Jorge's Reviews > Las naves del destino
Las naves del destino (Liveship Traders, #3)
by Robin Hobb (Goodreads Author)
by Robin Hobb (Goodreads Author)
** spoiler alert **
Este es sólo un comentario de Las naves del destino: un comentario más extenso, sobre la saga en general, se encuentra en mi "análisis" de Las naves de la locura.
La autora no baja la guardia en la última entrega de la saga: su estilo de escritura, sus personajes y las situaciones en las que se ven envueltos son siempre manejadas con maestría. Sorprende la facilidad con la que Margaret Lindholm (la escritora detrás del seudónimo Robin Hobb) ata las complejos nudos de la trama para resolver los conflictos de formas inesperadas, aunque lógicas.
Sin embargo, la autora también hace gala de cierto anticlimatismo en la resolución del que, a mi entender, es el conflicto principal: la búsqueda de Althea.
Lo que puedo revelar sin spoilear, es que el final es casi una apología al machismo: de poco importa que algunos personajes femeninos secundarios hayan tomado la rienda de sus vidas y se hayan convertido en personajes influyentes. La protagonista es vapuleada, humillada y abandonada por la autora, que parece haberse encaprichado con los personajes secundarios.
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En la saga, los dos protagonistas que mueven los hilos de los acontecimientos son Kennit y Althea. Kennit -claramente un favorito de la autora por la profundidad del personaje- tiene un clímax y un desenlace notables, llenos de dulce y agraz. Es un personaje que acaba fascinando y provocando repulsión, todo al mismo tiempo, y que además consigue su objetivo -convertirse en una figura legendaria-, pero a costa de su propia vida, ya que, si hubiese seguido con vida, habría sufrido una estrepitosa caída. Kennit murió como debía morir, y en el momento justo, lo que deja con una deliciosa sensación de sentimientos encontrados.
Althea, por el contrario, sufre una terrible decepción en su búsqueda por recuperar su nave familiar y suerte de hija-hermana, la Vivacia. Por razones que no tienen nada que ver con el desarrollo de los personajes y de la historia, sino por lo que parece ser un capricho de la escritora, Vivacia sufre una transformación de personalidad y rompe el que parecía un fortísimo lazo afectivo y sanguíneo con Althea. El giro sorprende mucho porque, cuando Althea se reencuentra con la esencia de la Vivacia, escondida en lo más profundo del alma del barco, ella se muestra necesitada del cariño de la protagonista. Pero apenas un capítulo (o dos, no recuerdo) después, la Vivacia se ha transformado y ya no necesita a Althea... Es más: da a entender que ni siquiera le importa si sigue o no en su cubierta.
Por otra parte, el personaje de Wintrow, quien no había sido más que un títere de los acontecimientos, en unas pocas páginas sufre un vuelco demasiado abrupto y pasa a convertirse en un personaje activo, que, literalmente, se aferra al timón de la Vivacia y se convierte en su capitán, pese a que llevábamos dos novelas y media entendiendo que él estaba insatisfecho con su destino y que le había provocado más de un dolor a la Vivacia.
Finalmente, Althea, que era un personaje admirable por su independencia y su indocilidad, pasa a recibir un simple premio de consuelo: un insulso tesoro y el romance con Brashen, un personaje interesante, pero que siempre había bailado al ritmo de los deseos de Althea. Así, en el último cuarto de la tercera novela, Lindholm destruye lo que tanto me había fascinado de su saga: la independencia y la fortaleza de la protagonista. Althea termina como primer oficial en un barco que no es el suyo, como pareja de un buen hombre y cubierta de oro, lo que es terriblemente decepcionante para alguien que había luchado tres novelas para capitanear su propio barco. Esto decepciona sobre todo porque con unos sencillos cambios en los acontecimientos (sin necesidad de violar el carácter de los personajes), Althea podría haber sido la capitana de su nave familiar en vez de la pareja de otro capitán.
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Pese a lo anterior, considero que la conclusión de la saga es una gran novela y un clarísimo referente en la nueva fantasía épica: una historia sin la oposición cliché entre bien y mal, una saga familiar, personajes con carácter y terribles debilidades.
La autora no baja la guardia en la última entrega de la saga: su estilo de escritura, sus personajes y las situaciones en las que se ven envueltos son siempre manejadas con maestría. Sorprende la facilidad con la que Margaret Lindholm (la escritora detrás del seudónimo Robin Hobb) ata las complejos nudos de la trama para resolver los conflictos de formas inesperadas, aunque lógicas.
Sin embargo, la autora también hace gala de cierto anticlimatismo en la resolución del que, a mi entender, es el conflicto principal: la búsqueda de Althea.
Lo que puedo revelar sin spoilear, es que el final es casi una apología al machismo: de poco importa que algunos personajes femeninos secundarios hayan tomado la rienda de sus vidas y se hayan convertido en personajes influyentes. La protagonista es vapuleada, humillada y abandonada por la autora, que parece haberse encaprichado con los personajes secundarios.
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En la saga, los dos protagonistas que mueven los hilos de los acontecimientos son Kennit y Althea. Kennit -claramente un favorito de la autora por la profundidad del personaje- tiene un clímax y un desenlace notables, llenos de dulce y agraz. Es un personaje que acaba fascinando y provocando repulsión, todo al mismo tiempo, y que además consigue su objetivo -convertirse en una figura legendaria-, pero a costa de su propia vida, ya que, si hubiese seguido con vida, habría sufrido una estrepitosa caída. Kennit murió como debía morir, y en el momento justo, lo que deja con una deliciosa sensación de sentimientos encontrados.
Althea, por el contrario, sufre una terrible decepción en su búsqueda por recuperar su nave familiar y suerte de hija-hermana, la Vivacia. Por razones que no tienen nada que ver con el desarrollo de los personajes y de la historia, sino por lo que parece ser un capricho de la escritora, Vivacia sufre una transformación de personalidad y rompe el que parecía un fortísimo lazo afectivo y sanguíneo con Althea. El giro sorprende mucho porque, cuando Althea se reencuentra con la esencia de la Vivacia, escondida en lo más profundo del alma del barco, ella se muestra necesitada del cariño de la protagonista. Pero apenas un capítulo (o dos, no recuerdo) después, la Vivacia se ha transformado y ya no necesita a Althea... Es más: da a entender que ni siquiera le importa si sigue o no en su cubierta.
Por otra parte, el personaje de Wintrow, quien no había sido más que un títere de los acontecimientos, en unas pocas páginas sufre un vuelco demasiado abrupto y pasa a convertirse en un personaje activo, que, literalmente, se aferra al timón de la Vivacia y se convierte en su capitán, pese a que llevábamos dos novelas y media entendiendo que él estaba insatisfecho con su destino y que le había provocado más de un dolor a la Vivacia.
Finalmente, Althea, que era un personaje admirable por su independencia y su indocilidad, pasa a recibir un simple premio de consuelo: un insulso tesoro y el romance con Brashen, un personaje interesante, pero que siempre había bailado al ritmo de los deseos de Althea. Así, en el último cuarto de la tercera novela, Lindholm destruye lo que tanto me había fascinado de su saga: la independencia y la fortaleza de la protagonista. Althea termina como primer oficial en un barco que no es el suyo, como pareja de un buen hombre y cubierta de oro, lo que es terriblemente decepcionante para alguien que había luchado tres novelas para capitanear su propio barco. Esto decepciona sobre todo porque con unos sencillos cambios en los acontecimientos (sin necesidad de violar el carácter de los personajes), Althea podría haber sido la capitana de su nave familiar en vez de la pareja de otro capitán.
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Pese a lo anterior, considero que la conclusión de la saga es una gran novela y un clarísimo referente en la nueva fantasía épica: una historia sin la oposición cliché entre bien y mal, una saga familiar, personajes con carácter y terribles debilidades.
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Reading Progress
| 09/03/2010 | page 230 |
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