‘Stoner’ de John Williams se podría resumir como “la vida es una mierda y al final te mueres”. Tampoco es que pase nada trágico. En realidad prácticam...more‘Stoner’ de John Williams se podría resumir como “la vida es una mierda y al final te mueres”. Tampoco es que pase nada trágico. En realidad prácticamente no pasa nada: un hombre procedente de un entorno rural se va a estudiar a la universidad, se convierte en profesor universitario, se casa, tiene una hija, una amante y, al final, se muere. Nada trágico. Aunque probablemente llevar una existencia infeliz y vacía de sentido también se pueda calificar de trágico. Es una novela que nunca carga las tintas, pero que está empapada de tristeza. Nunca lo dice abiertamente, pero parece claro que lo que quiere transmitir es que no sólo la vida del protagonista es fútil sino que, de hecho, todas las vidas lo son. Me han gustado muchas cosas de esta novela, pero supongo que la que más es que ha sido capaz de hurgarme en las entrañas y contagiarme esa tristeza tan sutil pero a la vez tan abrumadora.
William Stoner es el hijo único de unos padres granjeros, sabe lo que es trabajar duramente pero sabe que es lo que le ha tocado y no lo cuestiona, hasta que un día el padre le dice que va a ir a la universidad a estudiar agricultura porque la tierra cada vez produce menos y le han dicho que ahora se han inventado cosas nuevas que podrían ayudarles. Stoner no se plantea si tiene ganas de ir a la universidad o no, simplemente lo acepta porque lo ha dicho su padre. En primer curso hay una asignatura obligatoria de literatura, es la que le cuesta más a Stoner, él toma apuntes febrilmente, estudia hasta caer rendido, pero aún así no entiende qué es lo que quiere el profesor que él haga. Hasta que un día el profesor, en medio de una clase, se dirige directamente a él para preguntarle qué cree que Shakespeare nos quiere decir en uno de sus sonetos; Stoner intenta recitar algo que ha leído u oído en alguna de las clases, pero el profesor pierde la paciencia y lo hace callar porque está harto de oír bobadas. Y es así como empieza todo.
Es a partir de ahí (de una clase de literatura) que Stoner toma conciencia de su individualidad, de que es un ser que puede pensar por sí mismo, formarse opiniones propias e incluso tener sentimientos. Pero también es a partir de ahí que empieza a sentirse solo, a anhelar algo más y a sentirse infeliz porque no es capaz de conseguirlo. Stoner se olvida de la agricultura y, sin decir nada a casa, se matricula sólo de asignaturas de literatura y humanidades. A partir de entonces Stoner lee mucho y llegamos al tópico de que los libros son sus únicos amigos. Es a partir de los libros que él aprende a amar y a vivir, sin haber amado ni vivido realmente. Pero, cuando vuelve a casa, se da cuenta de que cada vez se va alejando más de sus padres, pero paradójicamente cuánto más se aleja de ellos, más afecto siente por ellos. Y toda esta parte es realmente magnífica.
Pero también me ha gustado cómo apunta la mediocridad y la mezquindad que hay en la vida académica, cómo describe la incomunicación y el odio que se puede establecer en un matrimonio que se acaba convirtiendo en un campo de batalla, lo tópicas que son las relaciones extramatrimoniales por más que uno intente que no lo sean, y tantas otras cosas. Es una novela muy rica y, aunque se ambiente en la primera mitad del siglo XX, terriblemente actual. Y tampoco puedo dejar de mencionar lo bien construidos que están los personajes. Tanto el protagonista, como su mujer, su amante y su hija, son personas tímidas e infelices, pero cada cual lo es a su manera particular y propia. No creo que nunca haya leído una obra que describa tan bien a los tímidos como ésta. (less)
Da la sensación de que Andréi Platónov escribe como si nadie antes que él hubiera escrito y como si, después, nadie hubiera de leer lo que él ha escri...moreDa la sensación de que Andréi Platónov escribe como si nadie antes que él hubiera escrito y como si, después, nadie hubiera de leer lo que él ha escrito. Escribe sin mirar atrás, quemando todos los puentes, avanzando a toda prisa como si se estuviera acabando el mundo. Quizás realmente se esté acabando, porque el paisaje que describe Platónov tiene un aire postapocalíptico fascinante. ‘Chevengur’ empieza en la Rusia pre-revolucionaria, cuando el hambre y la muerte campan a sus anchas en un territorio desolado, yermo y solitario. Y la fuerza que tiene el estilo de Platónov es incomparable.
‘Chevengur’ no está dividida en capítulos, no hay ninguna pausa en la narración, fluye con una intensidad y una rapidez ejemplares, pero aún así podemos dividirla en partes. En la segunda, después de que haya habido la revolución y la guerra civil esté prácticamente terminada, dos hombres salen a buscar el verdadero socialismo, que puede que haya surgido de forma natural en algún pueblo aislado. Son una especie de Quijote y Sancho Panza. Se llaman Kopionkin y Dvanov. El primero es el más idealista y el segundo el más práctico. El primero monta un caballo que se llama Fuerza Proletaria y también tiene su Dulcinea particular. En su caso se trata de Rosa Luxemburgo; es el amor que siente por esta mujer que fue asesinada y el deseo de ir a visitar su tumba cuando todo haya terminado que le ayudan a seguir adelante.
Kopionkin y Dvànov vagan por la estepa y encuentran campesinos endurecidos y analfabetos que intentan adaptar el socialismo “al pie de la letra”, lo cual da pie a situaciones de lo más absurdas y grotescas. Aquí empieza la sátira pura y dura, que impidió que esta novela fuera publicada en vida de Platónov. Sin embargo, ya antes, toda la novela ha sido plagada de un humor muy particular, incisivo y brutal, a veces sutil y a veces basto, pero siempre con un punto cruel.
Kopionkin y Dvanov no encuentran el socialismo que estaban buscando, se separan y vuelven a sus vidas insatisfactorias. Kopionkin sigue soñando con Rosa Luxemburgo pero cada vez está más desilusionado. Además, echa de menos a su amigo. Entonces, empiezan a llegar noticias de que en Chevengur, un pequeño pueblo perdido en la estepa, se ha implantado el verdadero comunismo, y será allí donde acabarán reencontrándose los dos protagonistas. Entonces empieza la tercera parte, la única que sucede en Chevengur, una parte que sigue teniendo un aire satírico, pero a la vez habla de la nostalgia que sienten todos estos hombres rudos que han llevado una vida muy dura, una nostalgia en lo más profundo por algo que nunca han tenido.
Se dice que Chevengur es un pueblo de paso que se creó cuando una serie de personas decidieron asentarse allí para esperar la segunda venida de Jesucristo que les iba a traer la felicidad completa. Ahora, Chevengur está habitada por hombres que confiaron que el comunismo también les traería la felicidad completa, pero empiezan a darse cuenta de que por más que ahora tienen para comer, siguen sintiendo una tristeza desgarradora y una soledad angustiante que nada puede mitigar. En Chevengur hay dos figuras que destacan encima de las otras, otro Quijote y otro Sancho Panza, a la manera de Kopionkin y Dvanov, uno es más práctico y el otro más idealista, pero los dos (como todos los personajes de esta novela) se sienten solos y necesitan del amor y del calor de sus semejantes. Y es precisamente esto lo que hace que esta novela trascienda los límites de la sátira, la literatura de denuncia, la recreación de una época determinada, y llegue a lugares a los que pocos libros suelen llegar. (less)
Hasta la fecha, de Edith Wharton, había leído dos novelas: ‘La edad de la inocencia’ (que adoré) y ‘Ethan Frome’ (que era tan insípido que no me supo...moreHasta la fecha, de Edith Wharton, había leído dos novelas: ‘La edad de la inocencia’ (que adoré) y ‘Ethan Frome’ (que era tan insípido que no me supo a nada). Con esta colección de cuentos suyos que ahora he leído (titulada ‘Encanto y compañía’) pasa algo parecido: hay algunos cuentos que me parecen perfectos y otros que me dejan bastante fría. Le doy muchas vueltas y la única conclusión a la que llego es que si hay unos que me llegan más que los otros es porque algunos tienen una voz narrativa particular que me parece tan real como si me estuvieran contando la historia al oído. Lo cual es lo mismo que no decir nada.
Ciertamente no es por el tema, cosa que parecería la respuesta más obvia. El primer cuento de esta recopilación se titula ‘Las vistas de la señora Manstey’ y va sobre una señora mayor, que se ha quedado sola y que en la vida ya sólo le queda el placer de mirar por la ventana, hasta que deciden construir un edificio que va a privarle incluso de estas vistas. Por razones que no vienen al caso, este cuento es con el que debería tener más afinidad a nivel emocional, el que debería llegarme más. Sin embargo, me dejó fría, me pareció que tenía un buen planteamiento pero llevado de forma nada original, incluso algo tópica.
Luego está el cuento que da el título a esta recopilación y va de un hombre rico que se enamora y se casa con una chica rusa, pero con esta chica le endosan una serie de hermanos y parientes, bellos y encantadores pero algo inútiles, y al hombre rico le queda el trabajo de irlos colocando. Esta historia no tiene nada que ver conmigo y, aún así, me pareció maravillosa, por el tono desenfadado que tiene, la frescura que rebosa y su sentido del humor irónico y distanciado. Mientras el primero que mencioné me parecieron sólo palabras escritas sobre papel (por más que pudieran estar bien escritas), éste me pareció vivo. Así de simple o así de complicado.
Hay otro cuento que también tiene un sentido del humor delicioso, punzante y satírico; se llama ‘La permanente’ y va de una mujer que se va a hacer la permanente antes de fugarse con su amante. Y luego hay dos, que sin dejar de tener una ironía distanciadora maravillosa, son más amargos y duros. Se trata de ‘El pretexto’, sobre un amor nunca dicho en voz alta, y ‘El diagnóstico’, sobre el miedo a la muerte. Son dos temas, en principio, ya muy trillados, pero Wharton les sabe dar una nueva vuelta de tuerca, un enfoque que parece original, una delicadeza y una sinceridad que te los hacen terriblemente próximos. (less)
Auguste Villiers de L’Isle-Adam reúne todos los ingredientes que conforman lo que se llama un “escritor maldito”: nació dentro de una familia aristócr...moreAuguste Villiers de L’Isle-Adam reúne todos los ingredientes que conforman lo que se llama un “escritor maldito”: nació dentro de una familia aristócrata pero arruinada, a su padre se le fue la olla cuando se obsesionó con encontrar no sé qué tesoro escondido no sé dónde, la niña de la que supuestamente él estaba enamorado murió, se fue a París y se dio a la bohemia, conoció a Charles Baudelaire que fue quien le recomendó a Edgar Allan Poe, malvivía y escribía pero el éxito no llegaba, hasta el punto que se vio obligado a trabajar en una funeraria o dando clases de boxeo, e incluso consideró la posibilidad de montar un espectáculo en el que, por un módico precio, podrías verlo encerrarse en una jaula llena de tigres y recitar sus poemas, pero al final se rajó.
Oficialmente sus “cuentos crueles” (de los que yo he leído sólo una pequeña selección) son cuentos de terror, pero a mí este calificativo me parece engañoso. Por lo general, diría que son cuentos inquietantes, con un toque simbolista y romántico, pero a veces también costumbrista, y con un final ciertamente cruel. Como casi todas las recopilaciones de relatos, me ha parecido irregular: hay algunos que he aborrecido, otros que me han parecido bien pero no memorables y algunos pocos que me han parecido excelentes.
Olvidémonos de los olvidables (que pecan de ser convencionales y anticuados) y empecemos con los correctos. ‘Vox populi’ y ‘La cartelera celeste’ son dos sátiras muy críticas con la sociedad; realmente tienen mala leche y sorprende por lo modernas que son, aunque para mí no pasan de ser curiosas. Luego está ‘Vera’, el inevitable cuento de un hombre que pierde a su esposa y se obsesiona con ella, que está bien pero no va más allá de un tópico literario ya muy manido. Y finalmente están ‘Los bandidos’ y ‘El secreto de la antigua música’, que coinciden al tener un punto de humor negro y un giro final inesperado.
Y entre los que he adorado y me han parecido magníficos hay un relato que representa una nueva y original vuelta de tuerca al típico tema del duelo, que es prácticamente metaficción y explora la diferencia entre realidad y ficción. Y es que cuando Villiers de L’Isle-Adam es bueno, lo mejor que tiene es la frescura, la originalidad y la modernidad que desprenden sus cuentos. Después hay un cuento en que la muerte se personifica y, aunque tengo que reconocer que este tipo de cuentos siempre me dan mucha grima, éste es especialmente angustiante y muy bien llevado. Por cierto, éste debe ser de los pocos sino el único cuento en que interviene un elemento sobrenatural.
Y finalmente está ‘El deseo de ser hombre’ sobre un asesino que decide asesinar para hacer algo con su vida antes que sea demasiado tarde y ‘El convidado de las últimas fiestas’ sobre un grupo que está de juerga y que invita a un desconocido que, a medida que pasa el rato, le va dando más mala espina al narrador. Son dos cuentos que empiezan dentro de lo cotidiano y poco a poco se van adentrando en lo inquietante, están magníficamente escritos, con un pulso narrativo envidiable y nos dicen que el mal puede estar muy cerca de nosotros sin que nos enteremos, incluso dentro de nosotros mismos. (less)
De todas las reseñas que he escrito, la que ha despertado más estupor seguro que ha sido la de la primera parte de la trilogía de Claus y Lucas de Ago...moreDe todas las reseñas que he escrito, la que ha despertado más estupor seguro que ha sido la de la primera parte de la trilogía de Claus y Lucas de Agota Kristof. Me dejó demasiado descolocada y me provocó un montón de comidas de tarro sobre la función de la literatura y lo moralmente correcto, cosa que hizo que fuera incapaz de decir si me había gustado o no, así que al final acabé concluyendo que ni lo uno ni lo otro. Aún así, no descarté seguir leyendo a Kristof en el futuro. Todo lo contrario. Además, varios comentarios me animaron a ello. Y por fin el momento ha llegado y ahora sí que puedo decir que Kristof me gusta. Al menos esta vez sí que me ha gustado.
‘Ayer’ es una novela brevísima, más bien un relato largo. La contraportada la define como una historia de un amor imposible, pero más que la historia de amor entre dos personajes concretos, yo diría que es el deseo de un hombre por encontrar un amor perfecto, que redima su existencia y que dé sentido a su vida, lo cual efectivamente es imposible. El protagonista viene de una infancia miserable hasta lo grotesco, lo cual ya veo que es marca de la casa, pero como mínimo esta vez Kristof no se ensaña excesivamente en ello y, al dotar a su personaje de sentimientos, me lo hace creíble y cercano.
Pero la parte que más me ha gustado ha sido la del protagonista cuando ya está en el exilio, con un trabajo monótono hasta la exasperación en una fábrica, y una vida rutinaria, gris y sin ningún aliciente, excepto el de soñar con la llegada de una mujer llamada Lina que ama sin conocerla y que está convencido de que es lo que le falta a su vida para que tenga sentido. Es una novela seca y áspera, concisa y llena de aristas, pero a la vez bella porque, aunque la felicidad sea imposible, simplemente aspirar a ella ya es una hazaña admirable, porque en un mundo de conformistas desear algo más ya es una heroicidad. Es por todo esto que ‘Ayer’ me ha llegado tan hondo, que me ha tocado tan de cerca, que me ha gustado tanto. (less)
Estaba escrito que, con un título como ‘Cuentos que acaban mal’, servidora tenía que acabar leyendo este libro tarde o temprano. Ciertamente el libro...moreEstaba escrito que, con un título como ‘Cuentos que acaban mal’, servidora tenía que acabar leyendo este libro tarde o temprano. Ciertamente el libro da lo que este título promete; se trata de cuentos breves y oscuros, sobre temas como el mal, la muerte, la crueldad, el sufrimiento. A veces me da la sensación que este húngaro es una especie de mezcla entre Edgar Allan Poe y Franz Kafka. Sus cuentos siempre son angustiantes y en ocasiones terroríficos. Y se nota que Géza Csáth sabe de lo que habla. Reconozco que es fácil decir esto sabiendo lo mal que terminó su vida, pero es cierto: se nota que Csáth sabe de lo que habla, cosa que hace estos cuentos doblemente escalofriantes.
Cuando digo que la historia de Géza Csáth terminó muy mal no lo digo por decir, no estoy exagerando. Él era un joven prodigio, psiquiatra y escritor, amigo de Dezsó Kostolányi, y en principio no le faltaba de nada y derrochaba talento, pero se volvió adicto a la morfina y acabó suicidándose a los 32 años, después de asesinar a su esposa. En sus cuentos, el mal es una entidad abstracta y misteriosa, pero muy real, que viene de fuera y que se acaba instalando dentro de nosotros. Es un silencio negro que se acerca amenazador, una rana grande y peluda que es indicio de mal agüero, un miedo que nos despierta por la noche y ya no nos deja volver a dormir, un jardín exuberante que puede que esconda secretos macabros. Un tipo especial del mal es el que practican los niños como si fuera algo totalmente inocente, esa crueldad disfrazada de juego, y probablemente los cuentos que hablan de este mal sean los más brutales.
Luego está la muerte. Hay un cuento sobre un hijo que tiene que ir a recuperar el cadáver de su padre que ha sido entregado a la ciencia, el de un colegial al que la muerte viene a buscar, el de un mago que es espectador de su propio velatorio, el de dos celadores que arreglan el cadáver de un condecorado militar, el de un joven que persigue a una quimera y encuentra la muerte, etc. Y, aún así, probablemente uno de los cuentos más duros sea el de unos músicos que llegan a una ciudad de provincias donde lo último que se aprecia es el arte en general y la música en particular. Probablemente sea el más duro porque habla de las desilusiones y los sinsabores de la vida, de renunciar a los sueños y verse obligado a asentarse en la mediocridad. Todos los cuentos son demoledores, pero probablemente éste es el que me lo ha parecido más, sencillamente porque es el que me es más cercano y, por eso, el más terrible.
Por supuesto que ‘Los siete ahorcados’ de Leonid Andreiev es una obra contra la pena de muerte, pero es mucho más. Los cinco ahorcados del título son...morePor supuesto que ‘Los siete ahorcados’ de Leonid Andreiev es una obra contra la pena de muerte, pero es mucho más. Los cinco ahorcados del título son cinco terroristas que intentaron cometer un atentado, un hombre bruto e inculto que en un momento de enajenación mató a su amo sin saber muy bien lo que estaba haciendo, y finalmente un bandido profesional que lleva toda una vida de crímenes sin arrepentirse nunca de ninguno. Lo que es magnífico de esta obra es la capacidad de Andreiev de introducirse en la mente humana; es capaz de dotar a todos estos siete personajes de una personalidad única que reacciona de una forma particular ante la inminencia de la muerte.
Esta novelita empieza con un capítulo que nos describe la rutina del ministro que los terroristas pretenden asesinar, y como esta rutina se interrumpe ante la noticia de la detención de dichos terroristas, y como a partir de este hecho el miedo a la muerte se apodera del ministro en cuestión. Este primer capítulo, obviamente, pretende poner un paralelismo entre el asesinato de un hombre y la pena de muerte, para decirnos que todo es igual de terrible, que saber la hora en la que uno va a morir debe ser terrible, pero que, en cualquier caso, morir también puede ser terrible. ‘Los siete ahorcados’ no es sólo un panfleto, no habla sólo de la pena de muerte, sino también simplemente de la muerte.
El clímax de esta obra es casi inaguantable. Todo el último trayecto hacia el patíbulo que comparten los siete condenados a muerte, la extraña relación llena de amor y solidaridad que se establece entre todas estas personas que saben que van a morir antes que amanezca, son de una intensidad pocas veces conseguida en literatura. Ciertamente es de una intensidad angustiante, tanto que uno tiene que hacer una pausa en la lectura para tomar aire. Y es magnífico cuando las palabras escritas son capaces de conseguir esto.
Mi edición de ‘Los siete ahorcados’ se completa con otro relato largo o novela corta (llamadlo como prefiráis) titulado ‘Un pensamiento’. Se trata de ocho cartas que está escribiendo un hombre que está siendo juzgado por el asesinato de un amigo y que dirige a unos supuestos doctores que tienen que determinar si está loco o no. Al ser un relato en primera persona nunca sabemos del cierto si el narrador nos dice la verdad o nos está engañando como a unos tontainas; de hecho, este mismo narrador juega con esta idea, deja caer que quizá estemos pensando que él nos está engañando.
El narrador pronto expone cómo asesinó a su amigo y el “motivo” oficial por el que lo hizo y podría parecer que, una vez nos ha confesado esto, ya no hay nada más que contar, pero para Andreiev esto no es lo más importante, para él lo más importante es adentrarse en la mente del protagonista, escarbar hasta llegar a los lugares más oscuros del alma, analizar todos los recovecos de lo que llamamos cordura. Y es que se trata de una obra que intenta dibujar la fina línea que separa la locura de la razón, sabiendo que nunca podrá hacerlo con precisión. ¿Es posible que alguien se vuelva loco por fingir que está loco? ¿Nos acabamos convirtiendo en lo que fingimos ser?
Es lo primero que leo de Leonid Andreiev, pero ya me ha quedado claro que su especialidad es adentrarse en la mente de los personajes, tratar el tema de la muerte y dejar claro que la verdad absoluta no existe (o si existe, no importa, porque nunca podremos conocerla). Pero, además, es un escritor lírico, alguien capaz de saber apreciar y transmitir, la épica y la poesía que hay en detalles perfectamente cuotidianos, como el chanclo negro que perdió un ahorcado de camino al patíbulo y que ahora, abandonado y solitario, contrasta con la blanca nieve. (less)
Es bueno que los humanos sean la única raza que tropieza dos veces con la misma piedra, porque sino no daríamos segundas oportunidades a cosas que la...moreEs bueno que los humanos sean la única raza que tropieza dos veces con la misma piedra, porque sino no daríamos segundas oportunidades a cosas que la primera vez han ido mal, y sino yo no hubiera descubierto nunca lo maravilloso que es ‘El inicio de la primavera’. De Penélope Fitzgerald leí ‘La librería’ y, a pesar de que es un libro del que sólo encontraréis buenas críticas, a mí me decepcionó muchísimo, básicamente porque me pareció previsible, simplón, soso y superficial. Pero, a pesar de esta primera experiencia tan mala, me animé a leer algo más de Fitzgerald y ahora me alegro muchísimo de haberlo hecho.
Después del párrafo de introducción, de rigor según mi libro de estilo, que casi nunca dice nada y casi siempre os podéis saltar, ahora viene cuando intento argumentar por qué me ha gustado el libro (o no). Luego ya, para el final, viene lo de contar el argumento. El caso es que los defensores de Penélope podrían decirme (con mucha razón) que su estilo es el mismo en ‘La librería’ que en ‘El inicio de la primavera’, un estilo que quiere parecerse al de Jane Austen, pausado y elegante, con apariencia costumbrista y una ironía sutil de fondo. E incluso podrían añadir que la única diferencia es que una pasa en Inglaterra y la otra en Rusia. Pero ahí sí que ya no les daré la razón, porque yo creo que si me ha gustado tanto no es sólo porque pase en Moscú y yo tenga debilidad por todo lo ruso.
El protagonista de ‘El inicio de la primavera’ es un impresor de origen inglés pero que se crió en Rusia y ha vivido la mayor parte de su vida allí. Todo empieza cuando su mujer le deja, sin dejar ninguna nota ni ninguna pista. Y la novela va de cómo él reacciona o no reacciona ante este hecho. Diría que en último término es una novela de cómo las circunstancias que nos rodean nos modifican el curso de la vida y como tenemos que adaptarnos a ellas. Parece que no va de nada, pero va de mucho. Se centra en la cotidianeidad de la vida diaria, y esto que parece que podría hacerla muy pequeña es lo que la hace muy grande.
Me quejaba de que ‘La librería’ era previsible y una de las cosas que más me han gustado de ‘El inicio de la primavera’ es que no es nada previsible. Es un libro que no acaba de encajar en ningún género novelesco concreto y hasta cierto punto esto te desconcierta. Vas leyendo y no tienes idea de por dónde va a tirar. Y ésta es una sensación magnífica. Es una novela que te acoge en su casa y te hace sentir comodísima. Me es muy difícil decir por qué es tan deliciosa esta novela. Al fin y al cabo, no pasa nada y los personajes son planos, muy honrados y nobles todos ellos. Incluso hay unos niños sabelotodos que en otros libros me hubieran puesto de los nervios, pero aquí, si bien no me han gustado, al menos los he tolerado, y esto en mí ya es todo un triunfo.
Como he dicho, ‘El inicio de la primavera’ es muy rusa; hay samovares, políticos asesinados, estudiantes, revolucionarios, criados, tolstoianos, un oso, una dacha, vodka, espías para el gobierno, pasaportes internos y externos, etc. Sucede en 1913 y la revolución ya amenaza con estallar y los extranjeros que viven en Rusia saben que en cualquier momento se pueden ver obligados a marchar. La historia empieza en invierno y poco a poco el hielo se va fundiendo y la primavera se abre paso, hasta que todo culmina el día que abren las ventanas. Está todo tan minuciosamente descrito que es una delicia. Pero también tiene un toque inglés, que se ve sobre todo ese costumbrismo irónico y en la descripción de la pequeña sociedad llena de prejuicios que forman los ingleses que habitan en Moscú. Lo último que diré para tratar de convenceros que esta obra es una maravilla es que se nota que está muy bien tejida, con amor y esmero, y que en su simplicidad y su cotidianeidad está la belleza.(less)
Siempre digo que Antón Chéjov es uno de mis escritores favoritos. Pero mi amor por él se cimienta principalmente en su teatro, porque sus cuentos los...moreSiempre digo que Antón Chéjov es uno de mis escritores favoritos. Pero mi amor por él se cimienta principalmente en su teatro, porque sus cuentos los he leído mucho menos. En la biblioteca hay un tocho con absolutamente todos sus cuentos y empecé a leerlos de allí, pero el problema (además de que el libro pesa mucho) es que están por orden cronológico y, por más que idolatre Chéjov, tengo que reconocer que sus primeros relatos no son muy chéjovianos; son demasiado sentimentales para mi gusto; la influencia de Guy de Maupassant pesa demasiado y hay poco del estilo personal que tan grande hace Chéjov. El caso es que empecé a leerlos por orden cronológico, pero pronto me cansé, porque aunque no fueran malos eran demasiado sensibleros.
Así que ahora voy leyendo los cuentos de Chéjov a través de varios recopilatorios incompletos, que tienen títulos tan neutros como éste ‘Cuentos’ (de la Editorial Pre-Textos) que he leído ahora. Los cuentos de esta edición están impecablemente escogidos, con la excepción de ‘Vanka’, que es un cuento que ya había leído antes y que odio bastante. Pasa en Navidad y encima va de un niño muy desgraciadito que no tiene nadie en el mundo y sufre mucho, y no hay nadie que le pueda ayudar. Es de esos cuentos sensibleros que mencionaba antes y que me pueden irritar bastante, por más que alguien me pueda venir argumentando que el final tiene un punto de humor amargo y trágico y yo qué sé. Es sentimentaloide. Y punto.
Pero todos los demás son perfectos. ¿Y qué es lo que los hace perfectos? No lo tengo del todo claro, pero estaba yo leyendo un relato titulado ‘La novia’ y de pronto el narrador cuenta que dos personajes estaban en la estación esperando el tren y uno invitó al otro a té y manzanas y me dije: “¡Es esto!” Sí, el té y las manzanas es lo que hace tan perfecto y único a Chéjov. Son estos detalles, en apariencia insignificantes, pero que te hacen revivir la escena como si Antón hubiera estado allí, como si tú estuvieras allí en aquel preciso momento. Y es que en Chéjov todo es tan tangible, tan cercano, tan real.
Los cuentos de Chéjov suceden en los mismos escenarios que sus obras teatrales, tienen los mismos personajes, con las mismas frustraciones de siempre; tienen el mismo sentido del humor amargo y la misma melancolía. Puede que siempre cuente lo mismo: la historia de un personaje desencantado con la vida pero que no le queda más remedio que seguir viviendo, pero siempre con matices nuevos. Me gusta que en los cuentos de Chéjov no haya ninguna revelación, ningún clímax, que todo pase de forma natural y pausada. Se podría decir que en realidad poco pasa, pero esto sólo es en la superficie, porque en la psicología de los personajes se debaten nostalgias mal reprimidas, deseos frustrados, sinsabores no superados, una aversión a la rutina que no se puede disimular, un tedio que lo empaña todo.
Creo que el cuento que más me ha gustado es ‘La novia’, sobre una joven que tiene que casarse pero que se da cuenta que nunca ha querido a su prometido y que sabe que no soportará la vida monótona que le queda por delante. Es como una novela en miniatura, pero lo que me gusta más es que, contrariamente a lo habitual en Chéjov, es algo esperanzadora. La novia al fin puede llevar una vida que la satisface más, aunque es a costa de romper completamente con su vida anterior y hacer daño a los que más la quieren.
Luego también me ha fascinado ‘El profesor de ruso’, sobre un joven que está enamorado y que al fin consigue lo que quiere, pero un día se da cuenta que, a pesar de que está llevando la vida que siempre había deseado, resulta que es una vida vacía e insatisfactoria. Lo que acaba de hacer redondo este relato son dos personajes secundarios (y es que otra de las virtudes de Chéjov es que sabe crear unos secundarios maravillosos con un par de trazos firmes): el profesor de geografía que sólo vive para corregir los deberes de sus alumnos y que no sabe decir nada más que lugares comunes, y la hermana mayor de la enamorada del profesor de ruso, una chica con carácter, inteligente e ingeniosa, pero que parece destinada a quedarse para vestir santos.
Pero es que todos los cuentos son memorables. Está ‘La crisis’ sobre un joven estudiante que es arrastrado a los burdeles por dos compañeros y allí descubre que la realidad no es como se la imaginaba, algo que le angustia tanto que acaba teniendo una crisis y es realmente sobrecogedor como Chéjov narra los momentos en que el protagonista siente tanto dolor que sólo desea morir porque así se terminará de una vez ese dolor. También está ‘El Reino de las mujeres’ protagonizada por una joven que ha heredado mucho dinero de su padre pero se siente terriblemente sola. Y luego ‘La onomástica’, que describe a la perfección la incomunicación que hay entre una pareja de casados y cómo ésta los va alejando irremediablemente el uno del otro. (less)
Este año empecé con la tarea de leer uno de los grandes (grandes por famosos) rusos que me quedaban por abordar. Me refiero a Iván Turguéniev. El libr...moreEste año empecé con la tarea de leer uno de los grandes (grandes por famosos) rusos que me quedaban por abordar. Me refiero a Iván Turguéniev. El libro con el que empecé fue ‘Primer amor’ y, aunque no me desagradó, sí que me decepcionó bastante; pero aún así me dejó con ganas de leer más de este autor. Así que, a través de una recomendación, elegí 'Padres e hijos' y aquí estoy.
Efectivamente, ‘Padres e hijos’ me ha gustado mucho más que ‘Primer amor’. Está igual de bien escrita (con pasajes realmente bellos), pero es más compleja, con personajes más interesantes y mucha más miga. Aún así, tengo que reconocer que me ha gustado más la primera parte que la segunda. En la primera, Turguéniev nos habla de choques generacionales, mientras que en la segunda, como si se olvidara de cuál es el título de la novela, nos pasa a relatar una serie de amoríos, que es un tema literario mucho más sobado que no el de las relaciones entre padres e hijos; y aunque sigue estando bien, es algo mucho más visto.
Supongo que el protagonista de la novela es Bazárov, el nihilista interesado sólo en la ciencia que rechaza cualquier ápice de sentimentalismo. A mí Bazárov nunca me ha acabado de gustar, me ha parecido mucho más unidimensional de lo que él se cree que es, y encima con un desarrollo algo previsible. Mucho más fascinante he encontrado al tío Pável, un exdandy sentimental y un auténtico aristócrata conservador, pero muy irónico e ingenioso. También he encontrado muy interesante a Odintsova, que es la verdadera nihilista de este libro, la que no es capaz de sentir nada más que sentimientos totalmente superficiales y sobre todo tedio.
Como ya he apuntado lo que más me ha gustado del libro es cómo describe la oposición entre la forma de ver el mundo de los jóvenes rusos de mediados del siglo XIX y la de sus padres, pero Turguéniev tiene la habilidad suficiente cómo para que este choque generacional sobrepase las coordenadas espaciotemporales concretas y se convierta en un choque universal que se produce en todas las generaciones. Y lo que aún es más bonito es como, a pesar de lo diferentes que son y de que no hay manera de que se puedan entender, en la relación entre padre e hijo aún hay una corriente de afecto que no se sabe bien cómo expresarse.
Y es que me gusta que existan novelas que traten de algo más que de relaciones amorosas. Muchas veces me da la sensación que todos los autores ponen su empeño en describir relaciones amorosas entre chico y chica y descuidan otro tipo de relaciones (ya sean familiares o de amistad) en las que también hay amor. Ah, y encima, 'Padres e hijos' también tiene algo que no puede faltar en toda buena novela rusa, un duelo, y es de los buenos: los personajes saben que es una estupidez batirse en un duelo pero no tienen otra salida. Y el final también me ha gustado: al principio me pareció algo anticlimático y decepcionante, pero pensado en frío veo que se ajusta muy bien al sentido nihilista de fondo que tienen la obra.(less)
El ‘Eugene Onegin’ de Alexander Pushkin es probablemente mi libro favorito. Lo leí hace bastantes años. Desde entonces lo he vuelto a releer en un par...moreEl ‘Eugene Onegin’ de Alexander Pushkin es probablemente mi libro favorito. Lo leí hace bastantes años. Desde entonces lo he vuelto a releer en un par de ocasiones. Pero no ha sido hasta este año que me he animado a leer algo más de Pushkin. Primero fueron unos pocos cuentos, que me gustaron pero no me entusiasmaron, y ahora me he atrevido con el teatro, que me ha gustado más que los cuentos pero aún queda muy lejos del ‘Eugene Onegin’.
Del teatro de Pushkin lo mejor es el ‘Boris Godunov’, que pretende ser una adaptación a la literatura rusa de las tragedias históricas de William Shakespeare. Aunque no queda a la altura del mejor Shakespeare, sí que está muy por encima del peor Shakespeare (sí, yo estoy dispuesta a argumentar cualquier día que Shakespeare no es infalible y que escribió obras verdaderamente mediocres). Ambientada a finales del siglo XVI, narra el ascenso y caída de Boris Godunov, un tipo listo y sin escrúpulos, que supo estar en el lugar y el momento adecuados y llegó a ser zar, pero que no tuvo un muy buen fin. Las escenas se suceden con un ritmo y una eficacia impecables. Hay fragmentos bellamente escritos, como cuando el zar o el impostor que pretende ser zar, en un arrebato de spleen, sueltan monólogos llenos de quejas y lamentos, en los que se ve la influencia romántica que siempre hay en Pushkin.
El problema del ‘Boris Godunov’ es que para querer ser una tragedia no es especialmente trágica: Godunov muere enfermo en la cama y en toda la obra no hay un verdadero héroe que nos despierte empatía. Es como si Pushkin pareciera más preocupado en ser fiel a la historia que en crear grandes personajes que puedan pasar a la historia de la literatura. Aún así, la estructura de la obra es perfecta, está bellamente escrita y de fondo tiene un tema que siempre será válido: un impostor derroca otro impostor, pero no importa porque el pueblo sigue siendo mandado como siempre ha estado.
Luego están las “escenas dramáticas” o “pequeñas tragedias”, cuatro piezas muy breves que Pushkin escribió en poco más de dos semanas y, si me propusiera ser mala, diría que se nota. Hay (otra) revisión del mito de Don Juan (un mito que nunca me ha interesado especialmente), una sobre un caballero avaro que sería mejor si fuera una simple comedia y no tuviera un final trágico que no casa con el tono cómico del principio, otra algo rara sobre un banquete durante una epidemia de peste, y finalmente la mejor con diferencia: una protagonizada por Mozart y Salieri. Supongo que porque en ésta el protagonista sí que encarna una emoción con la que todos podemos empatizar. Yo creo que todos nos hemos sentido Salieri alguna vez, todos alguna vez hemos visto como nos esforzábamos por conseguir algo pero luego venía otro y, sin ningún esfuerzo, se llevaba todos los premios. Es una pieza breve pero realmente grande.
Y finalmente están las dos obras inacabadas, que apuntan maneras, te enganchan y luego te hacen lamentar que no estén terminadas. Está una obrita aventuresca sobre un burgués que quiere ser caballero, pero luego cuando ve cómo es el mundillo, decide que mejor enfrentarse a los nobles, y luego lo atrapan, y luego se termina. Aún es mejor otra sobre príncipes que seducen hijas de molineros y hadas que viven en el fondo de un río, muy del gusto romántico y realmente preciosa. Y hasta aquí llega el teatro de Pushkin, que yo recomendaría a los que tienen curiosidad por todo lo ruso, los que gustan de la literatura con influencia del romanticismo, y los que aman los escritores capaces de crear belleza con las palabras.(less)