Las Horas de la Mañana - Las Horas de la Mañana (los primeros dos párrafos) by Liliana Blum
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Cuento que obtuvo mención honorífica en el Concurso Interamericano de Cuentos “Fundación Avon para la Mujer” 2006
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chapter 1:
Las Horas de la Mañana (los primeros dos párrafos)
Las Horas de la Mañana (los primeros dos párrafos)
chapter 1
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updated Feb 14, 2008
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Posiblemente fueron las gotas de lluvia que tamborilearon sobre el
metal del aire acondicionado, o tal vez la frescura inusual con la que el día se inauguraba, pero esa mañana se despertó con la certeza de que existía. Abrió los ojos antes de lo acostumbrado y su pupila se clavó en el techo. No pudo dejar de pensar, como siempre, que sería una buena idea darle una pintadita. Pero por primera vez en diez años, miró a su alrededor y se percató de su realidad. Sobre el cristal de la ventana, un caracol de color café claro desafiaba las leyes físicas y avanzaba en vertical. Un rastro de humedad cortaba la espesa capa de polvo.
Antes de mortificarse con la idea de que era necesario lavar las
ventanas por fuera, cerró los ojos de nuevo y sintió junto a ella la presencia de su marido, que roncaba indolente a la mañana, a la luz, gran vientre que palpitaba a su propio ritmo, como una ballena que encalla y se resigna a morir. Con seguridad, una escarcha de saliva seca descendía por la comisura de sus labios, pero ella no se atrevió a ver; lo predecible de su vida se le antojó nauseabundo.
[ Lee el cuento completo en http://www.fundacionavon.org.ar/famsite/... ]
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metal del aire acondicionado, o tal vez la frescura inusual con la que el día se inauguraba, pero esa mañana se despertó con la certeza de que existía. Abrió los ojos antes de lo acostumbrado y su pupila se clavó en el techo. No pudo dejar de pensar, como siempre, que sería una buena idea darle una pintadita. Pero por primera vez en diez años, miró a su alrededor y se percató de su realidad. Sobre el cristal de la ventana, un caracol de color café claro desafiaba las leyes físicas y avanzaba en vertical. Un rastro de humedad cortaba la espesa capa de polvo.
Antes de mortificarse con la idea de que era necesario lavar las
ventanas por fuera, cerró los ojos de nuevo y sintió junto a ella la presencia de su marido, que roncaba indolente a la mañana, a la luz, gran vientre que palpitaba a su propio ritmo, como una ballena que encalla y se resigna a morir. Con seguridad, una escarcha de saliva seca descendía por la comisura de sus labios, pero ella no se atrevió a ver; lo predecible de su vida se le antojó nauseabundo.
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