó todo esto.
VÍCTOR – Madre mía. Tienes que estar deseando reencontrarte con ellos.
BÁRBARA – No te puedes hacer a la idea.
MARTA – Tienes mucha suerte de haberle encontrado de nuevo. ¿Qué posibilidades había?
Bárbara sonrió, y tomó otro sorbito de aquella humeante taza de café que tenía entre las manos. Víctor esbozó una sonrisa, con la mirada gacha.
Estaban sentados alrededor de una austera mesa metálica en una de las cabañas de la Aldea que ya estaba totalmente acabada, junto a unas literas que había apoyadas contra la pared. Darío y Carla se les habían sumado hacía cerca de media hora, después de estar un buen rato buscándolas por todo el islote. Víctor había trabajado sin descanso para levantarla, e incluso había pasado en ella alguna que otra noche la última semana. Él había perdido a su esposa y a su hijo pequeño hacía algo más de un mes, poco antes de hacerse a la mar con un pequeño barco de recreo que había recalado por casualidad cerca de donde él malvivía, vacío y sin signo alguno de hostilidad. Tuvo la enorme fortuna de cruzarse en el camino de uno de los barcos que volvía al islote Eseb de una campaña de recolección de alimento, y desde entonces había estado viviendo con ellos y trabajando incansablemente en la construcción de la Aldea y en el cuidado de los animales, para alejar de la mente sus demonios personales.
La sobremesa se estaba demorando más de la cuenta, y la profesora empezaba a impacientarse, por más que se sentía muy cómoda y segura en compañía de tan atentos y entregados anfitriones. Viendo de qué modo habían empezando de cero ahí, sin el más mínimo signo de la pandemia a su alrededor, en una comunidad tan hermanada y bien avenida, incluso se sintió tentada a mandarlo todo a paseo y aceptar sus sugerentes y tentadores ofrecimientos. En cualquier otra situación, no hubiese dudado un instante en quedarse con ellos, pero por ahora aún tenía demasiados quehaceres en ciernes, y ya estaban demorándose más de la cuenta en seguir adelante en su travesía. En cualquier caso, Carlos y él tenían una conversación pendiente.
BÁRBARA – Lo siento mucho. La compañía es muy grata, pero… tenemos que irnos ya.
Zoe levantó la mirada del cubo de Rubik que Víctor le había regalado hacía escasos minutos, que le estaba trayendo de cabeza. Aún no había conseguido unificar el color de una sola cara.
MARTA – ¿De verdad que no os queréis quedar, aunque sea sólo esta noche?
La profesora negó con la cabeza. Aún conservaba aquella sonrisa cándida.
MARTA – Es una lástima, pero… Espero que todo os vaya muy bien en el camino que os queda por delante.
BÁRBARA – Gracias.
VÍCTOR – ¿Quieres que te acompañemos… a buscarles? Por… si encontráis problemas en la península. Si no vais a tardar mucho, yo podría…
Bárbara miró a Darío, que tenía el blanco bigote manchado de espuma de café. El viejo pescador se dio por aludido.
DARÍO – No. De verdad. No hace falta.
BÁRBARA – Están viviendo en la costa, en un sitio seguro. Sólo tenemos que pasar recogiéndolos y volver. A duras penas nos hará falta pisar tierra firme.
MARTA – Bueno… De todos modos, me sabe mal que os tengáis que ir tan pronto.
VÍCTOR – ¿Pasaréis al menos por aquí, de vuelta, cuando… ya estéis todos? Me encantaría conocer a tu hermano.
BÁRBARA – Hemos dejado ahí en Nefesh a todo nuestro grupo, y a los bebés… Si ven que tardamos demasiado… empezarán a preocuparse. No creo que fuera buena idea… por ahora.
MARTA – Al menos diles que si… si prefieren venirse aquí… No me gusta que estéis ahí, con… todos esos… Dios mío. No sé ni cómo podéis.
BÁRBARA – El barrio es seguro, de verdad. Hemos estado trabajando muy duro…
Marta chistó con la lengua.
MARTA – ¿Lo harás?
BÁRBARA – Te lo prometo. Yo… se lo diré a los demás.
Marta esbozó una sonrisa. Bárbara se levantó de la mesa, consciente de que como no diese el primer paso, podrían seguir ahí varias horas más alargando la conversación.
BÁRBARA – Sólo… quería… una última cosa. Antes de que nos vayamos…
La profesora tragó saliva. Se llevó la mano a la entrepierna. Carla la miró con el ceño fruncido. Bárbara sacó su pistola y la puso en medio de la mesa, produciendo un sonido metálico que vibró unos instantes en el aire. En la sala cundió un silencio sólo roto por el ruido de quienes seguían trabajando en las demás cabañas de alrededor.
BÁRBARA – Lo que tenéis aquí montado es… sencillamente genial. Nunca hubiera imaginado que algo así… fuese posible en los tiempos que corren. Pero me da mucho miedo que… os pueda ocurrir algo. Quiero decir… parecéis todos muy… muy buena gente. Pero… Mira. Nosotros hemos tenido problemas, con anterioridad. Bastante graves. Y… no precisamente con infectados. No únicamente con ellos.
Víctor asintió levemente. Había adoptado una expresión muy seria desde que viese el arma.
VÍCTOR – Bárbara, tenemos con qué defendernos. No todo ha sido un camino de rosas, aquí. Nosotros también hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero… nunca hemos llegado… tan lejos.
BÁRBARA – Acéptala. Por favor. Es lo mínimo que puedo ofreceros por lo bien que nos habéis tratado.
El hombre barbudo empujó la pistola hasta el extremo contrario de la mesa, acercándola de vuelta a su dueña mientras negaba sutilmente con la cabeza.
VÍCTOR – Te la puedes quedar. Pero… muchas gracias, de todas maneras.
BÁRBARA – Bueno… como quieras.
Marta observó con atención y el ceño aún fruncido cómo Bárbara se volvía a guardar la pistola bajo la ropa.
Envueltos aún en aquél silencio incómodo, abuelo y nieta también se levantaron, y acompañaron a Bárbara y Zoe a la puerta de la cabaña. Sus anfitriones les guiaron de vuelta a la pequeña cala donde habían amarrado el bote a un árbol cercano. Tardaron cerca de veinte minutos en llegar, mientras atendían a otros tantos habitantes del islote que se acercaron a desearles lo mejor e invitarles a volver cuando quisieran.
May 11, 2015
3×962 – Aldea
962
Islote Éseb
12 de diciembre de 2008
Bárbara se llevó la mano a la boca y sacó otra raspa de su interior, ayudándose con la lengua. Juntó esa raspa con las más de dos docenas que tenía en el borde del plato. La mayoría de la gente ya había acabado de comer y había abandonado la mesa, pero Bárbara fue incapaz de rechazar la hospitalidad de Marta y se vio en la obligación de repetir por segunda vez, tras su férrea insistencia. Era lo mismo que había cenado la noche anterior, y no precisamente uno de sus platos preferidos, pero ella prefirió no decir nada para no mostrarse ingrata.
La llegada al islote había sido todo menos cuanto ellos hubieran podido prever. Las muestras de hospitalidad y afecto de los habitantes de aquél heterogéneo grupo de supervivientes llegaron incluso a sobrepasarles. Después de tanto tiempo conviviendo con un grupo tan reducido de gente, verse rodeados de aquél modo les hizo sentir algo incómodos. Todos y cada uno de los supervivientes que Marta les presentó les invitaron a quedarse y mostraron su desaprobación ante la idea de que fuesen a parar a la península o de vuelta a la infectada Nefesh. De lo que no les cupo la menor duda era que el recelo que habían albergado durante el trayecto en barca estaba totalmente infundado. Incluso se sintieron algo avergonzados al saberse portadores de las armas que llevaban ocultas, pues resultaba obvio que ahí no las iban a necesitar.
Había niños pequeños y adolescentes jugando sobre la arena, ancianos charlando tranquilamente bajo la sombra de los árboles y un hervidero de hombres y mujeres trabajando en un proyecto común que hacía que Bayit pareciese un juego de niños. Bárbara no sabía de dónde venía el sonido, pero incluso escuchó llantos de algún que otro bebé en la distancia.
El islote era realmente minúsculo. Bárbara podría haber jurado que, excluyendo la zona del litoral, debía ser más pequeño incluso que el barrio amurallado del que venían. No obstante, habían sabido sacarle muy buen partido. Resultaba evidente que vivían en los barcos, o al menos hacían noche en ellos, pero estaban construyendo una pequeña aldea autosuficiente que auguraba un futuro realmente prometedor.
Lo primero que visitaron fueron los establos, en los que había cientos de ejemplares sanos. Marta les explicó que la mayoría de esos animales habían venido en el mismo barco, el de un anciano acompañado de sus ocho hijos varones que, cual Noé, había partido en barco de la península con la intención de no volver. Aunque en este caso él no llevaba una pareja de cada tipo, sino un número mucho mayor de una selección mucho más reducida, amén de varias toneladas de pienso y agua potable. La mayoría formaban parte de su propia granja, pero había varios ejemplares que había robado de las abandonadas granjas vecinas durante su peregrinaje a la costa, las primeras semanas de la pandemia. Había ovejas, cerdos, cabras, vacas, varios tipos de aves e incluso un par de perros. Aquél anciano se encontró por casualidad con uno de los barcos que hacía un par de días había partido de Éseb en busca de alimentos, y desde entonces estaba viviendo con el resto de supervivientes, que enseguida se sumaron al cuidado de las bestias. Los animales más grandes vivían en unos enormes contenedores marítimos que había alineados en la costa occidental del islote. Bárbara no alcanzaba a entender cómo habían hecho para trasladarlos hasta ahí, pero no tuvo ocasión de preguntarlo, y enseguida se los llevaron a otra parte. Había docenas de gallinas, pavos y patos sueltos por doquier, que picoteaban cuanto encontraban a su alcance y paseaban indistintamente entre los habitantes del islote.
Darío fue el que más disfrutó con la siguiente visita: los huertos. La tierra era increíblemente fértil, y ellos llevaban más de dos meses cultivándola. Buena cuenta de ello lo daba el acompañamiento del besugo que acababan de comer. La zona de cultivo era siete veces más grande que la que tenían en el Jardín de Bayit, y habían levantado el triple de invernaderos. Bárbara no daba crédito a todo cuanto estaba viendo.
La siguiente visita les llevó directamente al comedor, pues ya estaba sirviéndose el rancho. Habían excavado la tierra en una de las zonas con más pendiente de la isla, eliminando una cuña de tierra de más de cien metros cuadrados de planta, que habían usado para enterrar los contenedores-establo, haciendo uso de la tierra como aislante térmico. Las paredes desnudas de tierra que habían surgido de semejante excavación las habían ocultado tras tres muros de piedra en seco de más de treinta centímetros de espesor, sobre los que habían colocado los gruesos troncos de más de dos docenas de pinos que hacían de cubierta, y sobre los cuales habían situado grandes lonas para impermeabilizarlo, más tierra y un montón de ramas y arbustos que hacían que desde fuera, por la parte alta, diese la impresión que ahí no hubiese nada más que una explanada especialmente rica en vegetación. La parte que quedaba expuesta comunicaba directamente con una de las playas vírgenes, y hacía del lugar un emplazamiento idílico. Ahí es donde la profesora se encontraba en esos momentos.
Marta, sentada a la vera de Bárbara, estaba hablando con uno de sus vecinos, y por primera vez desde que atracaron en una de las calas de aquél pequeño islote la profesora tuvo tiempo para descansar y reflexionar sobre todo lo que acababa de descubrir.
Darío y Carla se habían quedado charlando con unos antiguos vecinos de Nefesh. Pese a que a duras penas se conocían de vista, enseguida conectaron y empezaron a acribillarse a preguntas los unos a los otros. Zoe jugaba alegremente a fútbol con unos chavales, no muy lejos del comedor. Jesús estaba con ella en todo momento. Bárbara no le quitaba ojo a la pequeña; parecía estar pasándoselo en grande. Casi todos eran mayores que Zoe, pero también había muchos niños pequeños y alguna que otra niña.
Bárbara sintió un pinchazo de remordimiento por haberse mostrado tan inflexible con ella antes de partir. Su mayor temor desde el principio había sido el de cruzarse en el camino de algún superviviente desesperado que estuviese dispuesto a cualquier cosa para arrebatarles la comida o el agua que llevaban, o incluso cosas peores. Por ello se había mostrado tan intolerante negándose a dejarla venir desde el primer momento. Aún les quedaba la segunda mitad del trayecto, y todo el viaje de vuelta, pero ahora Bárbara se sentía algo más segura y tranquila.
Pensó que de haber pasado por ahí durante la anterior travesía, se hubieran ahorrado tanto la muerte de Salvador como la desaparición del policía. Sin embargo, una corta reflexión le hizo coger algo de distancia. Si jamás hubiesen llegado a Nefesh, Ío ahora estaría con Héctor y los demás ex presidiarios, si es que aún seguía con vida. Y lo peor de todo: ellos también estarían vivos, lo que significaría que Fernando aún podría estar con ellos sano y salvo. Era todo demasiado complejo.
Marta la sacó de sus ensoñaciones, tras llamarle la atención por tercera vez consecutiva.
MARTA – ¿Quieres venir a ver la aldea?
BÁRBARA – ¿Aldea?
MARTA – Sí bueno… Estamos construyendo un pequeño pueblo, para poder empezar a vivir en el islote, sin tener que depender en todo momento de los barcos. Es bastante pequeño, pero… ¿Quieres verlo?
BÁRBARA – Por supuesto. ¡Zoe!
La niña pelirroja se giró hacia el comedor. Bárbara le hizo un gesto con la mano, instándola a acompañarla. Zoe no dudó un momento en correr a su encuentro. Las tres abandonaron el comedor y subieron la pendiente sobre la que estaba edificado. Al llegar a lo más alto de aquella pequeña loma, la cota de tierra más alta de todo el islote, vieron aquello a lo que Marta llamaba Aldea. Se trataba de una zona bastante plana salpicada de pinos, muchos de los cuales habían sido talados para construir tanto el comedor como la propia aldea. De momento tan solo habían construido siete pequeñas cabañas de madera, de a duras penas treinta o cuarenta metros cuadrados. Había otra media docena que estaban a medio construir. Una hacía de cocina, otra de servicio higiénico, otra de taller… Algunas tenían incluso camas y mesas, y había quien ya había empezado a pasar ahí la noche.
Todas esas construcciones estaban hechas de madera, materiales que habían ido recolectando en los reiterados viajes hacia las zonas infectadas, y partes desguazadas de algunos de los barcos más viejos. Lo más curioso era que habían hecho uso de los propios árboles, a modo de pilares perfectamente arraigados al suelo, para tener una buena base sobre la que levantar las cabañas. Pese a su aspecto burdo, no cabía la menor duda de que estaban hechas para durar. Lo más sorpresivo era que todo lo estaban haciendo con herramientas manuales, ensamblando unas piezas con otras por geometría, gravedad o a base de clavos y perfiles metálicos. No disponían de electricidad, de modo que no podían hacer uso de ninguna otra herramienta que no fueran sierras, martillos, hachas destornilladores y similares. Había un par de ingenieros, un arquitecto, tres peones de obra y un oficial de primera, y entre ellos y el resto de voluntarios, estaban levantando desde la nada un pequeño pueblo autosuficiente.
Marta les guió por entre las diferentes cabañas, explicándoles parte de la historia que había detrás de cada una, cuando uno de los hombres que había trabajando en la cubierta de una de las cabañas, que se las había quedado mirando desde que emergieron de la loma, les llamó la atención.
VÍCTOR – ¿¡Zoe!?
La niña se giró hacia él, algo intimidada. Se trataba de un hombre con una espesa barba negra que debía hacer al menos mes y medio que no se afeitaba, de unos treinta y cinco o cuarenta años, con unas feas gafas de pasta con un pedazo de cinta aislante que sujetaba el puente roto. Zoe hubiera podido jurar que no lo había visto en toda su vida. Miró a Bárbara y se arrimó a ella. La profesora la sujetó del hombro, tratando de tranquilizarla, mientras aquél hombre bajaba la escalera sobre la que estaba encaramado y se dirigía a su encuentro. Marta saludó amistosamente a Víctor cuando éste las alcanzó, y el hombre se agachó un poco para estar a la altura de la más pequeña, con una radiante sonrisa en el rostro.
VÍCTOR – Zoe, soy yo. ¿No te acuerdas de mí?
Zoe no respondió. Miró a Bárbara, buscando refugio en ella. Bárbara, que creía conocerla muy bien, y la consideraba una niña extrovertida y con mucho don de gentes, se sorprendió al verla tan tímida.
BÁRBARA – Muy buenas tardes. Yo soy Bárbara.
VÍCTOR – Víctor.
Víctor miró a la profesora, sin perder aquella radiante sonrisa rodeada por todo aquél vello facial, y le plantó un beso por mejilla.
VÍCTOR – Yo era amigo de tu padre, Adolfo. Tú has venido a comer a mi casa un par de veces, cuando eras más pequeña, en Etzel. ¿No te acuerdas de mi perrita dálmata?
Zoe dio una corta inspiración de aire. Ella a duras penas tendría cuatro o cinco años la última vez que se vieron, antes de que él partiese con su esposa a la otra punta de la península por razones laborales. Desde entonces no habían vuelto a coincidir, y ya prácticamente le había olvidado. Por esos tiempos él lucía afeitado y usaba lentillas, por eso le había costado tanto reconocerle. Él enseguida leyó en sus ojos que por fin había recordado quién era.
VÍCTOR – Me alegro mucho de verte. ¿Qué tal están tus padres?
May 8, 2015
3×961 – Vale
961
Cubierta del velero Nueva Esperanza
12 de diciembre de 2008
B��RBARA ��� Sobre todo que no las vean. ��Vale?
Carla y Dar��o asintieron, muy concienciados de su papel. La barca de remos con aquellos dos extra��os estaba ya peligrosamente cerca. Ellos hab��an recogido las velas, hab��an detenido el velero y hab��an encendido los motores, dej��ndolo todo preparado para la huida si las cosas se acababan torciendo. Los tres ten��an oculta una pistola bajo la ropa de abrigo, cargada y lista para cualquier eventualidad que pudiera surgir.
La barca de remos estaba ya muy pr��xima a Nueva Esperanza. Quien remaba era un chico algo m��s joven que Christian, que iba acompa��ado de una mujer de entre cuarenta y cuarenta y cinco a��os. Los tres aguardaron en silencio hasta que aquella mujer se puso en pie y se dirigi�� a ellos. A los lados de sus ojos se dibujaban unas arrugas que delataban su buen humor.
MARTA ��� ��Ah del barco! ��Buenos d��as!
B��rbara trag�� saliva. Dar��o se hab��a relajado bastante al comprobar que una de las personas que ven��an a su encuentro era una mujer.
DAR��O ��� Muy buenos d��as. ��En qu�� os podemos ayudar?
MARTA ��� ��Vosotros no sois de aqu��, verdad?
DAR��O ��� No.
JES��S ��� Si ya te lo he dicho yo que este barco no era de los nuestros, mama.
MARTA ��� D��jame hablar a mi. ��Os hab��is perdido?
DAR��O ��� No, no. Para nada. Vamos a la pen��nsula. S��lo hemos pasado por aqu����� de casualidad.
MARTA ��� ��A la pen��nsula vais? Esa no es una buena idea. Ah����� est�� todo perdido. Mira… Me presento. Yo soy Marta, y ��ste chaval es Jes��s, mi hijo.
El grupo de B��rbara tambi��n se present��. Nada invitaba a pensar que tuvieran malas intenciones, pero a��n as�� B��rbara no estaba dispuesta a bajar la guardia.
MARTA ��� Bueno, ya lo est��is viendo ah�� delante. Somos parte de un grupo de gente que nos hemos reunido alrededor del islote. En el recuento de ayer sumamos doscientas treinta y dos personas. Hay gente de todos lados. Algunos a duras penas saben hablar espa��ol. Hay hasta una pareja que viene de Nueva Zelanda. Aunque la enorme mayor��a vienen de la pen��nsula. Nosotros venimos de las Jamesh. Ah�� tambi��n est�� todo perdido. Por lo que hemos o��do, est�� todo igual en todos los sitios. Pero��� aqu�� estamos todos sanos, eh. Hemos tenido un par de problemas, pero como cada uno vive en su barco, los hemos podido solucionar a tiempo. Lo bueno es que los que enferman no saben nadar, as�� que aqu�� es dif��cil que nunca tengamos problemas de ese tipo. Empezamos siendo cuatro gatos, pero se ha ido corriendo la voz y cada vez somos m��s. Estamos continuamente haciendo viajes para recoger alimento y dem��s cosas necesarias a los pueblos costeros. Ahora mismo hay siete misiones diferentes fuera. Intentamos��� empezar de cero, aqu��. Estamos construyendo una peque��a aldea en el islote. No es muy grande, pero estamos plantando verduras y tenemos algunos animales que hemos ido trayendo. Nos gustar��a que nos acompa��arais, por lo menos para verlo. Luego ya��� pod��is seguir vuestro viaje, o quedaros, como prefir��is. Pero ya os digo que en la pen��nsula no vais a encontrar ning��n lugar seguro.
Dar��o mir�� a B��rbara, indeciso. La profesora se mordi�� el labio. Esa mujer no parec��a hostil, y transmit��a mucha paz, pero a��n as�� ninguno de los dos estaba convencido de dar el siguiente paso.
JES��S ��� ��De d��nde ven��s?
CARLA ��� De Nefesh.
Dar��o acribill�� a su nieta con los ojos. Ella se dio cuenta tarde de su error y agach�� la mirada, avergonzada. Desde que despert�� no daba una a derechas. Se prometi�� no volver a abrir la boca.
MARTA ��� Anda, mira. Aqu�� en el islote tambi��n tenemos gente de Nefesh. ��C��mo est�� la cosa por ah��?
DAR��O ��� Pues��� fatal, igual que en la pen��nsula. ��Sabes c��mo se llama��� esa gente que dices?
MARTA ��� Pues��� si te soy sincera, no. Hay much��sima gente ah��, y cada uno vive en el barco en el que vino. Yo no les conozco a todos. Los adultos pasamos la mayor parte del tiempo en el islote, levantando la aldea, trabajando la tierra y cuidando de los animales. De todas maneras tenemos una lista con todos los nombres, y ah�� tambi��n dice de d��nde es cada uno. Una vez juntamos a dos primos que se hab��an dado por muertos. No me costar��a nada revisarla y decirte quienes son los que vinieron de Nefesh.
DAR��O ��� No, s����� no hace falta.
MARTA ��� Mira, hagamos una cosa. ��Hab��is comido ya?
Dar��o respir�� hondo y solt�� el aire lentamente. B��rbara neg�� ligeramente con la cabeza.
MARTA ��� ��Por qu�� no os ven��s, ni que sea un rato? Os invitamos a comer. No nos viene de tres bocas m��s, y as�� nos explic��is c��mo est�� la isla. Y luego si��� quer��is, os pod��is quedar con nosotros. Aqu�� hay trabajo m��s que de sobra, y no nos vendr��a mal un poco de ayuda.
B��RBARA ��� Es que��� tenemos algo de prisa.
Marta ri�� amistosamente. A esa distancia se le distingu��an claramente algunas ra��ces canas en un cabello que hace unos meses hab��a estado te��ido de casta��o.
MARTA ��� ��Prisa? ��Prisa de qu��? Veniros, hombre. As�� podr��is hablar con los dem��s, y encontrar a vuestros vecinos. ��De verdad que no os apetece?
B��RBARA ��� Es que vamos a buscar a unas personas. Por eso no��� no nos podemos quedar.
MARTA ��� Igualmente tendr��is que comer, ��no?
DAR��O ��� Ya, pero���
MARTA ��� ��Y de verdad os viene de un par de horas?
Dar��o mir�� a B��rbara.
DAR��O ��� ��Nos dejas��� discutirlo, un momento?
Marta asinti��, sin darle mayor importancia. Tom�� asiento junto a su hijo, mientras el grupo de B��rbara se reun��a en un corrillo.
DAR��O ��� ��A ti qu�� te parece?
La profesora resopl��. Por primera vez en mucho tiempo no sab��a qu�� hacer.
B��RBARA ��� Parecen��� buena gente. No s�����
Dar��o asinti��.
CARLA ��� Yo no creo que mienta.
DAR��O ��� Yo tengo curiosidad por saber c��mo se lo est��n montando ah��. Si son tant��sima gente y consiguen tirar adelante, seguro que podemos aprender un mont��n de ellos.
CARLA ��� ��Entonces qu��, vamos?
B��RBARA ��� ��Y qu�� hacemos con Zoe?
DAR��O ��� Que se venga tambi��n. Seguro que hay un mont��n de chavales con los que puede jugar.
B��rbara resopl�� de nuevo. No le vendr��a de demorarse un par de horas m��s. Con el viento que estaba haciendo ��ltimamente, ya hab��an perdido m��s de un d��a de viaje.
B��RBARA ��� Venga, va. Pero vamos con las armas, por si acaso. Esta mujer parece buena gente, pero de los dem��s no me f��o.
DAR��O ��� Vale, est�� bien.
Los tres volvieron a proa.
MARTA ��� ��Qu�� tal? ��Ya hab��is��� deliberado?
Marta sonri�� de nuevo. Estaba claro que ella no se hab��a cruzado con ning��n H��ctor en su camino; de lo contrario no tratar��a as�� a unos totales desconocidos, con su hijo presente, sin siquiera preocuparse de comprobar si llevaban armas.
B��RBARA ��� Os acompa��aremos un rato a comer, pero luego nos tenemos que ir. Vamos a buscar a unas personas que est��n esper��ndonos, y no podemos perder mucho tiempo.
MARTA ��� Me parece bien. Y luego��� a la vuelta, os pod��is venir aqu�� con nosotros. Estaremos encantados de recibiros. Porque en la pen��nsula no os pretend��is quedar, ��verdad?
B��RBARA ��� No, no. Ah�� s��lo vamos de paso, a buscarles.
MARTA ��� Mucho mejor as��. Pues��� no se hable m��s. ��Os ven��s con nosotros?
DAR��O ��� No tranquila. Nosotros tenemos nuestra propia barca.
MARTA ��� Pero si aqu�� cabemos todos.
DAR��O ��� Es que��� somos cuatro.
B��RBARA ��� ��Zoe, ya puedes salir!
La ni��a asom�� su pecosa cara por la escotilla. Llevaba varios minutos agazapada en el camarote principal, arma en mano, tratando de averiguar qu�� dec��an, y dispuesta a echarles una mano si los reci��n llegados se demostraban hostiles. Se les uni��, y B��rbara la present��, mientras Dar��o y Carla descolgaban el bote rojo de remos que ven��a con el velero. B��rbara y Carla se encargar��an de remar.
May 4, 2015
3×960 – Recelo
960
Cubierta del velero Nueva Esperanza
12 de diciembre de 2008
Carla estaba absorta en la lectura de aqu��l grueso libro de ciencia ficci��n que estaba a punto de acabar. Era uno de los m��s de veinte que Maya le hab��a entregado antes de partir de Nefesh, y el tercero que se le��a desde que comenz�� la traves��a. La trama resultaba adictiva, y el desenlace ten��a un ritmo fren��tico que le imped��a levantar la vista de las hojas. Pese a que no era una aficionada a la lectura en su vida anterior, deb��a reconocer que se lo estaba pasando en grande.
No hab��a parado de leer desde que comenzase su turno hac��a ya un par de horas. De vez en cuando revisaba que el rumbo fuese el adecuado, y en caso de que se hubiesen desviado, lo correg��a tal como su abuelo le hab��a ense��ado. A esas alturas ya le hab��a perdido el miedo a guiar el nav��o, y cada vez se le daba mejor.
Le dio la vuelta a la ��ltima p��gina y devor�� los en��simos p��rrafos con entusiasmo, hasta que finalmente ley�� la ��ltima frase. Entonces respir�� hondo, notando aqu��l intenso olor a mar, y dej�� el libro a su vera junto al asiento. Fue entonces cuando cay�� en la cuenta de que deb��a hacer m��s de un cuarto de hora que no revisaba el rumbo. R��pidamente se levant�� y se acerc�� al tim��n. No lleg�� siquiera a tocarlo o a mirar la br��jula.
CARLA ��� Oh, oh���
La veintea��era ech�� mano de los prism��ticos que ella misma hab��a colocado junto a la escotilla de acceso a los camarotes. Llevaban dos parejas al partir, pero los otros descansaban ahora en el fondo del mar, por un descuido de Zoe la jornada anterior. Siguiendo las insistentes indicaciones de B��rbara, se coloc�� el cordel en el cuello y observ�� lo que tanto hab��a llamado su atenci��n. La distancia que les separaba era a��n bastante generosa. Lo peor era que se dirig��an pr��cticamente en l��nea recta hacia ah��.
No hab��a manera de contarlos, pero a bote pronto Carla dedujo que deb��an haber m��s de cincuenta barcos. Daba la impresi��n que estuviesen dibujando un anillo. De lo que no cab��a la menor duda era que ello no era fruto del azar. Carla se mordi�� el labio, apartando a un lado el anillo que lo circundaba, y baj�� lentamente los prism��ticos. Resopl�� largamente, indecisa.
CARLA ��� ��Yayo!
La voz de su abuelo son�� amortiguada a trav��s de la escotilla abierta.
DAR��O ��� ��Qu�� pasa?
CARLA ��� ��Ven, corre!
La primera en llegar fue Zoe, seguida de cerca por B��rbara. Ellas estaban en el camarote principal, preparando la comida. Hac��a escasos diez minutos que se hab��an despertado. Dar��o se hab��a encargado del turno de noche, como hac��a siempre, y hab��a estado durmiendo hasta que su nieta le despert��. La peque��a cogi�� los prism��ticos y ech�� un vistazo a todos aquellos barcos, mostrando su sorpresa a voz en grito. Carla estaba dispuesta a recibir una buena reprimenda por parte de B��rbara, que desde el principio se hab��a mostrado muy susceptible con ese tema. Sin embargo, y al contrario de lo que hab��a previsto, la profesora no parec��a muy enfadada. En ese momento apareci�� Dar��o por la escotilla.
DAR��O ��� ��Qu�� es lo que pasa aqu��?
No hizo falta que nadie le respondiese. ��l mismo le pidi�� los prism��ticos a Zoe y contempl�� el desaguisado. Neg�� ligeramente con la cabeza, disgustado.
DAR��O ��� ��Cu��nto hace que no corriges el rumbo?
Carla agach�� la cabeza, avergonzada.
CARLA ��� Un rato��� diez minutos��� Es que���
DAR��O ��� No lo creo, Carlita. ��Sabes lo que es eso?
Dar��o se��al�� al agrupamiento de barcos. Carla no respondi��.
DAR��O ��� Eso se llama ��seb.
CARLA ��� ��El qu��?
DAR��O ��� Es un islote.
Zoe recuper�� los prism��ticos y se fij�� algo mejor en aqu��l agrupamiento de barcos. La distancia jugaba en su contra, pero pudo distinguir al fondo una mancha azulada algo m��s oscura que el cielo, apenas sobresaliente de la l��nea del horizonte y medio oculta por los barcos.
ZOE ��� ��Es verdad!
DAR��O ��� Lo tendr��amos que haber rodeado, y nos estamos dirigiendo en l��nea recta hacia ��l. ��Qu�� rumbo has cogido?
CARLA ��� 269 grados. El que t�� me dijiste.
DAR��O ��� No, hombre, no. Ah�� est�� el problema. Eso era ayer. Si seguimos as�� vamos a acabar en ��frica. Te lo dije esta ma��ana. Y adem��s te lo apunt�� en el diario. ��Es que no lo has mirado?
CARLA ��� Yo pens�� que��� Lo��� lo siento. No��� no me���
DAR��O ��� No pasa nada, no te preocupes. Ya��� da lo mismo.
Carla mir�� a B��rbara. Le sorprend��a que no hubiese abierto la boca en todo el rato.
B��RBARA ��� ��Y ahora qu�� vamos a hacer?
CARLA ��� Sea lo que sea, hay que hacerlo r��pido.
DAR��O ��� Yo creo que lo suyo ser��a arrancar el motor y cambiar de rumbo cuanto antes.
B��rbara asinti��. Todos se giraron hacia Zoe, que segu��a detr��s de los prism��ticos, observando con atenci��n lo que ten��an delante.
ZOE ��� ��Eh!
B��RBARA ��� ��Qu�� pasa?
ZOE ��� Se est�� acercando una barca de remos.
CARLA ��� ����Qu�� dices?!
ZOE ��� S��. Mira.
La ni��a de la cinta violeta le ofreci�� los prism��ticos a Carla. Dar��o respir�� hondo.
CARLA ��� Es verdad���
DAR��O ��� Voy a arrancar los motores. Quedaos aqu��, que necesito que me ayud��is a recoger las velas.
B��RBARA ��� Para, para.
DAR��O ��� ��Qu�� pasa?
B��RBARA ��� No va a servir de nada alejarnos. Ya nos han visto. Si nos quisieran alcanzar, nos van a alcanzar igual. Con todos los barcos que tienen, raro ser�� que alguno no sea m��s r��pido que el nuestro.
DAR��O ��� ��Entonces qu�� quieres que hagamos? ��Nos quedamos aqu�� esperando a que lleguen?
La profesora alz�� los hombros. Carla se llev�� la mano al codo derecho y se rasc�� la cicatriz que hab��a dejado la quemadura con la que Juanjo le hab��a obsequiado el d��a que descubrieron al grupo de B��rbara.
B��RBARA ��� No creo que nos quieran robar el barco. Tienen barcos de sobra, y mucho mejores que este.
CARLA ��� El barco no, pero lo que hay dentro���
Dar��o trag�� saliva. ��l no pensaba en la comida, en el agua ni en el combustible, sino en su nieta. Hab��a escuchado el relato de la historia de ��o de boca de Carlos, no hac��a mucho, y desde entonces estaba muy susceptible con ese tema.
DAR��O ��� De todas maneras, coged un arma cada una. No me f��o un pelo.
B��RBARA ��� S��. Ser�� lo mejor. Y t�� ya sabes d��nde tienes que ir.
Zoe asinti�� y baj�� por la escotilla a toda prisa. Cruz�� el camarote principal y entr�� en el dormitorio de proa. Abri�� el compartimiento de debajo de la cama y se introdujo en ��l, para acto seguido cerrar desde dentro. Ah�� ten��a agua, algo de comida y un arma con la que defenderse. Hab��a prometido acatar todas las ��rdenes de B��rbara si surg��a cualquier imprevisto, y no estaba dispuesta a faltar a su palabra, y mucho menos despu��s que la profesora consintiera en dejar que les acompa��ase a Bejor. Ah�� se qued�� quieta, durante casi diez minutos, hasta que empez�� a escuchar unas voces que no le eran familiares.
May 1, 2015
3×959 – Ecuador
959
A la ma��ana siguiente Dar��o comenz�� las clases de navegaci��n con una nueva alumna. El viejo pescador no fue muy duro con ellas, y tras un par de horas, cuando ya estuvo convencido de que podr��an valerse por s�� mismas en su ausencia, finalmente consinti�� en bajar al camarote, donde qued�� dormido en menos de un minuto. Las tres grumetes siguieron a rajatabla sus ense��anzas y mantuvieron al velero en la direcci��n adecuada en todo momento, haciendo las anotaciones pertinentes sobre su avance en el cuaderno de a bordo. Trabajaban en equipo, y se compenetraban muy bien.
Esa nueva jornada no hizo tanto viento como la anterior, pero sopl�� una suave brisa que mantuvo al velero en movimiento en todo momento. No tardaron mucho en darse cuenta de que lo m��s duro del viaje ser��a hacer frente al tedio. En el resto de la ma��ana no ocurri�� absolutamente nada. Si no fuera porque sab��an a ciencia cierta que no era as��, incluso hubieran temido estar dando vueltas sobre s�� mismos. En cierto modo eso era un alivio, sobre todo para B��rbara, que siempre ten��a los prism��ticos a mano, temiendo cualquier encuentro con alg��n otro barco, aunque ��ste parec��a resistirse a ocurrir.
A primera hora de la tarde Dar��o se levant�� y entre las chicas prepararon la comida mientras ��l tomaba de nuevo el mando del nav��o, elogi��ndolas por lo bien que lo hab��an hecho durante su ausencia. Esa fue la ��ltima vez que se alimentaron exclusivamente de la comida que hab��an tra��do consigo de Bayit.
Esa misma tarde Dar��o les dio una nueva clase pr��ctica, pero en esta ocasi��n de pesca. Ese ejercicio fue, sin duda, al que m��s tiempo e ilusi��n dedicar��an los siguientes d��as. Dar��o era toda una eminencia en ese campo, y con todo el material del que dispon��an, enseguida empezaron a recibir los primeros frutos, que se demostraron m��s generosos de lo que ��l mismo hubiera podido prever. En adelante alternaron las clases de navegaci��n con las de pesca, y si bien ninguna de las tres acabar��a siendo una experta en esos quehaceres, al menos s�� adquirieron conocimientos suficientes para defenderse por s�� mismas. Dar��o se sent��a muy satisfecho por ello, consciente de que si ��l llegase a faltar, ellas igualmente sabr��an guiar el velero a buen puerto.
A partir del segundo d��a aliment��ndose en exclusiva de los frutos que recog��an del Mediterr��neo, B��rbara empez�� a empatizar con el bueno de Samuel. Todo aqu��l pescado y marisco estaba riqu��simo, y supon��a una mejora sustancial comparada con la dieta que hab��an tenido en Nefesh, al menos hasta que empezaron a incorporar huevos, leche, frutas y verduras frescas en su men��, pero acababa cansando. Utilizaban un hornillo port��til que hab��an tra��do consigo, junto con m��s de una docena de peque��as bombonas de gas. Dar��o incluso se encarg�� de conservar el super��vit de pescado. Lo hab��a previsto todo antes de partir, y hab��a tra��do consigo varias docenas de kilos de sal con la que poder preservar todo aqu��l pescado, con la idea de hacer uso de ��l una vez regresaran a Nefesh. Tambi��n ense���� ese noble arte a sus compa��eras de viaje, y aunque la m��s peque��a se mostr�� bastante disgustada con el proceso, sobre todo al principio, finalmente consinti�� en participar en ��l y acab�� convirti��ndose en una peque��a experta.
Hab��an llenado hasta arriba el dep��sito de agua potable antes de partir, por lo que no tuvieron que preocuparse en ning��n momento por ese potencial problema en alta mar. Para hacerlo tan solo les hizo falta hacer uso de una parte de las garrafas y los bidones que hab��an atesorado durante las ��ltimas lluvias. De hecho, a duras penas hab��an echado mano de la reserva de agua embotellada que guardaban en la discoteca del centro de ocio, principal despensa de Bayit, que hab��an decidido por unanimidad preservar el mayor tiempo posible, por si se presentaba una larga temporada de sequ��a en la isla.
B��rbara pens�� mucho en Samuel durante las interminables horas que pasaba en cubierta, sinti��ndose tentada en numerosas ocasiones a pedir a Dar��o ese ��ltimo y crucial favor. ��l se lo hab��a ganado a pulso. Mientras m��s tiempo conviv��a con el viejo pescador, m��s convencida estaba B��rbara de que su repuesta ser��a afirmativa. No obstante, prefiri�� aplazar ese momento hasta que se encontrase en compa����a de Guillermo. Al fin y al cabo, ese y no otro era el objetivo de su misi��n, y nada ni nadie le har��a cambiar de opini��n al respecto. Samuel podr��a esperar un poco m��s.
El viento no fue tan ben��volo con ellos como lo hab��a sido al inicio de la traves��a, y a medida que pasaban los d��as fue perdiendo intensidad, lo que hizo que las previsiones originales se aplazasen considerablemente. Ello gener�� una peque��a discusi��n al respecto de si les conven��a o no hacer uso del motor, cuyo dep��sito estaba hasta arriba de combustible. Dar��o era el principal defensor, pero B��rbara se mostr�� tan firme en sus argumentaciones en contra, que el viejo pescador acab�� por desistir. No hac��a m��s que recalcular su previsi��n original, aplaz��ndola un poco m��s cada vez a medida que pasaban las horas y el viento segu��a sin coger fuerza.
El tiempo tambi��n pareci�� ponerse en su contra. Las temperaturas empezaron a bajar en picado, llegando a rayar los cero grados por la noche, lo cual hizo que la estancia en el barco se hiciese algo menos confortable, sobre todo durante las interminables horas nocturnas. B��rbara compart��a camarote con Zoe, con lo que se transmit��an calor la una a la otra, aunque la profesora pronto se arrepinti�� de haberle abierto las puertas de su cama, pues la ni��a se mov��a mucho mientras dorm��a, y la despertaba continuamente. Al menos no roncaba, a diferencia de Carla.
Al ocaso del tercer d��a completo que pasaron a bordo del velero finalmente llegaron al ecuador del camino, sin que les hubiese hecho falta encender el motor en ning��n momento. No se hab��an cruzado con ning��n barco en todo ese tiempo, lo que hizo que B��rbara se confiase un poco y se mostrase algo menos obsesiva a ese respecto. Sin embargo, todo ello cambiar��a dr��sticamente la madrugada del cuarto d��a, de un modo que ninguno de los presentes hubiese podido prever.
April 27, 2015
3×958 – Más
958
Camarote principal del velero Nueva Esperanza
9 de diciembre de 2008
Zoe estaba sentada a un lado de la mesa, con la cabeza gacha. Carla y Bárbara estaban frente a ella, en el otro banco. La profesora había preparado una cena improvisada a la pequeña, pero Zoe no paraba de llorar y aún no había probado bocado. Darío seguía en cubierta, bien abrigado y ajeno a lo que ocurría en el camarote principal. La presencia de Zoe no suponía ningún inconveniente para él.
BÁRBARA – ¿Tú sabes lo preocupados que deben estar ahora los demás, Zoe? Esto que has hecho es muy irresponsable. Ahora vamos a tener que dar media vuelta por tu culpa.
Zoe gimoteó de nuevo. Tenía los ojos rojos de tanto llorar. Nunca antes había recibido una bronca así por parte de Bárbara.
ZOE – Lo siento mucho… Lo siento, de verdad… Yo… Yo avisé a Ío antes de irme, y le dije que… que… que les dijera a los demás que me… que… que me había venido con vosotros. Ellos no… no… no se… yo se lo dije para que… para… para que no… no se preocuparan.
Bárbara chistó con la lengua. Estaba disgustada con Zoe, pero en el fondo era incapaz de enfadarse con ella. Con frecuencia le costaba verla como lo que realmente era: una niña.
BÁRBARA – Te dije que no vinieras porque el viaje puede ser peligroso, cariño. Nos podemos cruzar con gente mala, como nos pasó la otra vez. ¿No lo entiendes? No es que no quiera que te vengas, es que… lo que no quiero que te pase nada malo.
ZOE – Morgan se fue, y no volvimos a saber nada más de él. Yo… no quería que tú también te fueras. Yo… quiero estar contigo.
Zoe ocultó su rostro sobre los brazos que tenía apoyados en la mesa y empezó a llorar de nuevo. Bárbara sintió un pinchazo en el estómago. Negó con la cabeza, se levantó de su asiento y rodeó la mesa para colocarse a su vera.
BÁRBARA – Anda, ven aquí.
La pequeña incorporó un poco la cabeza, y Bárbara la estrechó entre sus brazos. Zoe la abrazó con fuerza y siguió gimoteando, aunque ahora algo más calmada.
Carla las observaba con una sonrisa en los labios. Si no fuera porque sabía que no era así, hubiera podido jurar que eran madre e hija. Pronto reconoció que estaba de más ahí, y se apartó sigilosamente, para acto seguido subir a cubierta a hacer algo de compañía a su abuelo, que a esas alturas ya había asumido que nadie se iría a dormir en breve.
Bárbara y Zoe se quedaron abrazadas cerca de un minuto, en silencio, hasta que el llanto de la pequeña se transformó en un ligero silbido.
BÁRBARA – Ya está… Ahora tranquilízate.
ZOE – Es que yo… no quería… Tenía miedo de que cuando encuentres a tu hermano y a tu sobrino… ya no quisieras volver con nosotros.
BÁRBARA – Zoe, por el amor de Dios. Eso no lo digas ni en broma. ¿Entendido? Tú también eres mi familia.
La mandíbula inferior de Zoe empezó a temblar de nuevo. Ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. Zoe estaba a punto de estallar de nuevo en llanto.
BÁRBARA – Ya verás cuando te presente a mi hermano. Le vas a caer genial. Es… un poco viejo, pero… es muy buena persona. Se le da muy bien hacer manualidades. Le diré que te enseñe a hacer pajaritas de papel. A mi intentó enseñarme cuando era pequeña, pero… yo era muy torpe y no me salían. A ti seguro que se te da mejor. Tienes mejor mano para esas cosas. Darío dice que podemos llegar ahí en cuatro o cinco días, si seguimos teniendo tan buen viento como hasta ahora.
ZOE – ¿Eso… eso quiere decir que… que me puedo quedar… con vosotros?
La profesora respiró hondo y asintió, convencida. Zoe no pudo ocultar su alegría y la abrazó de nuevo, para luego besarla repetidamente en las mejillas. Bárbara rió, pues la niña le estaba haciendo cosquillas con la nariz.
BÁRBARA – ¿Te habrás traído ropa, por lo menos?
ZOE – ¡Sí! Tengo una mochila… ¡Mira!
Bárbara vio correr a la niña de vuelta a su escondrijo, del que sacó una enorme mochila de las que utilizaban para hacer las rondas de limpieza. Zoe la abrió y comenzó a extender su contenido sobre la mesa, explicándole a Bárbara sobre la marcha todo lo que había traído consigo. Había varias mudas limpias, un par de zapatillas de deporte, su pistola con algo de munición, algunas latas de conserva y varias bolsitas llenas de ositos de goma, entre otras muchas cosas de dudosa utilidad.
BÁRBARA – Así que… lo tenías todo planeado.
ZOE – ¡No! No, no. Se me ocurrió después de que tú te fueras.
BÁRBARA – ¿Pero cuándo subiste al barco?
ZOE – Cinco minutos después de que te fueras de casa. Ío me ayudó. Pero… a ella no le digas nada, ¿eh? Es todo culpa mía.
BÁRBARA – ¿Cómo que te ayudó Ío?
ZOE – Vosotros estabais ahí hablando al lado del barco, y… yo me colé por detrás. Ella me avisó para que subiera cuando no estabais mirando. Nadie se dio cuenta.
BÁRBARA – Madre mía…
ZOE – Me escondí ahí abajo, con la mochila, y cerré desde dentro. Cuando… cuando os parasteis a mitad de camino y empecé a escuchar disparos, salí a ver qué pasaba. Yo también maté a un par de infectados. Todavía no sé cómo no os disteis cuenta de que estaba ahí arriba en el barco. No sé cómo no me visteis.
BÁRBARA – Ahora que lo dices… algo me dijo Chris… Pero no le di importancia.
ZOE – Yo estaba convencida de que él tenía que haberme visto. Me agaché cuando él se giraba, pero… yo qué sé, no… no me vio. Luego cuando os subisteis otra vez a la furgoneta, me volví a esconder, y… como parecía que nadie se había dado cuenta… no dije nada.
BÁRBARA – Vaya una buena espía que estás tú hecha.
Zoe mostró una sonrisa tímida. Aún estaba algo sensible, pero se había relajado mucho al ver que Bárbara ya no la reñía.
BÁRBARA – Mira, yo con que te vuelvas a esconder ahí abajo si pasa cualquier cosa, ya me conformaría. Si no te llego a escuchar estornudar, ni se me hubiera ocurrido que estabas aquí.
ZOE – Es que ahí abajo hay mucho polvo…
Bárbara esbozó una sonrisa.
BÁRBARA – Ahora haz el favor de comer algo, que nos tenemos que ir a acostar.
Zoe asintió. Cogió el tenedor que había sobre la mesa y lo hundió en la lata de corazones de alcachofa que tenía delante. Resultaba evidente que la niña estaba hambrienta, pues pese a que ese no era uno de los platos favoritos, comió con ganas. A duras penas había probado bocado al mediodía y todavía no había cenado. Bárbara la observó alimentarse unos segundos y acto seguido subió a cubierta a dar la noticia a sus otros dos compañeros: Zoe se quedaría.
3×958 – M��s
958
Camarote principal del velero Nueva Esperanza
9 de diciembre de 2008
Zoe estaba sentada a un lado de la mesa, con la cabeza gacha. Carla y B��rbara estaban frente a ella, en el otro banco. La profesora hab��a preparado una cena improvisada a la peque��a, pero Zoe no paraba de llorar y a��n no hab��a probado bocado. Dar��o segu��a en cubierta, bien abrigado y ajeno a lo que ocurr��a en el camarote principal. La presencia de Zoe no supon��a ning��n inconveniente para ��l.
B��RBARA ��� ��T�� sabes lo preocupados que deben estar ahora los dem��s, Zoe? Esto que has hecho es muy irresponsable. Ahora vamos a tener que dar media vuelta por tu culpa.
���������������������� Zoe gimote�� de nuevo. Ten��a los ojos rojos de tanto llorar. Nunca antes hab��a recibido una bronca as�� por parte de B��rbara.
ZOE ��� Lo siento mucho��� Lo siento, de verdad��� Yo��� Yo avis�� a ��o antes de irme, y le dije que��� que��� que les dijera a los dem��s que me��� que��� que me hab��a venido con vosotros. Ellos no��� no��� no se��� yo se lo dije para que��� para��� para que no��� no se preocuparan.
���������������������� B��rbara chist�� con la lengua. Estaba disgustada con Zoe, pero en el fondo era incapaz de enfadarse con ella. Con frecuencia le costaba verla como lo que realmente era: una ni��a.
B��RBARA ��� Te dije que no vinieras porque el viaje puede ser peligroso, cari��o. Nos podemos cruzar con gente mala, como nos pas�� la otra vez. ��No lo entiendes? No es que no quiera que te vengas, es que��� lo que no quiero que te pase nada malo.
ZOE ��� Morgan se fue, y no volvimos a saber nada m��s de ��l. Yo��� no quer��a que t�� tambi��n te fueras. Yo��� quiero estar contigo.
���������������������� Zoe ocult�� su rostro sobre los brazos que ten��a apoyados en la mesa y empez�� a llorar de nuevo. B��rbara sinti�� un pinchazo en el est��mago. Neg�� con la cabeza, se levant�� de su asiento y rode�� la mesa para colocarse a su vera.
B��RBARA ��� Anda, ven aqu��.
���������������������� La peque��a incorpor�� un poco la cabeza, y B��rbara la estrech�� entre sus brazos. Zoe la abraz�� con fuerza y sigui�� gimoteando, aunque ahora algo m��s calmada.
Carla las observaba con una sonrisa en los labios. Si no fuera porque sab��a que no era as��, hubiera podido jurar que eran madre e hija. Pronto reconoci�� que estaba de m��s ah��, y se apart�� sigilosamente, para acto seguido subir a cubierta a hacer algo de compa����a a su abuelo, que a esas alturas ya hab��a asumido que nadie se ir��a a dormir en breve.
���������������������� B��rbara y Zoe se quedaron abrazadas cerca de un minuto, en silencio, hasta que el llanto de la peque��a se transform�� en un ligero silbido.
B��RBARA ��� Ya est����� Ahora tranquil��zate.
ZOE ��� Es que yo��� no quer��a��� Ten��a miedo de que cuando encuentres a tu hermano y a tu sobrino��� ya no quisieras volver con nosotros.
B��RBARA ��� Zoe, por el amor de Dios. Eso no lo digas ni en broma. ��Entendido? T�� tambi��n eres mi familia.
���������������������� La mand��bula inferior de Zoe empez�� a temblar de nuevo. Ambas se aguantaron la mirada un par de segundos. Zoe estaba a punto de estallar de nuevo en llanto.
B��RBARA ��� Ya ver��s cuando te presente a mi hermano. Le vas a caer genial. Es��� un poco viejo, pero��� es muy buena persona. Se le da muy bien hacer manualidades. Le dir�� que te ense��e a hacer pajaritas de papel. A mi intent�� ense��arme cuando era peque��a, pero��� yo era muy torpe y no me sal��an. A ti seguro que se te da mejor. Tienes mejor mano para esas cosas. Dar��o dice que podemos llegar ah�� en cuatro o cinco d��as, si seguimos teniendo tan buen viento como hasta ahora.
ZOE ��� ��Eso��� eso quiere decir que��� que me puedo quedar��� con vosotros?
���������������������� La profesora respir�� hondo y asinti��, convencida. Zoe no pudo ocultar su alegr��a y la abraz�� de nuevo, para luego besarla repetidamente en las mejillas. B��rbara ri��, pues la ni��a le estaba haciendo cosquillas con la nariz.
B��RBARA ��� ��Te habr��s tra��do ropa, por lo menos?
ZOE ��� ��S��! Tengo una mochila��� ��Mira!
B��rbara vio correr a la ni��a de vuelta a su escondrijo, del que sac�� una enorme mochila de las que utilizaban para hacer las rondas de limpieza. Zoe la abri�� y comenz�� a extender su contenido sobre la mesa, explic��ndole a B��rbara sobre la marcha todo lo que hab��a tra��do consigo. Hab��a varias mudas limpias, un par de zapatillas de deporte, su pistola con algo de munici��n, algunas latas de conserva y varias bolsitas llenas de ositos de goma, entre otras muchas cosas de dudosa utilidad.
B��RBARA ��� As�� que��� lo ten��as todo planeado.
ZOE ��� ��No! No, no. Se me ocurri�� despu��s de que t�� te fueras.
B��RBARA ��� ��Pero cu��ndo subiste al barco?
ZOE ��� Cinco minutos despu��s de que te fueras de casa. ��o me ayud��. Pero��� a ella no le digas nada, ��eh? Es todo culpa m��a.
B��RBARA ��� ��C��mo que te ayud�� ��o?
ZOE ��� Vosotros estabais ah�� hablando al lado del barco, y��� yo me col�� por detr��s. Ella me avis�� para que subiera cuando no estabais mirando. Nadie se dio cuenta.
B��RBARA ��� Madre m��a���
ZOE ��� Me escond�� ah�� abajo, con la mochila, y cerr�� desde dentro. Cuando��� cuando os parasteis a mitad de camino y empec�� a escuchar disparos, sal�� a ver qu�� pasaba. Yo tambi��n mat�� a un par de infectados. Todav��a no s�� c��mo no os disteis cuenta de que estaba ah�� arriba en el barco. No s�� c��mo no me visteis.
B��RBARA ��� Ahora que lo dices��� algo me dijo Chris��� Pero no le di importancia.
ZOE ��� Yo estaba convencida de que ��l ten��a que haberme visto. Me agach�� cuando ��l se giraba, pero��� yo qu�� s��, no��� no me vio. Luego cuando os subisteis otra vez a la furgoneta, me volv�� a esconder, y��� como parec��a que nadie se hab��a dado cuenta��� no dije nada.
B��RBARA ��� Vaya una buena esp��a que est��s t�� hecha.
���������������������� Zoe mostr�� una sonrisa t��mida. A��n estaba algo sensible, pero se hab��a relajado mucho al ver que B��rbara ya no la re����a.
B��RBARA ��� Mira, yo con que te vuelvas a esconder ah�� abajo si pasa cualquier cosa, ya me conformar��a. Si no te llego a escuchar estornudar, ni se me hubiera ocurrido que estabas aqu��.
ZOE ��� Es que ah�� abajo hay mucho polvo���
���������������������� B��rbara esboz�� una sonrisa.
B��RBARA ��� Ahora haz el favor de comer algo, que nos tenemos que ir a acostar.
Zoe asinti��. Cogi�� el tenedor que hab��a sobre la mesa y lo hundi�� en la lata de corazones de alcachofa que ten��a delante. Resultaba evidente que la ni��a estaba hambrienta, pues pese a que ese no era uno de los platos favoritos, comi�� con ganas. A duras penas hab��a probado bocado al mediod��a y todav��a no hab��a cenado. B��rbara la observ�� alimentarse unos segundos y acto seguido subi�� a cubierta a dar la noticia a sus otros dos compa��eros: Zoe se quedar��a.
April 24, 2015
3×957 – Salud
957
Camarote principal del velero Nueva Esperanza
9 de diciembre de 2008
B��rbara estaba sentada a oscuras en el banco en forma de L que hab��a junto a aquella gran mesa plegable. Despu��s de estar varias horas dando vueltas en la cama hab��a ido al servicio y se hab��a equivocado de puerta al salir. Su camarote era el ��nico que comunicaba directamente con el lavabo, que contaba con dos puertas. Estaba demasiado nerviosa por el viaje, intranquila ante la idea de que en cualquier momento les pudieran abordar, y ansiosa por llegar cuanto antes a Bejor y reencontrarse de una vez por todas con su familia.
���������������������� Dar��o empez�� a silbar alegremente en cubierta, mientras dirig��a el nav��o con mano experta. Pese a que hac��a m��s de un lustro que no se sub��a a un barco, su habilidad no hab��a menguado ni un ��pice. La profesora le escuchaba desde ah�� abajo y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Hab��a tenido much��sima suerte de cruzarse en su camino.
���������������������� B��rbara gir�� la cabeza hacia la izquierda al escuchar c��mo la puerta del camarote de Carla se abr��a. Pese a la escasez de luz pudo distinguir a la veintea��era con el pelo alborotado, ocultando un generoso bostezo con la mano abierta y los ojos fuertemente cerrados. Carla no contaba con ella, y al descubrir su silueta en el banco se sobresalt��.
CARLA ��� Ah. ��Qu����� qu�� haces despierta a estas horas? Debe ser tard��simo ya.
B��RBARA ��� No hay manera de que me entre el sue��o.
CARLA ��� Pues��� yo estoy que me caigo. Voy un momento al lavabo y��� me echo otra vez en la cama. ��Qu�� c��moda es la condenada! C��mo se nota que este barco era de gente��� que manejaba pasta.
���������������������� B��rbara la sigui�� con la mirada y Carla desapareci�� tras la puerta del aseo. Un minuto m��s tarde sali�� del lavabo y se dirigi�� de vuelta a su camarote, tanteando los muebles con ambas manos, por miedo a tropezar. Ten��a la mano sobre el tirador de la puerta cuando son�� un corto estornudo.
B��RBARA ��� Salud.
CARLA ��� ��Eh?
B��RBARA ��� T��pate bien, no vayas a coger fr��o. Si te hace falta, puedes coger m��s mantas, de esas gruesas que nos dio Carlos. Est��n en el armario de la habitaci��n de tu abuelo. Hemos tra��do un mont��n, para cuando��� volvamos todos. Ahora no nos conviene coger un catarro.
���������������������� Carla se hab��a quedado quieta, con la mano sobre el tirador, algo extra��ada.
CARLA ��� Yo no he estornudado.
���������������������� B��rbara frunci�� el ce��o. De lo que no cab��a la menor duda era que Dar��o no hab��a sido, pues el estornudo no proven��a de cubierta, sino de ah�� abajo. La profesora sinti�� un mal presagio.
B��RBARA ��� ��De verdad que no has estornudado?
CARLA ��� No. Adem��s, el estornudo ven��a de donde est��s t��.
B��RBARA ��� ��Entonces qui��n ha sido?
���������������������� La veintea��era alz�� los hombros, demostrando su ignorancia al respecto. Ten��a demasiado sue��o y estaba dispuesta a pasarlo por alto, pero B��rbara se hab��a puesto muy nerviosa y decidi�� llegar hasta el fondo del asunto.
Carla observ�� curiosa c��mo la profesora sacaba una linterna de debajo del acolchado del asiento. Tuvo que llevarse el brazo a los ojos para protegerse del fogonazo de luz, pues sus pupilas estaban completamente dilatadas. Dar��o se asom�� por la escotilla, algo molesto por el jaleo que sus compa��eras de viaje estaban formando a esas altas horas de la madrugada.
DAR��O ��� ��Se puede saber qu�� hac��is ah�� abajo? ��Ten��is una idea de la hora que es?
B��RBARA ��� Espera��� espera un momento.
DAR��O ��� Idos a dormir. Que si no ma��ana os vais a caer de sue��o y no me vais a atender.
B��RBARA ��� S��lo momento, por favor.
���������������������� El viejo pescador chist�� con la lengua y puso los ojos en blanco. Abuelo y nieta observaron c��mo B��rbara abr��a con sigilo la puerta de su camarote. Estaba convencida de que el estornudo hab��a tenido que venir de ah��. La veintea��era ten��a raz��n. Ambos contemplaron c��mo la profesora abr��a un armario detr��s de otro, enfocando con la linterna, apartando trapos y dem��s objetos. Lo puso todo patas arriba, sin que ello sirviese de nada. Todo parec��a en regla, pero a��n as�� B��rbara no estaba satisfecha. Ahora ya s��lo le quedaba un sitio por revisar: el min��sculo espacio de almacenaje que hab��a bajo la cama en forma de tri��ngulo en la que hab��a estado tumbada hasta hac��a escasos minutos. A duras penas med��a veinticinco cent��metros de alto y poco m��s de un metro de profundidad. La profesora se puso de rodillas, linterna en mano, y desliz�� la portezuela a un lado.
���������������������� El grito de B��rbara debi�� escucharse a m��s de un kil��metro a la redonda. Desde su posici��n, ni Carla ni Dar��o pudieron ver lo que s�� ve��a la profesora, pues ��sta lo ocultaba con su cuerpo.
B��RBARA ��� ��Joder, qu�� susto me has dado! ����Se puede saber qu�� haces t�� aqu��?!
���������������������� Tras los gritos de B��rbara, sin soluci��n de continuidad, se escucharon unos llantos infantiles. Ello hizo que abuelo y nieta se relajasen considerablemente. La veintea��era hab��a contemplado incluso la posibilidad de coger una de las pistolas que ten��an guardadas bajo el fregadero. Por fortuna, eso no har��a falta.
La profesora se gir�� hacia atr��s, todav��a arrodillada en el suelo, con la linterna apuntando a la puerta. A la veintea��era le llam�� la atenci��n que estuviese sonriendo.
CARLA ��� ��Qu�� pasa?
B��RBARA ��� No, no pasa nada. S��lo que��� tenemos un poliz��n.
���������������������� B��rbara se gir�� de nuevo hacia aqu��l min��sculo compartimiento y le ofreci�� una mano a Zoe para ayudarla a salir de ah�� abajo. La ni��a la sujet�� y sali�� dificultosamente de debajo de la cama, donde llevaba m��s de ocho horas escondida.
April 20, 2015
3×956 – Estrellas
956
Cubierta del velero Nueva Esperanza
8 de diciembre de 2008
B��rbara respir�� hondo, notando un intenso olor a mar. Se concedi�� unos segundos m��s para saborear la belleza del cielo estrellado que la envolv��a. Resultaba conmovedor ver aquella mancha brumosa rasgando el cielo de un extremo al otro en diagonal, rodeada de todos aquellos miles de millones de peque��os puntos luminosos flotando en un mar de colores azulados y morados. Le hac��a sentirse a uno insignificante. Entonces encendi�� la luminaria y dio un ��gil salto que la llev�� de vuelta a cubierta.
Esa era una de las luminarias que Carlos hab��a tomado prestada de las farolas solares, que hab��a instalado en cubierta esa misma ma��ana, cuyos cables Marion se hab��a encargado de fijar al barco. La otra se encontraba en el camarote principal, pero a��n no la hab��an encendido, pues estaban los tres fuera. Dar��o se encontraba tras el tim��n, de donde apenas se hab��a movido desde que partieron de Nefesh. Carla estaba a su vera, dando buena cuenta de una barrita de chocolate rellena de caramelo, a modo de postre tras la op��para cena que acababan de compartir.
B��RBARA ��� ��C��mo va eso, capit��n?
DAR��O ��� Pues la verdad es que vamos de lujo. No pens�� que fu��ramos a tener tan buen viento. Debemos ir a��� cinco. Cinco o seis nudos.
B��RBARA ��� ��Eso es mucho?
DAR��O ��� Hombre��� no es para tirar cohetes, pero para ir s��lo a vela, la verdad es que est�� muy bien. A esta velocidad, llegar��amos en cuesti��n de tres o cuatro d��as como mucho, si no encendemos el motor. Pero��� no vamos a tener tan buen viento todo el rato.
���������������������� B��rbara asinti��, hechizada ante las palabras del viejo pescador.
Durante su anterior traves��a hab��a relegado toda la responsabilidad de la navegaci��n en Salvador, y cuando ��ste les abandon��, en Carlos, que aunque a duras penas sab��a utilizar las velas, hab��a puesto todo su empe��o para llevarles a tierra. Ahora no estaba dispuesta a echar a perder la nueva oportunidad que se le brindaba, y quer��a convertirse en la mejor disc��pula.
Dar��o se hab��a demostrado un profesor paciente y entregado, y hab��a dado una primera clase de nociones b��sicas a las dos marineras que le acompa��aban. Carla sab��a mucho m��s que B��rbara, y se demostr�� m��s h��bil a la hora de hacer los nudos y entender el uso del sextante y la escala de las cartas n��uticas, pero no por ello la profesora cej�� en su empe��o.
En cuanto empez�� a oscurecer, bastante m��s pronto de lo que ellos hab��an previsto, decidieron posponer la clase para la jornada siguiente y preparar la cena. Aprovechar��an tambi��n para estrenar las ca��as y las redes que hab��an tomado prestadas de aquella tienda cercana al puerto deportivo, pero al menos esa noche se alimentar��an con parte de la comida que hab��an tra��do consigo.
Fue Dar��o quien rompi�� el silencio, unos minutos m��s tarde. Para esos entonces Carla ya hab��a empezado a dormitar en su asiento. La noche anterior apenas hab��a dormido un par de horas, por culpa de los nervios ante el inminente viaje, y estaba agotada. B��rbara, sin embargo, estaba completamente desvelada y alerta.
DAR��O ��� Tendr��ais que iros a descansar ya. Yo me quedar�� esta noche pendiente del barco. Ma��ana por la ma��ana os dir�� lo que ten��is que hacer, y me echar�� una siesta. Por ahora estoy fresco.
CARLA ��� ��No prefieres que nos quedemos una de las dos contigo, yayo?
DAR��O ��� ��Para qu��? Es mejor que est��is vosotras bien despiertas ma��ana. Con uno que est�� pendiente en todo momento, es m��s que suficiente. Y por ahora, nos conviene m��s que ese alguien sea yo.
CARLA ��� Bueno��� Como quieras���
DAR��O ��� Venga, idos, va.
B��RBARA ��� Vale, Dar��o, pero��� prom��teme que nos despertar��s si ves cualquier cosa rara, cualquier��� luz, o��� lo que sea. Da igual.
DAR��O ��� No te preocupes. No creo que nos crucemos con nadie, pero de todas maneras���
B��RBARA ��� En serio, ��eh? Estoy muy agradecida de que me est��is acompa��ando, m��s de lo que te puedas imaginar, pero��� no me perdonar��a por nada del mundo que os pasara algo por mi culpa. Y aqu����� nos podemos cruzar con cualquiera. Ya escuchaste lo que os cont�� Carlos de lo que nos pas�� la ��ltima vez que estuvimos en un barco.
DAR��O ��� T�� vete a dormir tranquila. Si veo algo raro, os pego un grito.
���������������������� B��rbara asinti��. Carla le dio las buenas noches y un beso por mejilla a su abuelo. B��rbara se despidi�� de ��l y acompa���� a la veintea��era al camarote principal. Ella misma encendi�� la luminaria que Carlos hab��a instalado en el techo, junto a la oficial.
���������������������� Puesto que hab��a tres dormitorios, aunque todos fueran dobles, por ahora cada uno ocupar��a uno distinto. Cuando volvieran con quienes iban a rescatar de la pen��nsula tendr��an que reformular la distribuci��n de los camarotes.
���������������������� Carla fue directa hacia el suyo, uno de los dos que hab��a en la popa del barco, cuya puerta se encontraba junto a la escalerilla que comunicaba con cubierta. Su abuelo ocupar��a el camarote contiguo. B��rbara le dio las buenas noches, y despu��s de beber un vaso de agua y apagar la luz, se dirigi�� a su propia habitaci��n, la de proa, y cerr�� la puerta tras de s��.
���������������������� Tan pronto empezaron a sonar los primeros ronquidos, gentileza de su nieta, Dar��o trep�� por el m��stil y apag�� la luminaria que B��rbara hab��a encendido. Para ��l era mucho m��s sencillo orientarse mirando las estrellas, y de ese modo evitar��an ser vistos por cualquier otro barco que navegase en las proximidades. Incluso despu��s de todo lo que hab��a pasado, y de cuantas muertes hab��a tenido que lamentar tras su milagrosa recuperaci��n, fue incapaz de borrar la sonrisa de sus labios. Estaba haciendo lo que m��s amaba, y lo estaba haciendo en compa����a de la persona que m��s quer��a en este mundo.
April 17, 2015
3×955 – Rampa
955
Puerto deportivo de la ciudad de Nefesh
8 de diciembre de 2008
DAR��O ��� ��Tira!
���������������������� Carlos chist�� con la lengua y levant�� ligeramente el pie del pedal de freno. El conjunto se movi�� hacia atr��s a duras penas unos cent��metros, y ��l volvi�� a hundir su bota en el freno, temeroso de acabar en el agua. Dar��o le iba haciendo gestos con la mano abierta, como quien ayuda a aparcar a un conductor inexperto. El instalador de aires acondicionados no las ten��a todas consigo y estaba muy nervioso.
Se encontraban en una de las rampas de botadura del puerto deportivo de Nefesh. Tras m��s de diez interminables minutos de maniobras y de forzar la verja de entrada, consiguieron finalmente introducir el velero y la furgoneta, y ahora estaban bajando lentamente el conjunto por la rampa para poder botar el barco.
DAR��O ��� ��Tira, tira, que vas bien!
CARLOS ��� ��C��mo tengo las ruedas?
DAR��O ��� Todav��a est��n secas. T�� tranquilo, que yo te aviso.
���������������������� Carlos resopl�� por en��sima vez y volvi�� a hacer retroceder la furgoneta mientras controlaba con el volante que el conjunto no se le descontrolase. Bajo su punto de vista, el barco deb��a estar ya en el agua, as�� como media furgoneta.
DAR��O ��� ��S��lo un poquito m��s!
���������������������� B��rbara se encontraba a la vera de Dar��o, supervisando la operaci��n pero con un ojo puesto en la carretera que llevaba a ese extremo del puerto, arma en mano. Desde que llegaron no hab��an visto un solo infectado, ni siquiera ning��n cad��ver medio ro��do por el suelo, como era costumbre en los tiempos que corr��an. Una vez se hicieran a la mar podr��an olvidarse de ese problema durante d��as, pero hasta entonces no estaba dispuesta a bajar la guardia ni un instante.
���������������������� Carla y Christian estaban a bordo del velero, junto con todo el material de pesca que hab��an saqueado de una tienda que hab��a justo al otro lado del paseo mar��timo. Tuvieron que hacer una cadena humana para cargarlo todo, y se llevaron tanto que dif��cilmente encontrar��an un buen lugar donde guardarlo en el velero, pero Dar��o estaba tan emocionado ante semejante hallazgo que no supieron decirle que no. Los dos m��s j��venes hab��an subido al velero justo antes de que ��ste empezase a bajar por la rampa. ��l hac��a guardia desde arriba, comprobando que no se acercase ning��n curioso a estropearles el trabajo. Carla ser��a la encargada de alejar a Nueva Esperanza del puerto tan pronto ��sta se hiciese a la mar. Dar��o le hab��a dado las indicaciones pertinentes, y ella estaba a los mandos del nav��o, muy concentrada en su quehacer.
DAR��O ��� ��Vale, vale, vale, p��ralo!
Carlos respir�� aliviado y no dud�� un instante en echar el freno de mano. Tir�� con tanta fuerza de ��l que temi�� que acabar��a parti��ndolo. Algo intranquilo, levant�� con parsimonia el pie del freno, y no fue hasta que estuvo plenamente seguro que el conjunto no se mover��a que consinti�� en abandonar el veh��culo.
���������������������� Lo primero que hizo al salir fue comprobar cu��n bajo hab��an llegado en la rampa. Se sorprendi�� enormemente, pues ninguna de las ruedas estaba en contacto con el agua. Tan solo las del ��ltimo eje del remolque eran lamidas muy sutilmente por la marea en su ir y venir. ��l estaba convencido que al menos el remolque deb��a estar ya sumergido. Le llamaron la atenci��n unos pantalones medio chamuscados que hab��a flotando a unos metros de la rampa, sobre la superficie del agua, entre otro mont��n de desperdicios.
CARLOS ��� ��No ser��a mejor bajarlo del todo, al menos el remolque?
���������������������� Dar��o neg�� con la cabeza, convencido de su veredicto. Hab��a participado en alguna que otra botadura en sus tiempos de pescador, y si bien no era un experto en el tema, al menos s�� sab��a lo que no les conven��a hacer.
DAR��O ��� Esto es m��s que suficiente. Adem��s, si seguimos baj��ndolo, las ruedas perder��an tracci��n con el verd��n y ser��a peor. Yo ya he frenado el remolque. Ahora lo que hay que hacer es dejar que el barco se vaya deslizando por los rodillos poco a poco, aflojando este cabo, y��� nada. En cuando empiece a flotar por s�� solo, alejarlo un poco y��� a navegar.
���������������������� Carlos asinti��, y ambos se acercaron a la parte delantera del remolque, desde donde Carlos tendr��a que ir soltando cuerda hasta que el barco comenzase a flotar. Dar��o le dio todas las indicaciones necesarias, pero a��n as�� se qued�� con ��l.
DAR��O ��� ��Chico! Ya puedes bajar. Y t��, B��rbara, ve subiendo. Yo enseguida estoy con vosotros.
���������������������� La profesora asinti��. Dej�� paso a Christian para que bajase por la escalerilla, intercambi�� dos besos con ��l, le implor�� que cuidase de Zoe en su ausencia, y subi�� al velero. Carla le gui���� un ojo al verla llegar a cubierta. La profesora sorte�� todos los ��tiles de pesca que hab��an dejado por ah�� desperdigados y se acerc�� al extremo m��s alejado de la proa, desde donde tendr��a mejor visibilidad para abatir a cualquier infectado que osase acercarse.
El velero dio un bandazo que hizo que B��rbara, que estaba m��s pendiente de la carretera que llevaba al puerto que de lo que ocurr��a en el remolque, diese con las costillas en la barandilla.
CARLOS ��� ��Perdona, B��rbara! ��Est��s bien?
B��RBARA ��� ��Tranquilo! Si ya sabes que yo soy de goma.
���������������������� Carlos se concentr�� en su quehacer. Estaba sorprendido, pues la mitad del casco del barco ya estaba por debajo del nivel del agua, y por m��s cuerda que soltaban, aquella mole no paraba de hundirse. Dar��o estaba muy serio. El velero fue alej��ndose poco a poco de la rampa, meci��ndose con la marea, hasta que finalmente qued�� suspendido. Los gritos de j��bilo de Carlos y de Dar��o pusieron genuinamente nervioso a Christian. El viejo pescador y el instalador de aires acondicionados se abrazaron. Dar��o se dirigi�� a su nieta.
DAR��O ��� Carlita, cari��o. Ahora ya puedes hacer lo que te ense���� antes. Y recuerda��� muy suave. No hay prisa.
CARLA ��� ��Y c��mo vas a subir t��?
DAR��O ��� Co��o, me echo al agua y subo por la escalerilla.
CARLA ��� Pero te vas a mojar.
DAR��O ��� Tengo ropa seca arriba.
CARLA ��� ��Le doy?
DAR��O ��� ��Adelante!
���������������������� La veintea��era del pelo multicolor asinti��, y siguiendo las indicaciones de su abuelo, alej�� unos metros el barco de la rampa, lo suficiente para asegurarse de que no hubiera peligro de que recibiese ning��n golpe. El viejo pescador se despidi�� de quienes se quedar��an en tierra, y sin pens��rselo dos veces comenz�� a bajar la rampa, empap��ndose los zapatos, los pantalones y hasta la camisa. En cuanto dej�� de hacer pie se zambull�� en el agua. Volvi�� a la superficie y nad�� ��gilmente hasta llegar al casco.
DAR��O ��� Est�� buen��sima.
Su nieta puso los ojos en blanco. Ella sab��a que el agua estaba helada, pero tambi��n conoc��a el amor que su abuelo sent��a por el mar. El viejo pescador desanud�� h��bilmente el cabo que hab��an utilizado para botar el barco y le dijo a Carlos que lo recogiese, mientras ��l se dirig��a a la escalerilla.
���������������������� Todav��a empapado de pies a cabeza y goteando, se encarg�� de desenrollar la vela Mayor, que enseguida se irgui�� majestuosa. Acto seguido solt�� la vela G��nova y comenz�� un complicado ritual corriendo de un lado para otro moviendo y atando cabos por aqu�� y por all�� que hizo que B��rbara le bendijera por haber consentido acompa��arla, pues�� estaba convencida que ella jam��s podr��a haber aprendido todo eso s��lo con unas pocas clases pr��cticas.
���������������������� Carlos y Christian se despidieron de ellos agitando los brazos, con el rabillo del ojo puesto en sus espaldas y una pistola en la mano. Pese a que hac��a un sol radiante, ya bastante pr��ximo a la l��nea del horizonte, se hab��a levantado algo de viento, y el velero enseguida empez�� a alejarse de la costa a buena velocidad. Ambos se quedaron plantados ah�� donde estaban durante al menos diez minutos, vi��ndolo alejarse hasta que ya no se distingu��a m��s que un diminuto punto en el horizonte. Carlos sinti�� un cierto remordimiento por no estar a bordo.


