Rita Morrigan's Blog, page 3
January 21, 2014
HONORES, ORLAS, Y CORTES DE PELO
Mi abuela era la menor de cinco hermanos, todos varones. En su época, y en un pueblo de campesinos donde los niños trabajaban desde que caminaban, la educación era un lujo que estaba al alcance de muy pocos. Todos sus hermanos fueron a la escuela porque la obligación de realizar el servicio militar, exigía a los hombres adquirir conocimientos para “salir al mundo”.Mi madre realizó estudios profesionales y mi abuela jamás piso un aula, por lo que el día que ingresé en la universidad ambas no cabían en sí de alegría. Mientras me ayudaba a hacer la maleta no dejaba de llorar; me marchaba de casa y siempre habíamos estado muy unidas “Te vas, y siento que me arrancan la vida —me dijo mi abuela limpiándose las lágrimas—. Pero quiero que sepas que en este momento el orgullo calma mi tristeza. Es un gran honor para mí que seas la primera en ir a la universidad. Nena —concluyó con grandilocuencia—, cientos de mujeres de nuestra familia te estarán observando” Y allá me fui, con la inquietante compañía de todas mis antepasadas. Los cinco años de mi carrera no se pasaron especialmente rápido. Pese a ser una gran experiencia vital y conocer a gente maravillosa, me centré bastante en los estudios; bien fuera por mi carácter tímido, o por el peso de varias generaciones de mujeres en los hombros, me prodigué más por las bibliotecas que por las discotecas. Así que, si mi abuela estaba orgullosa el día que me marché, cuando tan solo faltaban unos meses para licenciarme, rebosaba de dicha.
Unos días antes de tomarme la foto para la orla (esa para la que te vistes con toga y acredita tu paso con éxito por la universidad), mi amiga Susi inauguró su peluquería: su sueño más preciado. Y, por supuesto, me persuadió para que me pusiera en sus manos de estilista reputada. “Tienes una estructura ósea increíble para un corte de pelo a lo garçon” —me dijo, mientras daba vueltas a mi alrededor con aquella extraña mirada de loca. Al final, pequé de inconsciente y la dejé hacer.
Susi tenía razón: me veía muy favorecida, y la incipiente primavera me convenció de que el pelo cortito era una buena idea. Sin embargo, en cuanto vi la cara de mi madre supe que el error tendría proporciones gigantescas. Casi se desmaya; me refiero a una pérdida de conocimiento literal. La reacción de mi abuela en cambio, me pilló más por sorpresa: me miró fijamente, dio un par de vueltas a mi alrededor observándome con detenimiento, y, tras chasquear la lengua, regresó a sentarse en su butaca.
Así, sin dramas.— ¿Qué? —Pregunté, achicando los ojos con suspicacia— ¿No te gusta?—Estás muy guapa.Aunque parecía sincera, su lenguaje corporal indicaba disgusto.—Entonces, ¿qué sucede? Me lanzó una mirada tan triste que se me encogió el alma. —Pareces un muchacho —espetó—. En cuanto te coloquen la corbata, nadie te distinguirá. La primera mujer de la familia en licenciarse se vestirá de hombre para la foto que lo atestigua. Prometo que en ese momento pude ver aparecer tras ella a un centenar de mujeres; todas ellas con ropajes de distintas épocas, pero con la misma mirada dura clavada en mí.Me sentí muy mal, pero el problema tenía una solución complicada; difícilmente podría hacer crecer mi melena en unos días, sin recurrir a carísimas técnicas artificiales. ¿Qué hice el día en que me puse la toga? Pues tras maquillarme un poquito más de lo habitual, me colgué los pendientes más hippies y estrafalarios del joyero. Mi objetivo era claro: contrarrestar a la masculina corbata. Ahora, tan solo algunos años después, aún no sé si mis antepasadas me han perdonado. Creo que mi abuela sí, porque enmarcó mi foto y la colocó sobre su mesilla de noche. Así, durante el tiempo que siguió hasta que nos dejó, se durmió cada noche observándola. Pensando quizás en una heredera de campesinas con un fuerte legado de sacrificio y trabajo, además de una tozuda persistencia por lograr cuanto se propone.
Una mujer que ya no era una niña, aunque algunas veces se disfrazase de garçon.
Unos días antes de tomarme la foto para la orla (esa para la que te vistes con toga y acredita tu paso con éxito por la universidad), mi amiga Susi inauguró su peluquería: su sueño más preciado. Y, por supuesto, me persuadió para que me pusiera en sus manos de estilista reputada. “Tienes una estructura ósea increíble para un corte de pelo a lo garçon” —me dijo, mientras daba vueltas a mi alrededor con aquella extraña mirada de loca. Al final, pequé de inconsciente y la dejé hacer.
Susi tenía razón: me veía muy favorecida, y la incipiente primavera me convenció de que el pelo cortito era una buena idea. Sin embargo, en cuanto vi la cara de mi madre supe que el error tendría proporciones gigantescas. Casi se desmaya; me refiero a una pérdida de conocimiento literal. La reacción de mi abuela en cambio, me pilló más por sorpresa: me miró fijamente, dio un par de vueltas a mi alrededor observándome con detenimiento, y, tras chasquear la lengua, regresó a sentarse en su butaca.Así, sin dramas.— ¿Qué? —Pregunté, achicando los ojos con suspicacia— ¿No te gusta?—Estás muy guapa.Aunque parecía sincera, su lenguaje corporal indicaba disgusto.—Entonces, ¿qué sucede? Me lanzó una mirada tan triste que se me encogió el alma. —Pareces un muchacho —espetó—. En cuanto te coloquen la corbata, nadie te distinguirá. La primera mujer de la familia en licenciarse se vestirá de hombre para la foto que lo atestigua. Prometo que en ese momento pude ver aparecer tras ella a un centenar de mujeres; todas ellas con ropajes de distintas épocas, pero con la misma mirada dura clavada en mí.Me sentí muy mal, pero el problema tenía una solución complicada; difícilmente podría hacer crecer mi melena en unos días, sin recurrir a carísimas técnicas artificiales. ¿Qué hice el día en que me puse la toga? Pues tras maquillarme un poquito más de lo habitual, me colgué los pendientes más hippies y estrafalarios del joyero. Mi objetivo era claro: contrarrestar a la masculina corbata. Ahora, tan solo algunos años después, aún no sé si mis antepasadas me han perdonado. Creo que mi abuela sí, porque enmarcó mi foto y la colocó sobre su mesilla de noche. Así, durante el tiempo que siguió hasta que nos dejó, se durmió cada noche observándola. Pensando quizás en una heredera de campesinas con un fuerte legado de sacrificio y trabajo, además de una tozuda persistencia por lograr cuanto se propone.
Una mujer que ya no era una niña, aunque algunas veces se disfrazase de garçon.
Published on January 21, 2014 05:19
December 27, 2013
LOS CORAZONES INTACTOS
Acabo de tener una conversación telefónica con un amigo al que quiero muchísimo, y que está sumamente triste porque su novio le ha dejado, por segunda vez. En estos casos nunca sé qué decir (pues lo de dar consejos no va demasiado conmigo), por lo que acostumbro a echar mano de algún recuerdo o historia. Ahí va esta:
Hace tiempo, yo me sentí igual cuando un gran amor me abandonó. Lloraba desconsolada en el regazo de mi abuela, con el firme convencimiento de que jamás sería tan feliz. Ella me dejó llorar, mientras me acariciaba con sus manitas retorcidas por la edad.
—No hay nada peor en la vida que tener el corazón destrozado —sollocé.
Mi abuela me apartó el pelo de la cara.
—Oh, sí que lo hay.
Levanté la cabeza y le lancé mi peor mirada. Odiaba aquella petulancia suya de quien cree saberlo todo porque ha vivido más años; sobre todo cuando, como en aquella ocasión, el dolor lacerante se asemejaba a un millar de puñales ardientes clavados en el mismo centro del pecho (sí bueno, ahora parece exageración, o grandilocuencia, pero en aquel momento expresaba a la perfección el grado de mi tristeza).
— ¿Qué puede haber, dime? — Le pregunté enfadada— ¿Qué cosa puede ser peor que que te partan el corazón?
—Que no te lo partan.
Sorbiendo por la nariz, le presté toda mi atención.
— ¿Te imaginas llegar al final de tus días con un corazón sin estrenar? –Chasqueó la lengua y me empujó de nuevo la cabeza hasta su regazo— No debe haber peor cosa que morirse con el corazón intacto.
Ahora sé que el tiempo es mucho mejor bálsamo que las palabras de una sabia, pero desde aquí os digo, mis amados corazones magullados: levantaos, arreglad el desperfecto con alguna tirita, y preparaos para la próxima batalla. Porque no debe haber peor cosa en la vida que morirse con el corazón intacto.
Hace tiempo, yo me sentí igual cuando un gran amor me abandonó. Lloraba desconsolada en el regazo de mi abuela, con el firme convencimiento de que jamás sería tan feliz. Ella me dejó llorar, mientras me acariciaba con sus manitas retorcidas por la edad. —No hay nada peor en la vida que tener el corazón destrozado —sollocé.
Mi abuela me apartó el pelo de la cara.
—Oh, sí que lo hay.
Levanté la cabeza y le lancé mi peor mirada. Odiaba aquella petulancia suya de quien cree saberlo todo porque ha vivido más años; sobre todo cuando, como en aquella ocasión, el dolor lacerante se asemejaba a un millar de puñales ardientes clavados en el mismo centro del pecho (sí bueno, ahora parece exageración, o grandilocuencia, pero en aquel momento expresaba a la perfección el grado de mi tristeza).
— ¿Qué puede haber, dime? — Le pregunté enfadada— ¿Qué cosa puede ser peor que que te partan el corazón?
—Que no te lo partan.
Sorbiendo por la nariz, le presté toda mi atención.
— ¿Te imaginas llegar al final de tus días con un corazón sin estrenar? –Chasqueó la lengua y me empujó de nuevo la cabeza hasta su regazo— No debe haber peor cosa que morirse con el corazón intacto.
Ahora sé que el tiempo es mucho mejor bálsamo que las palabras de una sabia, pero desde aquí os digo, mis amados corazones magullados: levantaos, arreglad el desperfecto con alguna tirita, y preparaos para la próxima batalla. Porque no debe haber peor cosa en la vida que morirse con el corazón intacto.
Published on December 27, 2013 16:05
May 8, 2013
SI T�� NO BAILAS CONMIGO, PREFIERO NO BAILAR
��l era un hombre afortunado, de esos a los que Dios ha regalado una hermosa apariencia y una inteligencia sobresaliente, que armonizaban a la perfecci��n con su simpat��a y amabilidad. Yo siempre me he considerado t��mida: en las reuniones acostumbro a pasar desapercibida porque prefiero escuchar; he conseguido hablar en p��blico con un m��nimo de coherencia tras largas sesiones de entrenamiento, y si por alguna circunstancia ajena a m�� me convierto en el centro de atenci��n tengo tendencia a sonrojarme, tropezarme, o incluso a tirar cosas.
Por eso cuando aquella noche de verano ��l atraves�� la pista para sacarme a bailar, s��lo pude pensar en no hacerle mucho da��o. La m��sica cambi�� y son�� una canci��n de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tom�� por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.
Era una canci��n bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonre��r y no pisarle. ��l bailaba, yo tropezaba con m��s o menos ritmo. Cuando la canci��n termin�� se inclin�� para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todav��a descansaba en la de ��l, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas despu��s, mientras descubr��a el n��mero exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitaci��n. Por supuesto, dije que no a aquella copa. Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y s��lo volv�� a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme. Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidar�� es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canci��n: ���Si t�� no bailas conmigo, prefiero no bailar���
ESCUCHA LA CANCI��N
Por eso cuando aquella noche de verano ��l atraves�� la pista para sacarme a bailar, s��lo pude pensar en no hacerle mucho da��o. La m��sica cambi�� y son�� una canci��n de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tom�� por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.Era una canci��n bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonre��r y no pisarle. ��l bailaba, yo tropezaba con m��s o menos ritmo. Cuando la canci��n termin�� se inclin�� para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todav��a descansaba en la de ��l, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas despu��s, mientras descubr��a el n��mero exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitaci��n. Por supuesto, dije que no a aquella copa. Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y s��lo volv�� a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme. Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidar�� es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canci��n: ���Si t�� no bailas conmigo, prefiero no bailar���
ESCUCHA LA CANCI��N
Published on May 08, 2013 11:37
SI TÚ NO BAILAS CONMIGO, PREFIERO NO BAILAR
Él era un hombre afortunado, de esos a los que Dios ha regalado una hermosa apariencia y una inteligencia sobresaliente, que armonizaban a la perfección con su simpatía y amabilidad. Yo siempre me he considerado tímida: en las reuniones acostumbro a pasar desapercibida porque prefiero escuchar; he conseguido hablar en público con un mínimo de coherencia tras largas sesiones de entrenamiento; y, si por alguna circunstancia ajena a mí me convierto en el centro de atención, tengo tendencia a sonrojarme, tropezarme, o incluso a tirar cosas.
Por eso cuando aquella noche de verano él atravesó la pista para sacarme a bailar, sólo pude pensar en no hacerle mucho daño. La música cambió y sonó una canción de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tomó por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.
Era una canción bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonreír y no pisarle. Él bailaba, yo tropezaba con más o menos ritmo. Cuando la canción terminó se inclinó para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todavía descansaba en la de él, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas después, mientras descubría el número exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitación. Por supuesto, dije que no a aquella copa. Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y sólo volví a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme. Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidaré es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canción: “Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar”
ESCUCHA LA CANCIÓN
Por eso cuando aquella noche de verano él atravesó la pista para sacarme a bailar, sólo pude pensar en no hacerle mucho daño. La música cambió y sonó una canción de Juan Luis Guerra. Sin soltar mi mano me tomó por la cintura y comenzamos a movernos entre las otras parejas.Era una canción bonita, aunque yo apenas escuchaba, tratando de sonreír y no pisarle. Él bailaba, yo tropezaba con más o menos ritmo. Cuando la canción terminó se inclinó para que le escuchara invitarme a una copa. Mi mano todavía descansaba en la de él, y su aliento me hizo cosquillas en la mejilla. De estos detalles no fui consciente en el momento, sino horas después, mientras descubría el número exacto de grietas que atravesaban el techo de mi habitación. Por supuesto, dije que no a aquella copa. Los distintos empleos terminaron por deshacer el grupo de amigos, y sólo volví a verlo en un par de ocasiones antes de marcharme. Casi no logro recordar el color de sus ojos, pero lo que nunca olvidaré es la forma en que me miraban mientras sus labios tarareaban el estribillo de aquella canción: “Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar”
ESCUCHA LA CANCIÓN
Published on May 08, 2013 11:37
A POCOS LATIDOS DE DISTANCIA
El otro día me ocurrió una cosa que me hizo pensar en algunas peculiaridades de mi pueblo; sobre todo una que me encanta, que es nuestra capacidad de adaptación. Además de España, los gallegos amamos a muchos otros países como si fuera el nuestro. Porque durante décadas, así nos lo habéis hecho sentir (pese a dejaros la “morriña”, palabra gallega que seguro conocieron de nuestras bocas)
Hace algo más de una semana me encontré con una amiga de mi abuela. La señora tiene alrededor de noventa años y le encanta hablar; pero también escuchar. Estaba algo preocupada porque su nieto, que es arquitecto, se ha quedado sin trabajo. Está casado con una maestra que lleva en paro más de un año, y la señora me contaba que están pensando en probar suerte en Madrid o Barcelona, antes de tener que irse definitivamente de España.
Traté de animarla diciéndole que hoy en día, con los modernos medios de comunicación, las distancias ya no son como antes. Sin embargo, por la triste mirada que me devolvió, intuí que mi idea no la consolaba en absoluto.
—Madrid o Barcelona —repitió, meneando la cabeza— ¿Es que no podían irse un poco más cerca, como a Buenos Aires?
No era ironía; hablaba absolutamente en serio. Por eso bajé la cabeza y sonreí. No la corregí porque conocía la historia de su familia. Su hermana vivió y murió en América, donde fue feliz.
Y por alguna razón, el corazón de la anciana ya no mide la distancia en kilómetros.
CON TODO MI CARIÑO PARA QUIENES ME LEEN Y ESCRIBEN DESDE EL OTRO LADO DEL OCÉANO.
Hace algo más de una semana me encontré con una amiga de mi abuela. La señora tiene alrededor de noventa años y le encanta hablar; pero también escuchar. Estaba algo preocupada porque su nieto, que es arquitecto, se ha quedado sin trabajo. Está casado con una maestra que lleva en paro más de un año, y la señora me contaba que están pensando en probar suerte en Madrid o Barcelona, antes de tener que irse definitivamente de España.
Traté de animarla diciéndole que hoy en día, con los modernos medios de comunicación, las distancias ya no son como antes. Sin embargo, por la triste mirada que me devolvió, intuí que mi idea no la consolaba en absoluto.
—Madrid o Barcelona —repitió, meneando la cabeza— ¿Es que no podían irse un poco más cerca, como a Buenos Aires?
No era ironía; hablaba absolutamente en serio. Por eso bajé la cabeza y sonreí. No la corregí porque conocía la historia de su familia. Su hermana vivió y murió en América, donde fue feliz.
Y por alguna razón, el corazón de la anciana ya no mide la distancia en kilómetros.
CON TODO MI CARIÑO PARA QUIENES ME LEEN Y ESCRIBEN DESDE EL OTRO LADO DEL OCÉANO.
Published on May 08, 2013 11:22
March 13, 2013
HISTORIA DE UNA FOTO
Fotografía tomada frente al faro Roncadoiro. Septiempre de 2011. Mi mejor amiga y yo dábamos un paseo hasta nuestro faro. Ella se marchaba lejos al día siguiente, y quería llevarse unas fotos del lugar para cuando la asaltase la morriña. Cuesta despedirse de los sitios por los que ha transcurrido parte de nuestro camino. Hacía algunos días, mientras un grupo de amigas conversábamos frente a una humeante taza de café, ella me preguntó: “Quisiera saber adónde vas cuando te quedas así”. La miré extrañada “Así, ¿cómo?”. “Es como una especie de trance; tu cuerpo sigue con nosotros, pero tu mente está volando muy lejos”. “No lo sé”, respondí.
Justo después de disparar la cámara me tocó el brazo. “¿Quieres irte ya?”, dije sorprendida, girándome hacia ella. Hacía poco que habíamos llegado (o, por lo menos, a mí me parecía poco). Negó con la cabeza y me mostró la pantalla de la cámara. Era mi perfil. Apoyada en la barandilla del faro, el viento del norte me revolvía el pelo mientras miraba al horizonte con mi eterna aura melancólica, la cual acarreo ya con la misma resignación que cualquier otro rasgo genético.
“A esto me refería el otro día, ¿qué piensas cuando estás así?”, preguntó, antes de añadir con una sonrisa. “¿En la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal y la importancia de los finales felices, o quizás en lo que pasa después de que el príncipe mata al dragón y comienza a vivir con la princesa, mientras ambos son devorados por la rutina…?”. La escuché pacientemente enumerar con ironía los argumentos de nuestras últimas charlas. Suspirando, negué con la cabeza. “No, en realidad pensaba en tus nuevos horizontes. En toda la suerte que te deseo. Y en lo mucho que te vamos a echar de menos” La ironía de su sonrisa fue sustituida por ternura, y el brillo de las lágrimas licuó su mirada. Entonces me abrazó “Yo también os voy a echar mucho de menos”.
Permanecimos abrazadas durante algunos minutos más, tiempo suficiente para que el sol tocara la línea del horizonte y comenzara el ocaso. Nuestro faro se encendió de repente, proyectando su potente luz y alejando la inminente oscuridad. Las dos miramos hacia arriba y sonreímos. Decidimos volver al pueblo y el brillante resplandor iluminó nuestro camino de regreso.
“Aquel era un buen presagio, un magnífico presagio”. En eso pensaba, mientras regresábamos a casa.
Published on March 13, 2013 13:35
March 4, 2013
¿LOCOS O CUERDOS?
Cerca de donde vivo hay una ciudad grande. Allí vive una mujer que todo el mundo dice que está loca. No sé mucho de ella. Tendrá unos sesenta años y pasa el día caminando de un lado a otro. Arrastra un carro de supermercado repleto de cosas, vestida con toda la ropa que posee.El otro día quedé con una amiga que vive frente a la playa. Llamé a su casa pero, como todavía no había llegado, me senté a esperarla en un banco. Entonces vi a la anciana acercarse por el paseo marítimo. Se detuvo frente a mí y me miró. “Estás en mi banco”, me dijo. Me pilló desprevenida. “Lo siento”, respondí levantándome. Se sentó y me observó durante unos segundos. “Puedes sentarte, que no muerdo”. Comprobé que en la casa de mi amiga todavía no había señales de ella.
“¿Quieres ver una cosa?”, preguntó la anciana. Asintiendo me acomodé a su lado. Introdujo la mano entre la multitud de capas de ropa y sacó una especie de catalejo. Me lo tendió, y yo miré a través de la lente. Sorprendida giré aquel cacharro; una explosión de colores y formas surgieron ante mí. No era un catalejo, sino un caleidoscopio. Después de un rato se lo devolví sonriendo. Lo volvió a guardar y se marchó. Cuando ya estaba lejos se giró. “¿Por qué no podremos volar?”, me gritó. Me encogí de hombros, y ella continuó su camino.
Se lo conté a mi amiga mientras preparaba café. Ella me miró y le restó importancia con un gesto de la mano. “Está loca”
Ahora lo comparto porque en el fondo, algo me dice que está más cuerda que todos nosotros.
Published on March 04, 2013 08:21


