De lo que me preguntas

by Maritza Duarte
884688

genre: Entertainment
description:
Bitácora del Taller.


chapters

chapter 1: Segunda Sesión


Segunda Sesión
chapter 1   —   updated 02/07/08   —   5019 characters   —   0 people liked it
El ejercicio de la hipocresía o de la mala fe no siempre es una profesión lúcida y descarada; suele presentarse, por el contrario, en personajes que cultivan con esmero sus almas, se detienen para observarlas, se autocensuran, se corrigen, quitan el polvo, dejan el huevito de cristal perfectamente limpio y prosiguen la marcha convencidos de que el mundo interior es un abismo.

Fragmento del Capítulo: Guía del hipócrita.
Pág. 119.
Manual del distraído.
Alejandro Rossi. México, 2007.




Para ti que siempre quieres saber cómo son las cosas.


Un día te decides a asistir a ese taller de creación literaria que tanto deseabas, con la esperanza de que algo de lo que habitualmente escribes en tu libreta de notas, bitácora electrónica o lo que sea donde a ti te guste escribir, sea bueno o al menos, mínimamente bien hecho.

Entonces vas con tus amigos, les cuentas lo que quieres hacer, y como a todos les parece que no escribes mal (o no tan mal), te impulsan, te animan y te inscribes al taller.

Acudes a la primera clase con tu libretita nueva, el bolígrafo de la suerte (el que no te sabe fallar), muchas ganas, tus lentes para lectura, dientes limpios, botella con agua (porque aquello de pensar, te da mucha sed), el libro en turno (ya sabes, hay que buscar letras en otras letras para que el proceso creativo sea infinito) y llegas puntualmente a tu primera sesión.

Eres amable, eres decente (nada de malas palabras en el primer encuentro), opinas lo estrictamente necesario y tomas nota de todas aquellas frases célebres que tu asesor tallerista, con voz cálida y bien modulada, dice como si realmente no fueran importantes y sólo un discurso introductorio a la literatura moderna, pero que para ti, ingenuamente "son revelaciones".

Escuchas, piensas y agarras valor. Dices para tus adentros "a huevo, yo puedo escribir". Y te la crees. Esa es la parte más importante, que te la creas; en caso contrario, tus compañeros, que en su mayoría conocen de tiempo a tu asesor tallerista (eso, por cierto, genera una dinámica muy de "compas" en la sesión que no te incomoda, pero es rara), cuentan con la capacidad de oler el miedo, así que si no te fajas seguro te harán pedazos, a ti o a tu texto, da igual... uno siempre lo toma personal en las primeras sesiones.

Bien, queda anotado el primer ejercicio. Vuelves a casa entusiasmado. De verdad crees que puedes hacerlo bien y lo intentas. Porque uno siempre intenta, es parte de la naturaleza humana. Aunque uno siempre dice "voy a hacerlo", en realidad es un "voy a intentar hacerlo". Bueno, así lo creo yo.
Entonces, te decía, lo intentas afanosamente. Bocetas algunas frases, le das vueltas a tus imágenes mentales, y comienzas a atascar la hoja blanca de plastas negras, azules o verdes -el color de la tinta no es lo que importa- y nuevamente, agarras valor y te la crees, dices que eso que escribiste ahí, está bien hecho.

Si eres muy aventurado, tu creación la compartes con los más allegados, aquellos que tú consideras que si bien, no son buenos escritores (igualito que tú), al menos son buenos lectores, y eso hace la diferencia. Para tu buena fortuna, la retroalimentación es a tu favor o al menos eso dicen ellos. Y tú, que andas deseoso de "hacerla en grande" marchas a tu taller con tu texto fotocopiado siete veces, silbando por las calles y confiado en que ésta, es tu noche.

Entras al taller, departes con los compañeros, tocas las hojas que llevas en las manos, como quien acaricia la mano de un ser amado y luego las dejas en la mesa... comienza el taller: un voluntario lee su texto en voz alta, comparte una copia a cada compañero para que siga la lectura. Se reflexiona un momento lo leído y el análisis se escucha en boca de todos.

Está prohibido decir algo en tu defensa. Esa es una de las reglas del taller (de cualquiera, por cierto). Dicen los que saben (y también lo comenta el asesor del taller, que claro, de que sabe... sabe) que cuando escribes, el texto es tuyo, pero una vez que lo compartes, éste debe seguir solo, defenderse solo o morir.

Y en efecto, luego de unos estertores, tu texto muere y tú no pudiste hacer más que mirarlo en silencio, con respeto y lástima. Esperabas más de él y de ti.

Recoges tus cosas, las copias de tu texto tachoneadas, con anotaciones al margen, con comentarios que pueden parecerte hasta groseros... vuelves a casa, y sigues en silencio. Lo quieras o no, hay un duelo.

Mañana será otro día (piensas con un rezago de ánimo en tu cabeza) pues uno hace lo que tiene que hacer siempre: escribir, dar a luz a historias para que otros las lean o las ignoren. La suerte de cada texto está echada. Tú sólo le das la bendición y también le olvidas. De otro modo, sería imposible llegar a ser un buen escritor, como esos que admiras y lees desde pequeño.

Para ti que siempre quieres saber cómo son las cosas. La historia así fue: "El Lobo" murió de pendejez.


·o·
back to top

Did you like this?   vote  

all writing
all of Maritza's writing