Da la sensación de que Andréi Platónov escribe como si nadie antes que él hubiera escrito y como si, después, nadie hubiera de leer lo que él ha escri...moreDa la sensación de que Andréi Platónov escribe como si nadie antes que él hubiera escrito y como si, después, nadie hubiera de leer lo que él ha escrito. Escribe sin mirar atrás, quemando todos los puentes, avanzando a toda prisa como si se estuviera acabando el mundo. Quizás realmente se esté acabando, porque el paisaje que describe Platónov tiene un aire postapocalíptico fascinante. ‘Chevengur’ empieza en la Rusia pre-revolucionaria, cuando el hambre y la muerte campan a sus anchas en un territorio desolado, yermo y solitario. Y la fuerza que tiene el estilo de Platónov es incomparable.
‘Chevengur’ no está dividida en capítulos, no hay ninguna pausa en la narración, fluye con una intensidad y una rapidez ejemplares, pero aún así podemos dividirla en partes. En la segunda, después de que haya habido la revolución y la guerra civil esté prácticamente terminada, dos hombres salen a buscar el verdadero socialismo, que puede que haya surgido de forma natural en algún pueblo aislado. Son una especie de Quijote y Sancho Panza. Se llaman Kopionkin y Dvanov. El primero es el más idealista y el segundo el más práctico. El primero monta un caballo que se llama Fuerza Proletaria y también tiene su Dulcinea particular. En su caso se trata de Rosa Luxemburgo; es el amor que siente por esta mujer que fue asesinada y el deseo de ir a visitar su tumba cuando todo haya terminado que le ayudan a seguir adelante.
Kopionkin y Dvànov vagan por la estepa y encuentran campesinos endurecidos y analfabetos que intentan adaptar el socialismo “al pie de la letra”, lo cual da pie a situaciones de lo más absurdas y grotescas. Aquí empieza la sátira pura y dura, que impidió que esta novela fuera publicada en vida de Platónov. Sin embargo, ya antes, toda la novela ha sido plagada de un humor muy particular, incisivo y brutal, a veces sutil y a veces basto, pero siempre con un punto cruel.
Kopionkin y Dvanov no encuentran el socialismo que estaban buscando, se separan y vuelven a sus vidas insatisfactorias. Kopionkin sigue soñando con Rosa Luxemburgo pero cada vez está más desilusionado. Además, echa de menos a su amigo. Entonces, empiezan a llegar noticias de que en Chevengur, un pequeño pueblo perdido en la estepa, se ha implantado el verdadero comunismo, y será allí donde acabarán reencontrándose los dos protagonistas. Entonces empieza la tercera parte, la única que sucede en Chevengur, una parte que sigue teniendo un aire satírico, pero a la vez habla de la nostalgia que sienten todos estos hombres rudos que han llevado una vida muy dura, una nostalgia en lo más profundo por algo que nunca han tenido.
Se dice que Chevengur es un pueblo de paso que se creó cuando una serie de personas decidieron asentarse allí para esperar la segunda venida de Jesucristo que les iba a traer la felicidad completa. Ahora, Chevengur está habitada por hombres que confiaron que el comunismo también les traería la felicidad completa, pero empiezan a darse cuenta de que por más que ahora tienen para comer, siguen sintiendo una tristeza desgarradora y una soledad angustiante que nada puede mitigar. En Chevengur hay dos figuras que destacan encima de las otras, otro Quijote y otro Sancho Panza, a la manera de Kopionkin y Dvanov, uno es más práctico y el otro más idealista, pero los dos (como todos los personajes de esta novela) se sienten solos y necesitan del amor y del calor de sus semejantes. Y es precisamente esto lo que hace que esta novela trascienda los límites de la sátira, la literatura de denuncia, la recreación de una época determinada, y llegue a lugares a los que pocos libros suelen llegar. (less)
No creo que se me pueda tachar de ser una lectora especialmente benévola con los escritores contemporáneos. Confieso que tiendo a ser muy escéptica co...moreNo creo que se me pueda tachar de ser una lectora especialmente benévola con los escritores contemporáneos. Confieso que tiendo a ser muy escéptica con los libros de autores vivos que vienen empaquetados con innumerables críticas positivas que los describen como la nueva y definitiva sensación del panorama literario. Confieso que mis prejuicios son mayores cuando estas críticas en cuestión recalcan el carácter innovador y original de la obra. Y tampoco ayuda que hayan ganado algún premio (sea el Pulitzer o cualquier otro). Sin embargo, ‘El tiempo es un canalla’ me ha encantado; por una vez, creed todas las críticas buenas que podáis encontrar por ahí, que seguro que serán muchas. De hecho, ahora mismo, está a punto de empezar otra.
‘El tiempo es un canalla’ de Jennifer Egan está a medio camino entre la novela y el libro de relatos: está formado por una serie de capítulos (¿o son cuentos?), independientes en lo que se refiere a la trama (con un principio y un final típico de relato corto) y también escritos en estilos ligeramente distintos, pero con una red de personajes cuyas vidas se van cruzando y también con unos temas (e imágenes) recurrentes. Por lo tanto, quizás sea más una serie de historias cruzadas y el tener tantos personajes que se cruzan le permite a Egan hablar de relaciones de pareja, de amistad, entre padres e hijos, entre hermanos, etc. Además, la trama se expande durante varias décadas (desde los 70 hasta el futuro) y también en varios continentes (un safari en África, una huída a Italia).
Egan sitúa su obra en el mundillo de la música (con sus discográficas con afán comercial y sus conciertos de punk), pero la podría haber situado en cualquier otro mundillo. Y aunque pueda hablar de música (y de cosas tan concretas como lo maravillosas que pueden ser las pausas en una canción), en el fondo habla de cómo pasamos de A a B, es decir, de ser unos jóvenes idealistas y rebeldes a ser unos conformistas del montón, de ser unas futuras estrellas del punk a tener una casa en los suburbios rodeada de vecinos conservadores, de ser unos adolescentes prometedores a ser unos fracasados, de ser alguien lleno de vida a ser una persona vacía, etc. La respuesta corta es que el tiempo pasa y el tiempo es un canalla, la larga es mucho más compleja y es difícil expresarla en palabras, pero este libro intenta esbozarla de una manera magnífica.
Probablemente, lo que más se ha dicho de ‘El tiempo es un canalla’ es que tiene un capítulo entero hecho en Powerpoint. Confieso que esto me daba algo de miedo: yo odio esa moda, que parece que no se va a terminar nunca, de hacer presentaciones en Powerpoint para cualquier chorrada. Egan lo utiliza en plan un poco paródico: sitúa el relato en un futuro en que el lenguaje se articula de forma diferente a la de ahora. Es curioso e incluso interesante. No me parece revolucionario porque no está pensado para tener continuidad, sino para ser una especie de broma inofensiva. Aún así, no me parece gratuito, porque, además de ser original formalmente, también nos cuenta la historia de unos personajes: una niña adolescente y su relación con su hermano pequeño levemente autista, y también la que tienen ellos dos con sus padres.
Creo que ya lo he dicho más de una vez, pero una de las cosas que me molesta más de la literatura contemporánea supuestamente innovadora es que se preocupa mucho por innovar formalmente, por ser original a toda costa, y se olvida de crear unos personajes que sean reales y que transmitan algo. Afortunadamente, Jennifer Egan no cae en esta trampa y puede ser original (hay, por ejemplo, un relato delirante sobre una relaciones públicas que tiene como trabajo lavar la imagen de un dictador genocida, todo muy pynchoniano), pero nunca se olvida de no quedarse sólo en la superficie. Su estilo es fresco, vivo y con mucho sentido del humor, pero también es melancólico, rico e inteligente. De verdad que es una maravilla. (less)
Auguste Villiers de L’Isle-Adam reúne todos los ingredientes que conforman lo que se llama un “escritor maldito”: nació dentro de una familia aristócr...moreAuguste Villiers de L’Isle-Adam reúne todos los ingredientes que conforman lo que se llama un “escritor maldito”: nació dentro de una familia aristócrata pero arruinada, a su padre se le fue la olla cuando se obsesionó con encontrar no sé qué tesoro escondido no sé dónde, la niña de la que supuestamente él estaba enamorado murió, se fue a París y se dio a la bohemia, conoció a Charles Baudelaire que fue quien le recomendó a Edgar Allan Poe, malvivía y escribía pero el éxito no llegaba, hasta el punto que se vio obligado a trabajar en una funeraria o dando clases de boxeo, e incluso consideró la posibilidad de montar un espectáculo en el que, por un módico precio, podrías verlo encerrarse en una jaula llena de tigres y recitar sus poemas, pero al final se rajó.
Oficialmente sus “cuentos crueles” (de los que yo he leído sólo una pequeña selección) son cuentos de terror, pero a mí este calificativo me parece engañoso. Por lo general, diría que son cuentos inquietantes, con un toque simbolista y romántico, pero a veces también costumbrista, y con un final ciertamente cruel. Como casi todas las recopilaciones de relatos, me ha parecido irregular: hay algunos que he aborrecido, otros que me han parecido bien pero no memorables y algunos pocos que me han parecido excelentes.
Olvidémonos de los olvidables (que pecan de ser convencionales y anticuados) y empecemos con los correctos. ‘Vox populi’ y ‘La cartelera celeste’ son dos sátiras muy críticas con la sociedad; realmente tienen mala leche y sorprende por lo modernas que son, aunque para mí no pasan de ser curiosas. Luego está ‘Vera’, el inevitable cuento de un hombre que pierde a su esposa y se obsesiona con ella, que está bien pero no va más allá de un tópico literario ya muy manido. Y finalmente están ‘Los bandidos’ y ‘El secreto de la antigua música’, que coinciden al tener un punto de humor negro y un giro final inesperado.
Y entre los que he adorado y me han parecido magníficos hay un relato que representa una nueva y original vuelta de tuerca al típico tema del duelo, que es prácticamente metaficción y explora la diferencia entre realidad y ficción. Y es que cuando Villiers de L’Isle-Adam es bueno, lo mejor que tiene es la frescura, la originalidad y la modernidad que desprenden sus cuentos. Después hay un cuento en que la muerte se personifica y, aunque tengo que reconocer que este tipo de cuentos siempre me dan mucha grima, éste es especialmente angustiante y muy bien llevado. Por cierto, éste debe ser de los pocos sino el único cuento en que interviene un elemento sobrenatural.
Y finalmente está ‘El deseo de ser hombre’ sobre un asesino que decide asesinar para hacer algo con su vida antes que sea demasiado tarde y ‘El convidado de las últimas fiestas’ sobre un grupo que está de juerga y que invita a un desconocido que, a medida que pasa el rato, le va dando más mala espina al narrador. Son dos cuentos que empiezan dentro de lo cotidiano y poco a poco se van adentrando en lo inquietante, están magníficamente escritos, con un pulso narrativo envidiable y nos dicen que el mal puede estar muy cerca de nosotros sin que nos enteremos, incluso dentro de nosotros mismos. (less)
Más de una vez he visto que alguien criticaba a Alice Munro por escribir siempre de lo mismo; y más de una vez yo he defendido que no importa que (sup...moreMás de una vez he visto que alguien criticaba a Alice Munro por escribir siempre de lo mismo; y más de una vez yo he defendido que no importa que (supuestamente) escriba siempre la misma historia si lo hace tan bien. La llaman la Chekhov canadiense y tienen razón, porque tiene el mismo dominio del relato corto: sabe compactar un mundo vivo en unas pocas páginas, sabe describir personajes complejos y humanos en unos pocos trazos, sabe ir dosificando la información poco a poco para mantenerte enganchada, sabe dotar a sus historias de un aire de melancolía perfecto, y sabe que lo más importante de un cuento es el final y que éste tiene que ser potente (un bang que te haga reconsiderar todo lo que has leído y le dé un sentido total e inesperado).
Uno de mis relatos favoritos de ‘Odio, amistad, amor, noviazgo, matrimonio’ es precisamente el que da título al libro. Es una novela en miniatura. Es deliciosamente sorprendente porque salta de una mujer seca haciendo unos recados muy importantes a un hombre mayor al que un pequeño cambio le desbarata su rutina, de las travesuras no del todo inocentes de un par de niñas a los problemas y mentiras de un perdedor nato. Es una maravilla como Munro enlaza estos personajes, estas historias, estos temas, que en principio parecen tan dispares, y acaba construyendo un relato original, extraordinario y vivo, muy vivo.
Luego vienen los cuentos ya más típicos en Alice Munro, pero igualmente deliciosos. Cuentos sobre encuentros breves entre hombres y mujeres, relaciones que se quedan sólo en un principio y no se materializan, porque los personajes saben que al materializarse perderían su magia y es mejor conservar el recuerdo de un momento que está lleno de posibilidades. Me gusta especialmente el de los amigos de infancia que se reencuentran por casualidad en casa de unos amigos y van a jugar a golf y les sorprende una tormenta terrible, y no pasa nada más, pero en realidad ha pasado mucho, se han contado muchas cosas. Munro habla de momentos mágicos de auténtica comprensión entre dos personas, momentos en que sobran las palabras. Munro habla de la esperanza en medio de la rutina, de momentos de luz en medio de la realidad gris.
Hay también, en estos cuentos, una gran presencia de la enfermedad y la muerte. Todos están protagonizados por mujeres, algunos incluso narrados en primera persona por mujeres, y yo que no soy muy amante de los narradores en primera persona, en estos casos me encanta que Munro use un narrador-protagonista, le da aún más veracidad a la historia; no puedo dejar de pensar que el de la tía Alfrida que no ve con buenos ojos que la protagonista se dedique a escribir tiene que ser autobiográfico de tan sincero que suena. Y no es que los otros no suenen sinceros (¡todo lo contrario!) pero éste puede que sea el que más. He dicho que todos están protagonizados por mujeres, pero en realidad son todos menos el último, en que un marido tiene que ver como su mujer va perdiendo la memoria por culpa del Alzheimer, y que es desgarrador, pero tan real, real como todos los cuentos de Munro, reales como la vida. (less)
‘Un asesinato que todos cometemos’ como título es un título muy prometedor, que genera muchas expectativas. Lo bueno es que la novela no sólo se queda...more‘Un asesinato que todos cometemos’ como título es un título muy prometedor, que genera muchas expectativas. Lo bueno es que la novela no sólo se queda en prometedora sino que está a la altura de un título tan brillante; ciertamente cumple con todo lo que promete. Es una novela extraña, difícil de clasificar: a veces da la sensación que es una novela de formación, a veces parece la típica novela realista que describe un matrimonio destinado a fracasar desde el principio, a veces es como un relato de intriga en que se tiene que resolver un asesinato, a veces se asemeja a una novela psicológica e introspectiva sobre la formación del carácter de uno, y a veces incluso es una novela de toques kafkianos que reflexiona sobre temas tan rimbombantes como la culpabilidad y la libertad.
El protagonista se llama Conrad Castiletz y, cuando es niño, le pregunta a su amigo cómo llegó a aficionarse a recopilar y memorizar datos sobre los anfibios. Su amigo le dice que sería bueno poder decir que un día se sentó y decidió que lo que más le interesaba aprender era el tema de los anfibios, pero que ya sabe que las cosas no van así. Creemos que somos libres, pero no lo somos ni cuando elegimos nuestras aficiones, porque siempre hay una serie de circunstancias que nos guían hacia un camino determinado. Al ya joven Conrad le fascina pero a la vez teme aquellas personas que son capaces de cambiar de raíl, tal como él mismo lo define. Se refiere a las personas que son capaces de mandar al traste la vida que tienen planteada delante de ellos para seguir otro camino.
Conrad fantasea con la posibilidad de cambiar de carril, pero lo hace de forma vaga y sus fantasías se encarnan en la hermana muerta de su mujer, a la que él nunca llegó a conocer pero podría haber conocido si el destino hubiera sido distinto. La hermana muerta representa una vida que podría haber sido y no ha sido; Conrad se obsesiona con ella, se enamora de una quimera, pero en realidad sigue sin cambiar de raíl. Conrad, como la mayoría de los hombres, es aún un niño, porque en realidad aún no ha tomado ninguna decisión, se ha limitado a ir siguiendo el camino que tenía trazado, aceptando todo lo que venía, sin tener que esforzarse para conseguirlo pero también sin llegar a gozarlo realmente. Pero como todo llega en esta vida, un día Conrad toma la primera decisión en su vida y ésta es investigar el asesinato de la hermana muerta.
La primera frase de la novela compara la infancia con un cubo que nos encajan encima de la cabeza y que llevamos durante toda la vida. La infancia de Conrad está sobre todo marcada por los arrebatos de ira de su padre cuando no encontraba algo porque no estaba en su lugar habitual. De ahí le viene a Conrad un trastorno obsesivo compulsivo que le obliga a tenerlo todo siempre bien ordenado, especialmente sus asuntos personales; de ahí que a él le sea especialmente complicado lo de desviarse del camino trazado. Y de todo esto también se desprende la idea de que en realidad no somos libres, que venimos a la vida a interpretar un papel que nos ha sido dado pero que no hemos elegido, que incluso nuestro carácter viene marcado por las circunstancias que nos han tocado. Incluso hay un personaje de la novela que se dedica a coleccionar amistades teniendo en cuenta el arquetipo que encarnan y que a él le gustaría añadir a su colección.
Y llega el final y todo confluye de una forma muy dramática y que a primera vista podría parecer poco verosímil, pero lo cierto es que todo ya nos ha sido anticipado, de modo que en realidad no hay trampa ni cartón. Es un final brutal que viene a decirnos que incluso los más pequeños hechos tienen sus consecuencias, que probablemente somos culpables de muchas desgracias acaecidas a otros sin que nosotros lo sepamos, pero esto no quita que seamos menos culpables. Es un final en el que todo confluye, incluso los más mínimos detalles (como un timbre que suelta una chispita al sonar) y todo queda perfectamente ligado. Es una novela inquietante, pero con un sentido del humor muy particular. Es original y poética de una forma no vista, con una enorme cantidad de imágenes que se repiten obsesivamente (las salamandras, una postal de un arlequín olvidada, un camión amarillo, la bebida más razonable, el benjamín, el vaso que está a punto de caer) y que ayudan a aumentar la sensación de inquietud y de que todo está conectado y atado y nada queda al azar, y por tanto, que en realidad no somos libres.(less)
Estaba escrito que, con un título como ‘Cuentos que acaban mal’, servidora tenía que acabar leyendo este libro tarde o temprano. Ciertamente el libro...moreEstaba escrito que, con un título como ‘Cuentos que acaban mal’, servidora tenía que acabar leyendo este libro tarde o temprano. Ciertamente el libro da lo que este título promete; se trata de cuentos breves y oscuros, sobre temas como el mal, la muerte, la crueldad, el sufrimiento. A veces me da la sensación que este húngaro es una especie de mezcla entre Edgar Allan Poe y Franz Kafka. Sus cuentos siempre son angustiantes y en ocasiones terroríficos. Y se nota que Géza Csáth sabe de lo que habla. Reconozco que es fácil decir esto sabiendo lo mal que terminó su vida, pero es cierto: se nota que Csáth sabe de lo que habla, cosa que hace estos cuentos doblemente escalofriantes.
Cuando digo que la historia de Géza Csáth terminó muy mal no lo digo por decir, no estoy exagerando. Él era un joven prodigio, psiquiatra y escritor, amigo de Dezsó Kostolányi, y en principio no le faltaba de nada y derrochaba talento, pero se volvió adicto a la morfina y acabó suicidándose a los 32 años, después de asesinar a su esposa. En sus cuentos, el mal es una entidad abstracta y misteriosa, pero muy real, que viene de fuera y que se acaba instalando dentro de nosotros. Es un silencio negro que se acerca amenazador, una rana grande y peluda que es indicio de mal agüero, un miedo que nos despierta por la noche y ya no nos deja volver a dormir, un jardín exuberante que puede que esconda secretos macabros. Un tipo especial del mal es el que practican los niños como si fuera algo totalmente inocente, esa crueldad disfrazada de juego, y probablemente los cuentos que hablan de este mal sean los más brutales.
Luego está la muerte. Hay un cuento sobre un hijo que tiene que ir a recuperar el cadáver de su padre que ha sido entregado a la ciencia, el de un colegial al que la muerte viene a buscar, el de un mago que es espectador de su propio velatorio, el de dos celadores que arreglan el cadáver de un condecorado militar, el de un joven que persigue a una quimera y encuentra la muerte, etc. Y, aún así, probablemente uno de los cuentos más duros sea el de unos músicos que llegan a una ciudad de provincias donde lo último que se aprecia es el arte en general y la música en particular. Probablemente sea el más duro porque habla de las desilusiones y los sinsabores de la vida, de renunciar a los sueños y verse obligado a asentarse en la mediocridad. Todos los cuentos son demoledores, pero probablemente éste es el que me lo ha parecido más, sencillamente porque es el que me es más cercano y, por eso, el más terrible.
Los dos primeros cuentos de esta recopilación de relatos del primer ruso con el premio Nobel de literatura me hicieron presagiar lo peor. Tantas flori...moreLos dos primeros cuentos de esta recopilación de relatos del primer ruso con el premio Nobel de literatura me hicieron presagiar lo peor. Tantas florituras descriptivas del tipo “los pajaritos cantan y las nubes se levantan” estuvieron a punto de acabar con mi paciencia. Al cuento titulado ‘El amor de Mitia’, que es tan largo que prácticamente es una novela corta, si le quitáramos todas las descripciones del paisaje se quedaría en la mitad de su extensión. Aún así, la forma delicada en que describía la relación amorosa entre dos jóvenes desde el punto de vista del chico, con las típicas dudas, celos y el choque entre idealización y realidad, me mantuvieron enganchada lo suficiente como para darme cuenta de que en los cuentos posteriores, Bunin va refrenando este descriptivismo excesivo (para mi gusto), más típico de los cuentos del siglo XIX que del XX.
Quizás mi problema es que los primeros cuentos que leí fueron los de Raymond Carver y de ahí debe venir, en gran parte, mi amor por los cuentos concisos y que me aburra el exceso de descripciones paisajísticas. Se ve que en su juventud Bunin consideraba a Chéjov “demasiado moderno”, más tarde se fue reconciliando con él, y es una evolución que creo que se nota en sus cuentos. Aún así, nunca llega a la altura de Chéjov, pero hay algunos cuentos realmente buenos. Hay uno sobre el reencuentro casual de dos personas que en un pasado lejano fueron amantes y que está lleno de nostalgia y melancolía. Hay un par sobre un rollo de una noche que se inicia en un barco que navega por el río Volga y que están llenos de sensualidad.
Una de las cosas que más me ha gustado de Bunin es la forma en retratar la sexualidad. No se anda con mojigaterías y no obvia el papel que el sexo tiene en las relaciones entre hombres y mujeres, e incluso llega a describirlo sin la elipsis de rigor. En otro de sus cuentos hay una chica de catorce años que, con la excusa de que aún es una niña, se sienta en las rodillas del protagonista y lo besa y lo acaricia sin pudor, con inocencia fingida, delante de todos. Por otro lado, lo que menos me ha gustado de los cuentos de Bunin son sus finales, parece que siempre tiene que palmarla alguien de forma precipitada y efectista en la última línea. La primera vez te deja algo descolocada e impresionada, pero cuando ya van cuatro o cinco ya empieza a parecerte ridículo. En este caso sí que es la antítesis de Chéjov y me parece un truco muy burdo para manipular al lector.
Aún así, obviando las dos últimas líneas, los cuentos de Bunin, si bien no son excelentes, sí que son interesantes y en ocasiones realmente notables. Puede que mis más favoritos de esta edición sean los que pasan en el exilio; son los más amargos y tristes. Y uno pasa en el París de los años treinta, cuyo ambiente Bunin retrata a la perfección y me ha hecho recordar el París de mi adorada Jean Rhys. Pero creo que el que resume a la perfección el estilo de Bunin es ‘Natalie’: un tipo educado y egocéntrico se debate entre el amor puro y el amor físico, la pifia y pierde a la mujer que realmente amaba, se pasa media vida amargado y puede que al final la reencuentre, pero la felicidad sólo durará cuatro días porque en las últimas líneas inevitablemente alguien la palmará.
En realidad, parece que todos los cuentos de Bunin son más o menos así, siguen este mismo patrón, y, aún así, Bunin es lo suficientemente buen narrador como para atraparnos cada vez. Los personajes siempre son los mismos y, encima, responden a arquetipos, pero yo creo que el Bunin real debía ser precisamente este arquetipo de intelectual culto y egocéntrico que se come mucho el tarro y que se cree muy especial, y que en sus cuentos no hace nada más que relatar una y otra vez su vida. Y aún así, funciona, realmente sabe plasmar en el papel las relaciones sentimentales entre hombres y mujeres. (less)
Por supuesto que ‘Los siete ahorcados’ de Leonid Andreiev es una obra contra la pena de muerte, pero es mucho más. Los cinco ahorcados del título son...morePor supuesto que ‘Los siete ahorcados’ de Leonid Andreiev es una obra contra la pena de muerte, pero es mucho más. Los cinco ahorcados del título son cinco terroristas que intentaron cometer un atentado, un hombre bruto e inculto que en un momento de enajenación mató a su amo sin saber muy bien lo que estaba haciendo, y finalmente un bandido profesional que lleva toda una vida de crímenes sin arrepentirse nunca de ninguno. Lo que es magnífico de esta obra es la capacidad de Andreiev de introducirse en la mente humana; es capaz de dotar a todos estos siete personajes de una personalidad única que reacciona de una forma particular ante la inminencia de la muerte.
Esta novelita empieza con un capítulo que nos describe la rutina del ministro que los terroristas pretenden asesinar, y como esta rutina se interrumpe ante la noticia de la detención de dichos terroristas, y como a partir de este hecho el miedo a la muerte se apodera del ministro en cuestión. Este primer capítulo, obviamente, pretende poner un paralelismo entre el asesinato de un hombre y la pena de muerte, para decirnos que todo es igual de terrible, que saber la hora en la que uno va a morir debe ser terrible, pero que, en cualquier caso, morir también puede ser terrible. ‘Los siete ahorcados’ no es sólo un panfleto, no habla sólo de la pena de muerte, sino también simplemente de la muerte.
El clímax de esta obra es casi inaguantable. Todo el último trayecto hacia el patíbulo que comparten los siete condenados a muerte, la extraña relación llena de amor y solidaridad que se establece entre todas estas personas que saben que van a morir antes que amanezca, son de una intensidad pocas veces conseguida en literatura. Ciertamente es de una intensidad angustiante, tanto que uno tiene que hacer una pausa en la lectura para tomar aire. Y es magnífico cuando las palabras escritas son capaces de conseguir esto.
Mi edición de ‘Los siete ahorcados’ se completa con otro relato largo o novela corta (llamadlo como prefiráis) titulado ‘Un pensamiento’. Se trata de ocho cartas que está escribiendo un hombre que está siendo juzgado por el asesinato de un amigo y que dirige a unos supuestos doctores que tienen que determinar si está loco o no. Al ser un relato en primera persona nunca sabemos del cierto si el narrador nos dice la verdad o nos está engañando como a unos tontainas; de hecho, este mismo narrador juega con esta idea, deja caer que quizá estemos pensando que él nos está engañando.
El narrador pronto expone cómo asesinó a su amigo y el “motivo” oficial por el que lo hizo y podría parecer que, una vez nos ha confesado esto, ya no hay nada más que contar, pero para Andreiev esto no es lo más importante, para él lo más importante es adentrarse en la mente del protagonista, escarbar hasta llegar a los lugares más oscuros del alma, analizar todos los recovecos de lo que llamamos cordura. Y es que se trata de una obra que intenta dibujar la fina línea que separa la locura de la razón, sabiendo que nunca podrá hacerlo con precisión. ¿Es posible que alguien se vuelva loco por fingir que está loco? ¿Nos acabamos convirtiendo en lo que fingimos ser?
Es lo primero que leo de Leonid Andreiev, pero ya me ha quedado claro que su especialidad es adentrarse en la mente de los personajes, tratar el tema de la muerte y dejar claro que la verdad absoluta no existe (o si existe, no importa, porque nunca podremos conocerla). Pero, además, es un escritor lírico, alguien capaz de saber apreciar y transmitir, la épica y la poesía que hay en detalles perfectamente cuotidianos, como el chanclo negro que perdió un ahorcado de camino al patíbulo y que ahora, abandonado y solitario, contrasta con la blanca nieve. (less)
Siempre digo que Antón Chéjov es uno de mis escritores favoritos. Pero mi amor por él se cimienta principalmente en su teatro, porque sus cuentos los...moreSiempre digo que Antón Chéjov es uno de mis escritores favoritos. Pero mi amor por él se cimienta principalmente en su teatro, porque sus cuentos los he leído mucho menos. En la biblioteca hay un tocho con absolutamente todos sus cuentos y empecé a leerlos de allí, pero el problema (además de que el libro pesa mucho) es que están por orden cronológico y, por más que idolatre Chéjov, tengo que reconocer que sus primeros relatos no son muy chéjovianos; son demasiado sentimentales para mi gusto; la influencia de Guy de Maupassant pesa demasiado y hay poco del estilo personal que tan grande hace Chéjov. El caso es que empecé a leerlos por orden cronológico, pero pronto me cansé, porque aunque no fueran malos eran demasiado sensibleros.
Así que ahora voy leyendo los cuentos de Chéjov a través de varios recopilatorios incompletos, que tienen títulos tan neutros como éste ‘Cuentos’ (de la Editorial Pre-Textos) que he leído ahora. Los cuentos de esta edición están impecablemente escogidos, con la excepción de ‘Vanka’, que es un cuento que ya había leído antes y que odio bastante. Pasa en Navidad y encima va de un niño muy desgraciadito que no tiene nadie en el mundo y sufre mucho, y no hay nadie que le pueda ayudar. Es de esos cuentos sensibleros que mencionaba antes y que me pueden irritar bastante, por más que alguien me pueda venir argumentando que el final tiene un punto de humor amargo y trágico y yo qué sé. Es sentimentaloide. Y punto.
Pero todos los demás son perfectos. ¿Y qué es lo que los hace perfectos? No lo tengo del todo claro, pero estaba yo leyendo un relato titulado ‘La novia’ y de pronto el narrador cuenta que dos personajes estaban en la estación esperando el tren y uno invitó al otro a té y manzanas y me dije: “¡Es esto!” Sí, el té y las manzanas es lo que hace tan perfecto y único a Chéjov. Son estos detalles, en apariencia insignificantes, pero que te hacen revivir la escena como si Antón hubiera estado allí, como si tú estuvieras allí en aquel preciso momento. Y es que en Chéjov todo es tan tangible, tan cercano, tan real.
Los cuentos de Chéjov suceden en los mismos escenarios que sus obras teatrales, tienen los mismos personajes, con las mismas frustraciones de siempre; tienen el mismo sentido del humor amargo y la misma melancolía. Puede que siempre cuente lo mismo: la historia de un personaje desencantado con la vida pero que no le queda más remedio que seguir viviendo, pero siempre con matices nuevos. Me gusta que en los cuentos de Chéjov no haya ninguna revelación, ningún clímax, que todo pase de forma natural y pausada. Se podría decir que en realidad poco pasa, pero esto sólo es en la superficie, porque en la psicología de los personajes se debaten nostalgias mal reprimidas, deseos frustrados, sinsabores no superados, una aversión a la rutina que no se puede disimular, un tedio que lo empaña todo.
Creo que el cuento que más me ha gustado es ‘La novia’, sobre una joven que tiene que casarse pero que se da cuenta que nunca ha querido a su prometido y que sabe que no soportará la vida monótona que le queda por delante. Es como una novela en miniatura, pero lo que me gusta más es que, contrariamente a lo habitual en Chéjov, es algo esperanzadora. La novia al fin puede llevar una vida que la satisface más, aunque es a costa de romper completamente con su vida anterior y hacer daño a los que más la quieren.
Luego también me ha fascinado ‘El profesor de ruso’, sobre un joven que está enamorado y que al fin consigue lo que quiere, pero un día se da cuenta que, a pesar de que está llevando la vida que siempre había deseado, resulta que es una vida vacía e insatisfactoria. Lo que acaba de hacer redondo este relato son dos personajes secundarios (y es que otra de las virtudes de Chéjov es que sabe crear unos secundarios maravillosos con un par de trazos firmes): el profesor de geografía que sólo vive para corregir los deberes de sus alumnos y que no sabe decir nada más que lugares comunes, y la hermana mayor de la enamorada del profesor de ruso, una chica con carácter, inteligente e ingeniosa, pero que parece destinada a quedarse para vestir santos.
Pero es que todos los cuentos son memorables. Está ‘La crisis’ sobre un joven estudiante que es arrastrado a los burdeles por dos compañeros y allí descubre que la realidad no es como se la imaginaba, algo que le angustia tanto que acaba teniendo una crisis y es realmente sobrecogedor como Chéjov narra los momentos en que el protagonista siente tanto dolor que sólo desea morir porque así se terminará de una vez ese dolor. También está ‘El Reino de las mujeres’ protagonizada por una joven que ha heredado mucho dinero de su padre pero se siente terriblemente sola. Y luego ‘La onomástica’, que describe a la perfección la incomunicación que hay entre una pareja de casados y cómo ésta los va alejando irremediablemente el uno del otro. (less)
Este año empecé con la tarea de leer uno de los grandes (grandes por famosos) rusos que me quedaban por abordar. Me refiero a Iván Turguéniev. El libr...moreEste año empecé con la tarea de leer uno de los grandes (grandes por famosos) rusos que me quedaban por abordar. Me refiero a Iván Turguéniev. El libro con el que empecé fue ‘Primer amor’ y, aunque no me desagradó, sí que me decepcionó bastante; pero aún así me dejó con ganas de leer más de este autor. Así que, a través de una recomendación, elegí 'Padres e hijos' y aquí estoy.
Efectivamente, ‘Padres e hijos’ me ha gustado mucho más que ‘Primer amor’. Está igual de bien escrita (con pasajes realmente bellos), pero es más compleja, con personajes más interesantes y mucha más miga. Aún así, tengo que reconocer que me ha gustado más la primera parte que la segunda. En la primera, Turguéniev nos habla de choques generacionales, mientras que en la segunda, como si se olvidara de cuál es el título de la novela, nos pasa a relatar una serie de amoríos, que es un tema literario mucho más sobado que no el de las relaciones entre padres e hijos; y aunque sigue estando bien, es algo mucho más visto.
Supongo que el protagonista de la novela es Bazárov, el nihilista interesado sólo en la ciencia que rechaza cualquier ápice de sentimentalismo. A mí Bazárov nunca me ha acabado de gustar, me ha parecido mucho más unidimensional de lo que él se cree que es, y encima con un desarrollo algo previsible. Mucho más fascinante he encontrado al tío Pável, un exdandy sentimental y un auténtico aristócrata conservador, pero muy irónico e ingenioso. También he encontrado muy interesante a Odintsova, que es la verdadera nihilista de este libro, la que no es capaz de sentir nada más que sentimientos totalmente superficiales y sobre todo tedio.
Como ya he apuntado lo que más me ha gustado del libro es cómo describe la oposición entre la forma de ver el mundo de los jóvenes rusos de mediados del siglo XIX y la de sus padres, pero Turguéniev tiene la habilidad suficiente cómo para que este choque generacional sobrepase las coordenadas espaciotemporales concretas y se convierta en un choque universal que se produce en todas las generaciones. Y lo que aún es más bonito es como, a pesar de lo diferentes que son y de que no hay manera de que se puedan entender, en la relación entre padre e hijo aún hay una corriente de afecto que no se sabe bien cómo expresarse.
Y es que me gusta que existan novelas que traten de algo más que de relaciones amorosas. Muchas veces me da la sensación que todos los autores ponen su empeño en describir relaciones amorosas entre chico y chica y descuidan otro tipo de relaciones (ya sean familiares o de amistad) en las que también hay amor. Ah, y encima, 'Padres e hijos' también tiene algo que no puede faltar en toda buena novela rusa, un duelo, y es de los buenos: los personajes saben que es una estupidez batirse en un duelo pero no tienen otra salida. Y el final también me ha gustado: al principio me pareció algo anticlimático y decepcionante, pero pensado en frío veo que se ajusta muy bien al sentido nihilista de fondo que tienen la obra.(less)
Vale que quizás no pueda ser del todo objetiva, porque soy lo que se podría llamar fan de Franzen, pero esto no quita que ‘Libertad’ sea un novelón. T...moreVale que quizás no pueda ser del todo objetiva, porque soy lo que se podría llamar fan de Franzen, pero esto no quita que ‘Libertad’ sea un novelón. Tampoco es ninguna sorpresa; ‘Las correcciones’ ya lo era. Cuando digo “novelón” me refiero a una novela de esas que ya (casi) no se escriben, de esas novelas largas con personajes memorables por lo bien escritos que están, de esas novelas inteligentes y complejas que son capaces de retratar con fidelidad una época concreta pero que a la vez tienen ese aroma a clásico que te hace intuir que van a aguantar el paso del tiempo. Me ha gustado incluso más que ‘Las correcciones’, entre otras cosas, porque aunque las dos enganchan muchísimo, ‘Las correcciones’ tiene algunos (pocos) altibajos que ‘Libertad’ no tiene.
Otra vez se trata de la historia de una familia realmente jodida que se está desintegrando, una historia enmarcada en un contexto social muy concreto que le permite a Franzen hacer un comentario crítico de lo mal que está el mundo, una crítica que en ningún momento entorpece la narración. Ésta vez la familia está formada por un matrimonio entre un hombre bueno ecologista y una exjugadora de baloncesto que se ha convertido en ama de casa para cuidar a sus hijos. Pero ese matrimonio en realidad es más bien un triángulo, porque se le tiene que sumar el mejor amigo del marido, una estrella del rock.
Pero éste no es el único problema, también está la complicada relación que el hijo de esta familia mantiene con sus padres, porque se trata de un niño que ha crecido siempre acompañado de la adulación de su madre y que ahora sólo le preocupa hacer la mayor cantidad de dinero en el mínimo tiempo posible, cosa que involucrará hacer negocios sucios con la ocupación de Irak (aunque que quede claro que Franzen no raja sólo de la guerra de Irak y el capitalismo descarnado, sino también de la superpoblación, la limitación de los recursos naturales y la presunta libertad, claro está; más que nada las libertades individuales que acaban entrando en conflicto, pero también como las elecciones que tomamos libremente pueden acabar siendo una prisión).
Todos los personajes son personas egoístas y narcisistas, ensimismadas en sí mismas, gente bastante odiable. Y aún así (o quizás precisamente por esto) son perfectamente reales. Me gusta que incluso el hombre bueno y generoso, amante de la naturaleza y los pájaros (un poco un alter ego de Jonathan, no lo neguemos) también quede como un capullo, por lo pasivo-agresivo, egocéntrico y colérico que puede llegar a ser. Y ya que estoy enumerando cosas que me han gustado, voy a decir que algo que me ha encantado especialmente ha sido la relación de amistad competitiva entre el alter ego de Jonathan y la estrella del rock, que no deja de ser un alter ego de David Foster Wallace, y no sólo porque masque tabaco y sea un pendón, no lo neguemos.
Pero, aún así, lo mejor de ‘Libertad’ no llega hasta las últimas 100 páginas y es lo que la distingue más (y para mejor, según mi opinión) de la anterior novela de Franzen. Mientras que ‘Las correcciones’ era terriblemente amarga y se notaba que era obra de un escritor amargado e irado, en ‘Libertad’ hay una evolución hacia la reconciliación con el entorno, con los que nos rodean y con nosotros mismos. Nos viene a decir que del mismo modo que puede que algún día seamos capaces de dejar la ira y los viejos rencores atrás, también es posible que a los que hemos hecho daño sean capaces de perdonarnos por nuestros errores. Y es ahí donde Franzen me ha hecho llorar. De verdad. Y esto no es algo que hayan conseguido muchos escritores. Y Franzen lo ha hecho de forma honesta y sincera, de forma magnífica; como magnífico es todo en este novelón. (less)
A pesar de mi poca experiencia con Henry James, me atrevo a decir que no es un autor precisamente fácil: sus descripciones son exhaustivas hasta el pa...moreA pesar de mi poca experiencia con Henry James, me atrevo a decir que no es un autor precisamente fácil: sus descripciones son exhaustivas hasta el paroxismo, el ritmo de la narración es concientemente lento, es pulcro y detallista hasta la exasperación… A veces se pasa de la raya, como en ‘La copa dorada’ (libro que confieso que no tuve fuerzas para terminar), pero a veces se queda justo al límite como por un milagro de equilibrista consumado, como es el caso de ‘Retrato de una dama’ y también ‘Las bostonianas’. Ésta última es una novela que te pide cierto esfuerzo y cierta paciencia, pero al final, una vez has superado los primeros escollos y te has acostumbrado a su forma, la recompensa es muy grande.
Si me preguntan de qué va ‘Las bostonianas’ diría que va de una lesbiana feminista de la segunda mitad del siglo XIX que se enamora de una chica y que en la primera cita ya le pide que se vayan a vivir juntas. Esta descripción del argumento reconozco que es la más llamativa, la que pretende pillar a los lectores por el supuesto morbo, pero no deja de ser cierta. Más exactamente se podría decir que va de una prima y un primo, que se conocen y no se soportan, y luego se enamoran de la misma mujer. La prima es una solterona que ha consagrado su vida a la lucha para la emancipación y la igualdad de la mujer; es una persona seria, apasionada, sufridora y determinada. El primo es un hombre del sur que pasa por dificultades económicas; es el típico caballero del sur, galante con las mujeres pero con un ideario conservador.
¿Y cómo es el objeto de deseo de estos dos primos? Para unos es una furcia que sólo busca atención y elogios, para otros es un ser puro consagrado a la causa feminista. Probablemente ninguno de los dos tenga razón, probablemente sea un poco de las dos cosas; es una oradora comprometida con un talento extraordinario pero también una persona social y alegre. Tiene su punto frívolo y superficial, pero también su punto de luchadora por la igualdad. Y creo que en parte su tragedia es ésta, que está entre dos mundos opuestos y que nadie puede entenderla tal como es. Los dos primos se enamoran de ella pero para cambiarla; parecen ser incapaces de aceptarla tal como es. Aunque también se podría argumentar que la tragedia de esta chica es que es débil de carácter, excesivamente dócil, que se deja llevar demasiado fácilmente por los que la presionan.
No pasa mucho en la novela. Henry James se puede tirar casi 100 páginas para describir una velada, es decir, para narrar no más de unas tres horas. Aunque más que narrar lo que hace James es describir. No narra una historia sino más bien describe la psicología de unos personajes. Describe la oposición de caracteres entre Boston, Nueva York y el Sur. También describe la manipulación, egoísmo, celos y sentimiento de culpa que puede haber en cualquier relación amorosa. En lo que se refiere a la trama, uno pronto adivina qué va a pasar y cómo va a terminar todo, pero esto poco importa, lo que importa es cómo va a pasar lo que sabemos que va a pasar. James es un maestro a la hora de describir la psicología de sus personajes y, encima, es capaz de ser despiadado con ellos al presentarlos como unos seres vanidosos y egoístas, pero tan humanos y reconocibles, y además lo hace todo con una pizca de sutil sentido del humor. De verdad que hacía tiempo que un libro no me maravillaba tanto. (less)
Nikolai Leskov nunca se encontrará entre los escritores rusos más originales e innovadores (es demasiado intencionadamente arcaico para esto), pero sí...moreNikolai Leskov nunca se encontrará entre los escritores rusos más originales e innovadores (es demasiado intencionadamente arcaico para esto), pero sí que debe ser uno de los grandes maestros rusos de la narración, que no de la novela. Sus obras tienen mucho de oral, mucho de historias contadas en voz alta alrededor del fuego. Tiene en su posesión numerosos recursos para atrapar al lector: sabe inserir historias dentro de historias, encadenar un relato tras otro y terminar todos los capítulos de un modo que sientas una necesidad irrefrenable de continuar con el siguiente.
‘Una familia venida a menos’ narra la historia de los Protozánov, una familia noble y antigua que las ha pasado de todos los colores, aunque más que nada se centra más en la abuela de la narradora, toda una matriarca rusa, con tanto carácter como bondad. En la primera parte se nos relatan a grandes rasgos los orígenes de la familia y luego se pasa a describir la vida de la princesa Varvara Nikanórovna en el campo y sobre todo la de los personajes excéntricos y muy rusos que la rodean. Así, se nos cuenta la vida de personajes estrafalarios y carismáticos, con lo cual más que delante de una novela estamos delante de una serie de narraciones encadenadas.
En la segunda parte, la princesa se instala en San Petersburgo y es como si Leskov pretendiera dejar de hacer lo que se le da mejor (hilvanar historias) para intentar hacer una novela con una trama lineal y el resultado es que la segunda parte no está a la altura de la primera y a ratos incluso se vuelve tediosa y pierde la frescura que hasta ahora le había caracterizado. En San Petersburgo, la princesa tiene que lidiar con una hija que se ha criado en un colegio selecto y se ha convertido en una muchacha caprichosa y frívola, pero también con los intrigantes que por fuerza siempre hay en ciudad.
El final es abrupto e insatisfactorio para nuestros cánones, pero si una reflexiona un poco cae en la cuenta de que para el Leskov creador de narraciones el final de un libro es algo secundario y es por eso que no vale la pena molestarse en hacer uno que no sea precipitado. A pesar de todo, se trata de una obra interesante y agradable. Ciertamente es muy rusa y algo anacrónica, pero estos son sus principales encantos. El estilo es directo y fresco, y fluye que es una maravilla. Sin duda, ante todo, es una obra perfectamente narrada. (less)