Réquiem por un querubín o lo nociva que puede ser la publicidad - Réquiem por un querubín o lo nociva que puede ser la publicidad (los primeros dos párrafos) by Liliana Blum

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Cuento. Publicado en el portal Ficticia.com
Dista de ser el mejor de mis cuentos, pero ciertamente es mi favorito, no sé por qué.



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chapter 1: Réquiem por un querubín o lo nociva que puede ser la publicidad (los primeros dos párrafos)


Réquiem por un querubín o lo nociva que puede ser la publicidad (los primeros dos párrafos)
chapter 1   —   updated Nov 10, 2008   —   2476 characters   —   1 person liked this writing
Su madre solía llamarlo "querubín", darle besos en las rosadas y regordetas mejillas, y obsequiarlo con todo tipo de dulces. Su padre le decía "pinche chamaco" y le brindaba fuertes insultos y bien colocados zapes. Cuando esto sucedía, Juanito, aunque ya con once primaveras en su haber, podía provocar en sí mismo una regresión y convertirse -por lo menos ante los ojos de su progenitora- en un bebé de escasos meses, que lloraba desamparado. La madre se convertía entonces en una loba herida y atacaba fieramente a su cónyuge. El angelito sonreía para sus adentros, pero el llanto iba en aumento y su piel morena se tornaba al color de las granadas. Aquella mañana, ése había sido precisamente el caso. La señora dijo: "Ahora lo llevas al zoológico, Juan, por hacerlo llorar. Míralo, pobre muñeco, ¿no te parte el alma verlo así? Ándale, además hace mucho que no sales con él." Cáscara de macho, corazón de palmito y mandilón, el hombre tuvo que aceptar. En realidad, imaginar a su pareja empuñando una sartén, el cuerpo enfundado en una bata con florecitas y la cabeza teñida y coronada de tubos azul pastel, le resultaba tan aterradora, que sólo le quedó musitar un resignado sí-mi-vida-como-no-ahorita-mismo-lo-llevo.

*

El dulce pequeñuelo corría entre la gente -sus cabellos negros y tiesos, diríase de su cabeza un cactus oscuro y sin flor-, ignorando al padre que le gritaba "¡Espérate Juanito, más despacio, no te me vayas a perder!". El aludido no se detuvo hasta que tropezó con una mazorca roída y fue a caer de bruces sobre un charco de color rosáceo. ¿Vómito o helado? El infante permaneció boca abajo, incierto si debía llorar, reír, o levantarse como si nada hubiera pasado. No sentía ningún dolor, pero practicaba con tal entusiasmo la costumbre de entregarse a las lágrimas por cualquier cosa, que se le antojaba extraño no hacerlo. Además, su algodón de azúcar se había estropeado. Con trabajo, giró la cabeza para buscar a su papá entre aquella multitud de pantorrillas desconocidas. Unos cincuenta metros más allá lo vio venir, sus piernas largas y delgadas sosteniendo su cuerpo voluminoso, como un mosquito que se hubiese atragantado con un garbanzo. La misma silueta se adivinaba ya en el cuerpo del niño, como prueba irrefutable de la paternidad e hijalidad respectiva.

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