Rodolfo Martínez's Blog: Escrito en el agua

June 12, 2014

Hay un pensamiento bastante común en ciertos sectores referidos a la ciencia ficción que, incluso, podría extrapolarse con facilidad a la literatura de género sin más.


Ese pensamiento es el siguiente: los llamados «clásicos de la ciencia ficción» lo son gracias, sobre todo, al factor nostalgia, al hecho de que fueron leídos por primera vez en la infancia y la adolescencia, cuando el lector es más impresionable. El recuerdo magnificará esa primera impresión e, incluso, si el lector vuelve a leer en su edad adulta esa obra que tanto lo impresionó de joven, el brillo de la nostalgia ayudará a que la siga encontrando excelsa y no le vea los defectos y las costuras.


Confieso que es una opinión que comparto en gran medida. Hay obras a las que uno no reacciona del mismo modo cuando las lee de joven que cuando lo hace de adulto y, como lo que queda en nuestra memoria es sobre todo la impresión que nos causaron, podemos acabar magnificando auténticas mediocridades.


Como decía, estoy de acuerdo, sin la menor duda.


Pero me pregunto si eso es algo que podemos aplicar sólo a la literatura de género. Quizá, si echamos un vistazo a ciertas obras aparentemente claves de la «gran literatura» podamos encontrarnos exactamente con eso mismo.


Si no hubiéramos leído El extranjero o En busca del tiempo perdido o Las desventuras del joven Werther, por citar solo tres, durante nuestra juventud, ¿las consideraríamos realmente grandes obras literarias? De acercarnos a ellas de adultos, con una cierta madurez y un criterio asentado sobre la vida, ¿no pasaríamos tal vez sus páginas con impaciencia y un cierto cabreo y la sensación de que lo que sus protagonistas necesitan es un par de sopapos a ver si espabilan, dejan de perder el tiempo en pajaradas y se ponen a vivir la vida de una puta vez?

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Published on June 12, 2014 11:48 • 3 views

March 13, 2014

las astillas de Yave


Los que me conocen, saben que una parte importante de mi obra transcurre en la misma ciudad: una ciudad que nunca nombro pero que se parece sospechosamente a aquélla en la que vivo desde hace casi cuarenta años.


Se trata de un puñado de relatos (casi todos ellos recogidos en mi recopilación Porciones individuales) y tres novelas que, aparte de transcurrir en esa especie de «versión mágica de Gijón» y de compartir ocasionamente algún personaje que otro, son totalmente independientes en cuanto a trama y peripecia. Al contrario que otras sagas que he escrito (como la de Sherlock Holmes o El adepto de la Reina), no hay relación argumental entre cada historia del ciclo de la Ciudad.


Sí que la hay genérica, evidentemente. La Ciudad es mi intento de escribir fantasía urbana contemporánea, de hacer literatura fantástica alejada de los tópicos seudo medievales y, de paso, reciclar para este siglo algunos mitos e iconos de la fantasía y la mitología tradiciones.


Todo empezó con El abismo te devuelve la mirada (Premio Ignotus 2000 a la Mejor Novela) que, con el tiempo, acabó transformándose en El abismo en el espejo. Era la historia de un escritor obsesionado con su pasado en la que un extraño espejo jugaba un curioso papel.


A eso le siguió Los sicarios del cielo (Premio Minotauro 2005), que recientemente he reeditado en Sportula recuperando el título que originalmente le puse: Este incómodo ropaje y donde se narraba la historia de Remiel, una suerte de ángel indeciso que llevaba varios miles de años paseándose por la humanidad (y contemplándola como un mirón) hasta que la carne terminaba por mancharlo de forma permanente.


Fieramente humano (Premio Ignotus 2012 a la Mejor Novela) fue la tercera novela del ciclo y en ella la Ciudad se enfrentaba sin la menor duda a su mayor amenaza a manos de un individuo de rostro angelical y mirada vacía, perpetuamente acompañado por una gata negra. Ésa fue, sin duda, mi novela más coral, en la que intenté que toda la ciudad se involucrara en la historia y donde manejé más personajes. Confieso sentir cierta predilección, sobre todo, por el viejo farsante tuerto que juega un papel secundario, aunque ciertamente importante, en la trama.


Y, desde hoy mismo, las novelas ya no son tres sino cuatro. El último añadido al ciclo de la Ciudad es Las astillas de Yavé, recientemente publicada por el sello Fantascy de Penguin Random House y donde narro la historia de Uve, una detective privada que, a su pesar, se ve envuelta en una trama de tintes ocultistas que la llevará a descubrir unas cuantas cosas sobre el mundo que la rodea que quizá habría preferido no saber.


Uve es uno de mis personajes favoritos y narrar la historia con su voz, contemplar lo ocurrido desde sus ojos, fue un viaje fascinante. Deslenguada, bastante bruta, carente de inhibiciones y dispuesta a llegar donde haga falta para resolver el misterio, acompañarla en su periplo, desentrañar su pasado y comprender su forma de ver el mundo ha sido una de las cosas más condenadamente divertidas que he hecho a lo largo de mi carrera como escritor. La acompaña una galería de personajes sin la cual  no estaría completa, porque son ellos, a través de su relación con ella, los que terminan de definir el mundo de Uve y lo que ella misma es: un ex novio bastante excéntrico y friqui de narices, un sacerdote con peculiares tendencias teológicas, una asistente achuchable y desinhibida, una especie de sabio popular un tanto ido, un anciano párroco, un sorprendente instructor de artes marciales…


En cuanto a la historia, no voy a decir mucho. Como de costumbre, se articula como si fuera un thriller (cosa que és) en el que los elementos sobrenaturales van apareciendo poco a poco hasta que terminan de encajar en el último tercio de la historia. Sí me gustaría comentar que, todas mis novelas de la Ciudad, es la que más satisfactoria me resulta hasta el momento; creo que en ella he conseguido un equilibrio bien ajustado entre acción, transfondo y desarrollo de personajes y que la sorprendente guerra que cuento un poco de soslayo en sus páginas tiene resonancias muy cercanas para todos nosotros.


Pero todo cuanto yo diga es superfluo. Ya lo decía Umberto Eco: «el autor debería morirse después de escribir la novela, para allanarle el camino al texto.» Yo he cumplido mi función escribiéndola. Pero para que el ritual esté completo, vosotros debéis cumplir la vuestra leyéndola. No soy yo quien tiene que explicar la novela, quien debe interpretarla: sois vosotros. No soy yo quien tiene que defender sus virtudes y bondades, sino ella misma a medida que se va desplegando ante vuestros ojos.


Creo (¿optimismo? ¿arrogancia? ¿una mezcla de ambos?) que no os defraudará, que pasaréis un buen rato con ella y que Uve os gustará casi tanto como a mí. Quién sabe, puede que incluso más.

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Published on March 13, 2014 01:50 • 13 views

February 7, 2014


En el ebook Drímar, el ciclo completo incluyo el siguiente texto, en el que hablo del proceso de creación de Drímar, un proceso que se prolongó, con pausas y altibajos durante unos veinte años. Ahora que Sportula edita Bifrost y con eso se cierra la publicación del ciclo de Drímar, me ha parecido conveniente recuperar aquí el texto. Espero que los disfrutéis.




Fue, probablemente, en 1980. Quizá un par de años más tarde, pero no más allá de eso, en todo caso.


Fue en los años ochenta, eso seguro. La época de las hombreras, los cardados, el colorete extremo, la barba de días y las americanas con suéter de pico debajo. Ya sabéis, esa década cuyo máximo exponente de glamur fue Corrupción en Miami. Eso lo dice todo.


En lo personal, no fue una mala época. Problemática, claro. Al fin y al cabo estaba pasando como buenamente podía por la adolescencia y tratando de descubrir qué demonios había al otro lado. Acabé averiguándolo.


Los ochenta, he dicho. Esa fue la época en la que nació Drímar.


Y la forma que tuvo originalmente fue muy distinta a la que terminó por tener. Viendo el embrión de aquello, me parece que nadie habría podido prever cómo acabaría siendo.


Y yo menos que nadie, por cierto.


 1

El país de los sueños


 Ahora sería cuando tocaría dármelas de listo y decir que yo inventé la idea de Sandman y el mundo de los sueños mucho antes que Neil Gaiman.


Vale, venga, bajemos de la higuera y seamos serios, por favor.


La culpa inicial fue, en cierta medida, de Gabriel García Márquez. Descubrí su Macondo cuando era adolescente y me dije que yo quería hacer algo igual. No, no una historia desmesurada ambientada en el Caribe, no el culebrón decimonónico definitivo, que es lo que a la postre hizo Gabo. Pero sí tener un lugar propio, un sitio donde ambientar todas mis historias, donde pudiera dar rienda suelta a mis obsesiones, vengarme de quienes me caían mal, poseer a las mujeres que me esquivaban y quién sabe si salvar al mundo de paso.


Una fantasía masturbatoria, vamos.


¿Acaso no lo son todas?


Así que iba a crear «mi Macondo». Iba a ser un lugar extraño, a medio camino entre el sueño y la vigilia, un sitio donde todo podía ocurrir. ¿Cómo llamarlo?, me dije. Bueno, teníamos la evidente raíz inglesa «Dream». Y había una canción en aquella época que se llamaba Dreamer, de un grupo conocido como Supertramp.


Así nació Drímar. Básicamente usé «dreamer» (soñador) y adapté su grafía a como sonaba, más o menos, en castellano.


Bueno, vale, ya tienes el lugar en el que contar tus historias. Ahora sólo necesitas historias que contar.


No fue fácil.


Por aquel entonces yo estaba embarcado en un ambicioso proyecto de fantasía heroica. Recuerdo que se llamaba El hombre y la diosa e iba a ser la rehostia, la megaleche, la novela definitiva que dejaría superado a Tolkien y su Señor de los Anillos.


No, en serio. Tenía los mapas. Diseñé varios idiomas y alfabetos. Creé nuevas razas. Hasta compuse mi propio Silmarillion contando historias del pasado de la Vieja Tierra, que fue como —en un arranque de impresionante originalidad— llamé a aquel universo ficticio.


Y tenía una historia.


Me pasé unos tres o cuatro años con ella. Cuando decidí dejarlo, allá por los diecinueve, tenía aproximadamente unas trescientas cincuenta páginas manuscritas en A4, la mitad corregido y pasado a máquina, varios apéndices en distinto estado de desarrollo y una idea muy clara de lo que iba a pasar a continuación.


Había escrito poco menos de un tercio de lo que quería contar.


Y estaba harto.


Hasta las narices, en serio. Ya no podía más.


Aparte de que, para entonces lo tenía muy claro, aquello no iba a ser el último clavo en el ataúd de Tolkien, no iba a ser la gran novela de fantasía que lo iba a enterrar para siempre en el olvido. Como mucho, si algún día conseguía acabarlo y publicarlo —y cada vez tenía más dudas al respecto— sería una más de las múltiples imitaciones voluntariosas de la Tierra Media que, por aquel entonces, estaban empezando a poblar el mundo editorial.


Así que lo dejé. Tiré la toalla.


(Si me permitís una digresión: nunca creí que perdiese el tiempo con ello. Esas trescientas cincuenta páginas y todo el trabajo que hubo a su alrededor me enseñaron mucho, aunque entonces yo no fui consciente de ello.)


Bueno, tiré la toalla, decía. Y vosotros diréis: ¿y qué tiene que ver todo esto con Drímar?


Un poco, en realidad.


Cuando estaba con El hombre y la diosa, de pronto llegué a un momento donde mi protagonista se acercaba a un pequeño pueblo costero llamado Drímar y paseaba por sus calles de noche. Allí mantenía una curiosa conversación con su creador, con el tipo que estaba escribiendo la novela de la que él era un personaje.


Original de narices, ¿eh? Bueno, era joven, acababa de leer Niebla de Unamuno y el pasaje donde el personaje central de la «nivola» iba a ver a su autor para pedirle que, por favor, no le «suicidase» me había marcado bastante.


Por aquel entonces, alternando con El hombre y la diosa, había empezado a escribir una cosa a la que llamé Cuatro noches en Drímar (ya volveremos sobre ello) y, por algún extraño motivo me pareció que sería buena idea hacer que, de algún modo, ambas obras estuvieran conectadas. De ahí esa excrecencia que le salió a El hombre y la diosa en la que su principal personaje hablaba con su autor en medio de una ciudad onírica.


Para entonces tenía claro que Drímar iba a ser una mezcla de Candás (mi pueblo de nacimiento) y Gijón (mi lugar de residencia desde hacía ocho años). Iba a ser un escenario en el que la realidad, lo onírico, los miedos y las fantasías, lo que pudo haber sido y lo que fue de verdad iban a convivir sin solución de continuidad. Iba a ser, pensaba con mis dieciocho años a cuestas, mi gran monumento a la nostalgia.


Así que, como he dicho, dejé El hombre y la diosa y dediqué todos mis esfuerzos a mi recién encontrado universo referencial.


El resultado fueron esas Cuatro noches en Drímar que mencionaba antes y donde narraba (y, de paso fantaseaba con ello, con todo lo que no había pasado pero pudo haberlo hecho) el periodo que iba de mis quince años a los dieciocho.


Eran cuatro capítulos. Cada uno abarcaba un año de mi vida (la real y la fantaseada), ocupaba unas cincuenta páginas y era una sola frase en la que, sin solución de continuidad, convivían distintos momentos temporales, diferentes puntos de vista narrativos y la secuencia de los acontecimientos era un carrusel un tanto enloquecido.


Si alguien piensa que hacía poco que había leído El otoño del patriarca de García Márquez, no va muy desencaminado, en efecto.


El resultado fue, digámoslo claro, pura basura autocomplaciente. No en sus intenciones, quizá, pero me temo que sí en sus resultados. No tenía ni la experiencia vital suficiente ni la madurez literaria necesaria para que hubiera sido otra cosa.


Pese a todo, intenté continuarlo, convencido de que aún podía sacar algo bueno de todo aquello. Escribí un relato llamado «Quinta noche en Drímar» donde, un año más tarde, a los diecinueve, intentaba de nuevo codificar literariamente algunos acontecimientos de mi vida. De nuevo el resultado fue… el esperable. Creo que llegué a empezar una «sexta noche», pero sospecho que no llegué a terminarla; y, de hacerlo, fue la última, eso seguro.


Mi intento de crear mi Macondo particular, mi territorio literario personal, no parecía estar yendo muy bien.


Drímar había nacido, se había desarrollado durante dos o tres años y había muerto.


O eso pensaba yo.


2

Bienvenidos al fin del mundo


 Un día, me puse a escribir algo que podríamos definir como un western postapocalíptico: una sociedad en ruinas, un pistolero de mirada fría, un pasado en el que prefería no pensar que le salía al paso, un tiroteo…


Se llamó «Después del pasado», aún hoy no sé muy bien por qué, más allá del hecho de que me gustaba cómo sonaba y las implicaciones que la frase parecía despertar.


Y, por algún motivo que hoy ya no recuerdo, decidí que aquello también se ambientaría en Drímar, pero ya no en el pasado, sino en el futuro. En un futuro donde la sociedad, tal como la conocíamos, había desaparecido, y la pura supervivencia era el único factor relevante. Un escenario fronterizo. También, un escenario de ciencia ficción.


Que, al fin y al cabo, era lo que llevaba escribiendo desde los doce años. Así que, después de haberla abandonado, primero por la fantasía de corte tolkieniano y luego por un patético intento de hacer realismo mágico, volvía a mis raíces. De vuelta en casa, ¿qué hay para cenar?


Pues, como casi siempre, lo que había era un batiburrillo extraño que tenía mucho de western, de relato fronterizo; y era también ciencia ficción en su variante postapocalíptica; y no dejaba de ser una rememoración de un pasado que era como un fantasma molesto que no terminaba de irse jamás. Era, en realidad, una extraña macedonia en la que intentaba meter todo lo que me gustaba y me apetecía contar. Y trataba de hacerlo a la vez y sin preocuparme demasiado por cómo iban a encajar todas las piezas.


Y, de algún modo u otro, lo hacían. Encajaban. Mejor en algunos casos que en otros, pero la mezcla funcionaba.


Y siguió haciéndolo a medida que le fui añadiendo más ingredientes.


Me gustó el personaje que había creado para aquel relato y me pareció que podía dar juego para más historias.


Así fue naciendo la segunda etapa de Drímar, compuesta de, al menos, una media docena de cuentos de longitud variable que se desarrollaban en lo que no tardé en llamar el Interregno: la etapa que iba desde la caída de la civilización tal como la conocíamos (que, en un arranque de humor, decidí situar en 1992, ese año destinado, decían, a ser la cumbre de España a nivel internacional, con las Olimpiadas y la Expo) hasta su reconstrucción, varios cientos de años más tarde.


Había cuentos que hablaban de esos primeros días de caos y destrucción. Cuentos que se situaban poco antes de la caída. Cuentos que tenían lugar algunos cientos de años después, cuando el emplazamiento que el Solitario (el personaje central de aquel primer «western fronterizo postapocalíptico») había establecido en Drímar dominaba casi toda la península ibérica. Cuentos en los que el Solitario, su colaborador más cercano, Robert Álbrez, o alguno de sus descendientes eran los protagonistas. Cuentos en los que no aparecía ninguno de estos personajes y sólo tocaban tangencialmente la historia general.


En fin, un poco de todo. Siempre mezclando, sin ser muy consciente de estar haciéndolo, distintos géneros.


Un día me puse con una novela. Era la historia del Solitario, aunque en realidad, no lo era. Estaba narrada en primera persona por Robert Álbrez, su más cercano colaborador y era más una rememoración de su propia historia (en la que, por supuesto el Solitario era una figura relevante) que otra cosa. La titulé Después del pasado, reutilizando así el título del primer cuento corto que había escrito con El Solitario como protagonista. Curiosamente, aquélla fue la última narración que escribí en la que aparecían El Solitario o Robert Álbrez; así que, sin pretenderlo, acabé usando el mismo título para la primera historia del Interregno y para la última.


De hecho, parecía haber encontrado la culminación natural de Drímar: unos cuantos relatos cortos y, por fin, una novela que funcionase como cima del ciclo, en cierto modo.


Aún conservo una copia impresa de ella. Es la novela de un veinteañero lleno de nostalgia y rencor por una adolescencia en la que no lo había pasado demasiado bien en algunos aspectos y en la que le fue cojonudamente en otros. Estaba narrada por un Robert anciano, al borde de la muerte (eso, a mis veintipico venía a significar que el personaje tenía poco más de sesenta, ja) que rememoraba no sólo el momento de la caída y la lucha posterior por la supervivencia, sino también los tiempos anteriores a ésta.


No era gran cosa. Tenía algún momento interesante y podríamos decir que era un embrión del que, a base de mucho trabajo y bastante más experiencia vital de la que yo tenía, se podría haber sacado una buena novela.


Pese a todo, a alguien le gustó. Juan José Parera que a veces publicaba novelas de mediana extensión en su fanzine Maser, decidió que Después del pasado era mecedora de ese honor. De hecho, empezó a maquetarla con vistas a su publicación en el, creo recordar, número quince del fanzine.


Un número que nunca vio la luz. Juan José decidió dar Maser por finiquitado justo en el 14 y mi novela quedó allí, perdida en el limbo. Me envió una copia impresa de esa maquetación que había preparado: yo encuaderné esa copia y gracias a eso aún conservo la novela. De otro modo se habría perdido en las brumas del tiempo cuando, un par de años más tarde, cambié mi Amstrad CPC 6128 por un IBM PS/2.


3

Investigaciones privadas


Debió ser a los veinte o veintiuno. Pongamos, por poner una fecha, 1985.


Empecé a escribir una novelita corta de ciencia ficción policiaca titulada «En la abadía». Su protagonista se llamaba Roy Córdal y vivía una intriga libresca (con varios asesinatos) en el asteroide donde la orden de los Soyatus tenía su casa mater. Una intriga que, todo hay que decirlo, recordaba bastante la de El nombre de la rosa: todo giraba alrededor de un libro prohibido cuya existencia no estaba del todo clara. Sólo que, en lugar de ser esa supuesta segunda parte de la Poética de Aristóteles, aquí se trataba ni más ni menos que del infame Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred.


Decidí desarrollarla en un momento posterior de la historia de Drímar, cuando gracias a la labor del Solitario y sus sucesores, el mundo se ha recuperado del caos, la sociedad se ha reconstruido y se ha vuelto a un nivel tecnológico similar al del siglo XX… más o menos. Hay partes del mundo que aún siguen envueltas en la barbarie y el nivel alcanzado por las que han recuperado la civilización sobrepasa en algunos aspectos al del siglo pasado mientras en otros no ha llegado del todo a su altura. Eso me permitía hacer historias ambientadas en una especie de «presente alternativo» diseñado a mi gusto y sin tener que preocuparme por asuntos molestos como documentarme y demás zarandajas.


Cuando terminé, aunque la historia no era gran cosa, decidí que me gustaba el personaje central y alguno de los secundarios (especialmente el padre Álbrez y el General de la Orden Ors Veles) y que iba a continuar la historia en una nueva novela corta. Y otra más. De forma que, al juntar las tres obtuviéramos una novela completa.


Lo escribí y se llamó Tres huellas del Poeta Loco y, evidentemente, la trama giraba alrededor del Necronomicon y de una secta que quería usar el libro para desencadenar el infierno sobre el mundo.


¿A alguien le suena eso? ¿Alguien que, quizá, ha leído Las huellas del poeta, mi segunda novela holmesiana? Muy bien, un paso al frente, el primero de la clase.


Tres huellas del poeta loco nunca se publicó, lo que no es raro: la trama no era gran cosa, la «inspiración» en la novela de Umberto Eco resultaba demasiado evidente y el tono en primera persona a lo novela negra chandleriana no estaba demasiado bien conseguido. Sin embargo, la novela no murió: parte de su trama y trasfondo acabó pasando, veinte años después, a mi segunda novela sobre Sherlock Holmes.


Es una lección que no tardé en aprender. Nada de lo que escribes es inútil, aunque no consigas publicarlo. Nada desaparece por completo. Y nada queda sin consecuencia.


Escribí una segunda novela de Roy Córdal. Era menos ciencia ficción e intentaba ser más novela negra pura y dura. Fue otro fracaso: el resultado dejó bastante que desear.


Sin embargo, seguía empeñado en usar el personaje. Me gustaba y me gustaba también su voz, a medida que fui aprendiendo a conocerla. Así que acabé escribiendo un cuento que era un homenaje a los robots asimovianos en el que Córdal resultaba ser una figura central.


Y algo más, una novelita corta llamada «Bailando en la oscuridad» donde, por fin, conseguía hacerme con el personaje y su entorno tal como había intentado en las anteriores novelas y no había sabido.


Así que por fin, sí, ya lo tenía. Córdal sería mi nuevo personaje fetiche…


O no.


Porque «Bailando en la oscuridad» fue su canto de cisne, de hecho fue escrita algunos años después del resto del material de Córdal. Su rostro sonriente, un poco cínico, no volvió a asomar por lo que escribía. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que, simplemente, cumplió su ciclo vital y no tuvo más que contarme. Ésas cosas pasan.


4

La frontera final


 Empecé a escribir un relato corto: un hombre recorría una carretera sin final en un planeta absurdo y sin propósito. Faltaba poco para que los ochenta llegasen a su fin y, con ellos, Drímar dio un nuevo giro.


En las historias de Córdal, la Tierra se había recuperado del colapso y, poco a poco, el hombre exploraba el sistema solar. De hecho, había escrito una novela corta titulada «Un agujero por donde se cuela la lluvia» (fruto, por un lado, de una indigestión masiva de «novela experimental» y, por el otro, de mi pasión por los Beatles) que se desarrollaba poco después de la época de Córdal, en un momento en que había varias estaciones espaciales alrededor de la Tierra y se estaba intentando construir la primera nave que, a velocidades relativistas, iría a Alfa Centauro, nuestro sistema solar vecino.


En «La Carretera», que es como se llamaba el relato que mencionaba antes, había pasado un tiempo desde entonces: el hombre se desparramaba alegremente por la Galaxia, se había descubierto un método de propulsión que permitía superar la barrera de la luz y la Vía Láctea estaba plagada de exploradores a sueldo de las Compañías de Prospección en busca de nuevos lugares que explotar. Uno de ellos era el narrador del relato y trabajaba, cómo no, para la Compañía de Prospecciones Álbrez, a cuyo servicio recorría el extraño planeta Bluyeiuei.


Ese relato marcó, en cierto modo, el nacimiento de la etapa definitiva de Drímar, de su formulación final.


Meses después estaba escribiendo «El alfabeto del carpintero», que compartía ciertos elementos temáticos con «La Carretera» y que expandía el escenario un poco más allá. Por primera vez se mencionaba a los Sáver, una potencia rival de la Confederación de Drímar.


Así, poco a poco, la cosa fue creciendo, ampliándose. Y, a principios de los noventa estaba escribiendo una novela llamada Jormungand que iba a ser la culminación definitiva del ciclo de Drímar.


En realidad no fue exactamente así. Tardé bastante en terminar aquella novela y mucho más en publicarla. Y, entretanto, nuevas historias fueron surgiendo: novelas cortas como «Los celos de Dios», o novelas como La sonrisa del gato.


Fue precisamente ésta la primera novela que conseguí publicar. No fue el primer atisbo que tuvieron los lectores de Drímar, ya que relatos como «El robot» o «La Carretera» habían ido apareciendo en los fanzines de la época. Pero sí fue la primera obra de una cierta extensión en ese escenario que los lectores españoles pudieron leer.


Al año siguiente apareció Jormungand bajo el título de Tierra de Nadie: Jormungand. Y un poco después aparecieron por fin «El alfabeto del carpintero» y «Los celos de Dios». Y también una novelita y un cuento de índole fantástica que se ambientaban, más o menos, en la época de Roy Córdal que fueron publicados bajo el título de Las brujas y el sobrino del cazador.


Y algo más. Un relato titulado «Mensajero de Dios» y una novela corta llamada «Un jinete solitario» que, en cierto modo, volvían sobre La sonrisa del gato. En un caso, para contar qué había pasado después; en el otro, para explorar el pasado de uno de sus personajes secundarios, Vaquero.


De hecho, durante mucho tiempo, «Un jinete solitario» fue mi trabajo favorito de ciencia ficción, aquél con el que me sentía más identificado y que veía más personal. No es extraño: había codificado parte de mi experiencia vital en sus páginas y, en cierta forma, aquella novela corta era un modo de exorcizar los fantasmas de mi pasado. Durante bastante tiempo, como he dicho, fue mi favorita, seguramente hasta que escribí El sueño del Rey Rojo (que no forma parte de Drímar), en la que de nuevo usaba un ambiente ciberpunk para codificar y conjurar mis demonios personales. Cosas de ser informático, supongo.


 5

El crepúsculo de los dioses


 Jormungand terminaba de un modo bastante abierto. De hecho, cuando alguien me preguntaba, siempre decía que sí, que habría una continuación y que se llamaría Ragnarok.


No mentía cuando decía eso. Tenía la intención de escribir esa novela y hasta lo intenté. Pero después de varios comienzos en falso, comprendí que no podía, que algo me fallaba y que era incapaz de contar la historia.


Sabía lo que ocurría en ella, por supuesto, pero de algún modo no lograba contarlo.


Creo que, en cierto modo, había llegado a un punto definitivo en La sonrisa del gato. No porque la historia quedase tan cerrada que negara posibilidades de continuación. Mis historias nunca quedan cerradas del todo y, por otra parte, de haber sido éste el caso no podría haberle arrancado un par de spin offs a la novela.


Pero en cierto modo, llevaba la historia, el trasfondo tan cerca del momento definitivo que lo último que me apetecía era volver atrás unos cuantos cientos de años (la diferencia temporal entre Jormungand y La sonrisa del gato era considerable) y contar algo que, para mí, ya era historia antigua y que tenía interés como parte del trasfondo, pero no como algo que narrar.


Quería ir más adelante, no hacia atrás.


Sin embargo, allá por 1997 me puse con «Este relámpago, esta locura», una novela corta en la que jugaba con varias de mis ideas favoritas: religión, superhombres, responsabilidad, la realidad y la ficción. La situé (aún no sé muy bien por qué) entre Jormungand y La sonrisa del gato.


Y poco después empecé a escribir algo que ya no era Ragnarok, sino más bien Bifrost, jugando con la idea del puente (puente narrativo, en cierto modo, pero también puente entre diferentes especies). Iba a desarrollarse en la Tierra y los protagonistas serían los remotos descendientes de algunos de los personajes de Jormungand.


De este modo, el destino final del planeta Tierra de Nadie se vio entre bastidores. Los personajes tenían leyendas e historias acerca de ello, pero era algo que nunca se llegaba a contemplar en primer plano.


Sin embargo, aquel primer Bifrost no llegó a buen puerto. Y no lo hizo hasta que, unos años más tarde, mi amigo Antonio Rivas (Gorinkai) me sugirió que preparase un libro que incluyera La sonrisa del gato, «Los celos de Dios» y «Un jinete solitario».


No era una mala idea. Pero sabía que, si quería vendérsela a un editor, no bastaba con incluir dos novelas cortas y una de extensión media: el viejo mantra de que los relatos vendían peor que las novelas aún llenaba de terror a los editores españoles del género. Así que me decidí por el modelo del fix-up: crear una historia-puente (con lo que, de nuevo, el título de Bifrost me venía al pelo) que en cierto modo englobase las otras tres narraciones y le diera al conjunto la textura de una novela.


Así lo hice.


El resultado, una novela corta con sentido por sí misma, era también adecuado para presentar, dentro de ella, las otras historias. Y, además, llevaba el escenario de Drímar al lugar al que se apuntaba o se entreveía en La sonrisa del gato.


Y tras eso… ¿qué quedaba?


Bueno, una vez más había terminado el relato con un final abierto. ¿Había posibilidades de continuación? Las había.


¿Me motivaban?


No lo suficiente.


Así, Drímar terminaba de esa manera, con nuestros remotos descendientes acercándose al Cielo para arrebatárselo a Dios… o algo parecido. Con una guerra en ciernes cuyo resultado era, como poco, incierto.


Pero, bueno, ya lo dijo Jormungand en su día: la incertidumbre es la sal de la vida, ¿no?


Aunque…


Bueno, nunca tuve muy claro, al menos en todos sus detalles, qué ocurría en la Galaxia tras el enfrentamiento con Dios. Pero sí que sabía un par de cosas, sí que había dos o tres elementos narrativos que tenía claro que iban a jugar su papel en ese proceso y después.


¿Qué elementos? Bueno, ahí está «Cielo tomado, una coda», que es poco más que un apunte de por dónde podría ir el futuro. Nació como prólogo de una nueva novela que nunca llegué a escribir, pero ha terminado como culminación (y posible anticipación de lo que podría suceder) de un ciclo narrativo que, para mí, empezó hace más de treinta y un años.


 6

Y al final…


 Drímar es, posiblemente, el escenario al que más tiempo le he dedicado como escritor. Su primera aparición, casi anecdótica, en aquella novela de fantasía, fue allá por 1981 (o quizá 1982) y la última aportación al universo, «Cielo tomado» fue escrita en 2007. Veintiséis años, por tanto. Veintiséis años durante los cuales, partiendo de un entorno intimista y onírico, acabó convirtiéndose en un ciclo narrativo que abarcaba varios miles de años y buena parte del espacio conocido.


Una porción considerable del material que escribí ambientado en Drímar se quedó por el camino. Parte de él, antes de morir, dejó semillas que acabaron germinando. Otra parte (como el término «sáver» o la idea de la separación de la Galaxia en dos bandos, la Dispersión y la tercera facción que se aprovecha de ella para hacerse con el poder) procede de historias inacabadas que escribí en mi adolescencia y que ni siquiera se ambientaban en Drímar porque no había Drímar alguna por aquel entonces. Fue un proceso largo, a veces complicado y casi siempre gratificante, de aprendizaje. Con Drímar perdí los «dientes de leche» como escritor y desarrollé y di forma definitiva a mis obsesiones, mis manías y mis hábitos a la hora de encarar la narrativa.


¿Siento como mío todo ese material? Sí y no. En cierto modo no lo escribí yo, sino un Rodolfo de otro universo que se parece mucho a mí, pero al mismo tiempo se diferencia en unas cuantas cosas. Releer todos estos relatos y novelas es, hasta cierto punto, meterse en una máquina del tiempo.


No, no soy yo, pero lo fui. Estos relatos, novelas cortas y novelas son parte del proceso que, para bien o para mal, me hizo ser lo que soy ahora. No me siento identificado del todo con algunas partes, pero considero mi obligación aceptarlas igualmente: se lo debo a mi yo anterior, a todos mis yoes anteriores, en realidad.

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Published on February 07, 2014 07:08 • 7 views

January 6, 2014

Cuando escribí El adepto de la Reina, allá por 2009, no tenía la menor intención de iniciar una serie nueva. Había encontrado una idea (la confluencia de dos o tres idas dispares, en realidad) con la que me apetecía jugar y el resultado fue esa novela, con la que decidí inaugurar la andadura de Sportula, mi pequeño proyecto editorial.


Sin embargo, a medida que la escribía no tardé en darme cuenta de que el personaje y su entorno iban a ser demasiado grandes para una sola novela. Así, en enero de 2012 veía la luz El Jardín de la Memoria, donde Yáxtor Brandan, el personaje central, se acercaba a lo que podría ser el equivalente a Japón en su universo.


Pero la cosa no quedó ahí. Dos relatos de mediana extensión (“Embrión” y “Amistad“) complementaron la historia de Yáxtor, llevándonos a sus años anteriores a lo ocurrido en la primera novela. En “Embrión” nos asomábamos a los primeros momentos de su adolescencia, mientras que “Amistad” mostraba la primera misión conjunta entre Yáxtor y otro de los personajes principales de la serie, Fléiter Praghem.


Además, para cuando terminé El Jardín de la Memoria, la línea vital de Yáxtor Brandan y el modo en que se “repartiría” narrativamente estaba bastante clara en mi cabeza. Sabía ya, por ejemplo, que en el tercer libro aparecería por fin el verdadero villano de la serie y que, además, Yáxtor sería derrotado. Sabía también que en el cuarto libro, Yáxtor intentaría recomponer los pedazos de su vida… una suerte de respiro antes de enfrentarse en el quinto libro, por fin, a su némesis. Más allá de ahí el paisaje estaba poblado de niebla y sombras, pero eso ya no me importaba, tenía suficiente para seguir adelante un buen trecho.


Y, al mismo tiempo, el pasado de Yáxtor siguió reclamándome, siguió pidiéndome que lo contara.


Así nació “Detective“, una novela corta en la que un joven Yáxtor, recién licenciado como adepto empírico, unía sus fuerzas a un anciano mentor de resonancias claramente holmesianas. La historia fluyó con facilidad y escribirla fue, sin duda, uno de los periodos más divertidos de todo el tiempo que le he dedicado al personaje; me lo pasé especialmente bien narrando la interacción entre ese joven Yáxtor y su socarrón maestro. Y, además, tuvo una derivación inesperada. Si algo sabemos por las novelas es que el adepto empírico estuvo casado y que su mujer, Ámber, murió en circunstancias misteriosas (y bastante desagradables). Aproveché “Detective” para contar cómo se conocieron ambos y cómo su relación sentimental dio los primeros pasos. Confieso que la escena, casi al final del relato, en la que Yáxtor abre su corazón a Ámber y se muestra tal como es, fue uno de mis momentos favoritos.


¿Acabó ahí la cosa?


De momento, para mí, sí. La sombra del adepto, futura tercera novela de la serie, está en un impasse mientras reconsidero la mejor forma de narrarla. Pero eso no quiere decir que no haya nuevas historias de Yáxtor Brandan… más o menos.


A principios de 2012, Chema Mansilla me pidió permiso para escribir un relato ambientado en mi escenario. Se lo di y el resultado fue “Occidente“, una historia de tintes entre conradianos y lovecraftianos en la que Yáxtor es apenas una figura vista en la distancia, aunque su intervención resulta fundamental para la resolución de la trama.


Y llegó luego Felicidad Martínez, empeñada en narrar la historia, o al menos parte de ella, de Ámber. Tenía pocas pistas sobre el personaje: conocía los pormenores de su muerte, sabía que había conocido a Yáxtor y que se había casado con él muy joven, sabía que era una adepta de la curación y sabía algo fundamental: que Ámber aceptaba a Yáxtor tal como era, sin rechazar nada, sin cerrar los ojos ante las sobras y las aristas de los lugares más oscuros del hombre al que amaba.


Con esos mimbres escribió “Adepta“, una historia en la que Ámber es la protagonista principal y que, por peripecia y personajes, guarda bastante relación con “Detective”. Una novela corta de excelente ritmo, grandes dosis de atrevimiento y todo el desparpajo narrativo que podía esperar de Felicidad.


“Detective” fue publicada en Sportula a finales de 2013. “Adepta” acaba de serlo ahora. Ambas historias, pese a poder ser leídas de un modo independiente, creo que se complementan a la perfección y son, en cierto modo, un espejo la una de la otra. Sin “Detective” no existiría “Adepta”; sin “Adepta”, a “Detective” le faltaría algo.


Espero que ambas historias os gusten. Y prometo intentar tener lista La sombra del adepto a lo largo de este 2014. Aunque, bueno, ya sabéis lo que pasa con los propósitos de año nuevo…

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Published on January 06, 2014 04:04 • 16 views

July 25, 2013

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Drímar, el ciclo completo


No sé, realmente, si es una aspiración común a todos los autores o si se trata de algo que sólo nos afecta a quienes escribimos literatura de género y usamos recurrentemente el mismo escenario o si, quién sabe, es algo que sólo me pasa a mí.


Pero lo cierto es que, ya desde que empecé a escribir las primeras historias ambientadas en Drímar allá por los lejanos años ochenta del pasado siglo, la idea de poder reunir algún día el ciclo completo correctamente ordenado se posó en mi mente y ya no me abandonó jamás. La peripecia editorial de Drímar fue, supongo que como la de muchos otros ciclos narrativos, más bien accidentada: relatos dispersos por esta revista o aquel fanzine, novelas publicadas en distintas editoriales… No fue hasta la creación de mi propia editorial, Sportula, que ese viejo sueño empezó a tener atisbos de cumplirse. Así nació la idea de publicar toda la saga en cuatro volúmenes en papel. El tercero, que incluye la novela Jormungand, apareció el año pasado y el último, titulado Bifrost, lo hará este año, si nadie lo remedia.


Debería haberme sentido satisfecho con eso pero en realidad no lo estoy. La necesidad de partir el ciclo en varios volúmenes para su publicación en papel hizo que la ordenación de las distintas historias no fuera estrictamente cronológica. Me decanté en ese momento por una ordenación más bien temática. De ese modo, el primer volumen, El carpintero y la lluvia, recogía dos novelas cortas y un relato que guardaban cierta relación entre sí, por más que atendiendo a un criterio estrictamente cronológico no fueran contiguas. Del mismo modo, Bifrost contendrá (además de la novela corta que le da título al volumen y que funciona también como el pegamento narrativo que aporta unidad al libro) varios relatos (una novela, dos novelas cortas y un cuento) relacionados temática y argumentalmente, aunque de nuevo no siguen una estricta ordenación cronológica.


Así que, aunque esta edición del ciclo de Drímar en cuatro volúmenes me parece la mejor posible en papel teniendo en cuenta mis posibilidades, no termina de dejarme del todo satisfecho.


Siempre hay una solución para todo, dicen. Y ésta no es otra que el ebook recientemente publicado por Sportula y cuyo título no puede ser más explícito: Drímar, el ciclo completo.


Ahí, por fin, he podido hacer lo que deseaba. No sólo incluir todas las historias atendiendo a la cronología interna de la serie, sino incoporar una serie de «extras» que me parecían necesarios. Así, como si de un DVD se tratase, he podido incluir «secuencias eliminadas», comentarios personales a todo el ciclo, glosarios, cronologías, mapas. La tecnología digital me ha permitido agrupar eso en un solo volumen, concebido y diseñado para que sea un experiencia la más satisfactoria posible para el lector interesado en acercarse a Drímar.


¿Estoy del todo satisfecho? Casi. Soy, me temo, un fetichista del papel. No tengo nada contra los ebooks, ni como lector ni como escritor ni como editor, pero mi corazón sigue anclado a los libros en papel. Un fetichismo, como digo. Un atavismo, quizá. Seguramente. Sin embargo, no renuncio a la idea de hacer un día la versión en papel de Drímar, el ciclo completo, Un único tomo de más de mil trescientas páginas, quizá una edición superlimitada para aquellos pocos interesados en un «tocho» semejante.


¿Lo haré? Quién sabe. No me sorprendería demasiado. Entretanto, ahí tenéis el ebook de Drímar, el ciclo completo. Leedlo y, eso espero, disfrutadlo.

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Published on July 25, 2013 01:47 • 87 views

April 10, 2013

Reproduzco a continuación el texto de presentación que acompaña a Memoria de Tinieblas, la extraordinaria ucronía steampunk escrita por Eduardo Vaquerizo y que transcurre en el mismo escenario que Danza de Tinieblas.


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Memoria de Tinieblas, de Eduardo Vaquerizo


Madrid, 1970.


Las naciones católicas siguen sumidas en la decadencia. Quién sabe si, en Roma, el Papa actual se lamenta de que la cerrazón de sus predecesores causara el cisma español cuatrocientos años atrás y perdiera para el catolicismo, no sólo España y los principados alemanes, sino todo el nuevo continente de las Américas.


África, casi despoblada tras las plagas que la asolaron, permanece inexplorada en gran medida, salvo aquellas zonas costeras controladas por España o por los turcos.


El Imperio Español construido por Juan de Austria y mantenido por sus sucesores, parece gozar de buena salud. En sus costas, en efecto, no se pone el sol y su influencia se extiende por todo el mundo, desde las Américas a las más lejanas costas de Asia. Hay descontento entre las clases bajas pero, ¿cuándo no lo hay? El Imperio es una máquina bien engrasada a la que le queda cuerda para rato.


Aunque…


En el Este, se desangra en una larga guerra contra el Imperio Otomano que hace tiempo ha alcanzado una situación de impasse. Ninguno de los dos bandos es capaz de alzarse con la ventaja, y esta situación va minando poco a poco los recursos de ambos.


En el Oeste, en las Américas, el territorio de Nueva Borgoña se está convirtiendo en terreno abonado para la revolución, para que los plebeyos se gobiernen a sí mismos sin reyes ni nobles que les impongan un sistema de vida que los aboca a la miseria. Quizá no son más que un puñado de desharrapados extendidos por un territorio sin importancia. Pero su ejemplo puede ser peligroso si cunde.


Además…


Un momento.


¿Madrid, 1970?


¿Qué Madrid? ¿Y qué 1970?


En efecto, amable lector. Has dado con meollo del asunto, el verdadero intríngulis de todo esto. Porque no estás en el siglo XX que conoces. Y, de hecho, la historia de los últimos cuatro siglos ha sido muy distinta a la que recuerdas.


Estás ante una ucronía. Un escenario que, en un momento concreto de su historia (que en este caso puede situarse justo tras la batalla de Lepanto, en 1571), se ha separado de nosotros y ha discurrido por su propio camino de acontecimientos hasta construir un siglo XX, un año 1970 que no es el que conoces… aunque a veces lo recuerde poderosamente y, en ocasiones, parezca incluso más real, más vívido y detallado que el que describen los libros de historia.


Si has leído Danza de tinieblas, ya sabes de qué te hablo. Si no, echa a correr a por ella y devórala lo antes posible. No porque la necesites para comprender o disfrutar del libro que tienes en las manos (te aseguro que no es así), sino porque Danza de tinieblas es una estupenda novela por sí misma.


En ella nos asomamos al Madrid de 1929 (un 1929 que, no me canso de decírtelo, no es el que figura en los libros de historia) y, a lo largo de una aventura trepidante, de un emocionante thriller de capa y espada (o de acero y Villegas, podríamos decir, para los iniciados), vamos teniendo un atisbo, una pequeña pincelada de un paisaje y un escenario que prometen ser fascinantes una vez se alce el velo.


Y éste se alza aquí, en esta Memoria de tinieblas. La novela anterior tenía un foco cercano y cerrado, ese Madrid de finales de los años veinte que recorre el cabo Salamanca en su empecinamiento por desvelar el misterio. Ahora, el foco se abre y nos muestra un panorama mucho mayor, más completo; cierto que Madrid sigue siendo uno de los puntos clave de la historia, pero no es menos importante la Nueva Borgoña americana o incluso el frente de Alsacia. Y Eduardo Vaquerizo, a medida que despliega ese panorama ante nuestros ojos, lo va usando como escenario para una historia más grande que la anterior, más ambiciosa, más compleja y elaborada y, en todos los aspectos, más redonda.


Danza de tinieblas era una estupenda novela en un escenario prometedor.


Memoria de tinieblas es una novela impresionante en un escenario que ya no es una promesa, un atisbo, sino una fascinante realidad. Tras esa realidad hay un trabajo metódico, preciso y elaborado que casi parece orfebrería narrativa; un esfuerzo mitopoiético que nada tiene que envidiar a los mejores «otros mundos» que nos han dado la ciencia ficción y la fantasía.


Creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que estamos ante una de las cinco mejores ucronías steampunk jamás escritas en cualquier idioma. Desde luego (y vais a perdonarme la contundencia), es la mejor ucronía steampunk jamás escrita en castellano: el cuidado en el detalle, el mimo en las invenciones tecnológicas de esa historia alternativa, el estilo elegante y ocasionalmente castizo, las dos tramas que se van desenrollando hasta encontrarse de un modo fluido y natural al final, el conocimiento de primera mano de ese paisaje madrileño alternativo, como si el autor llevara viviendo en él toda su vida, el ritmo regular, la precisa respiración de la novela… todo eso se confabula, se une y se combina en una novela espectacular destinada a convertirse en un clásico del género.


Pero no tenéis por qué creerme, por supuesto. Al fin y al cabo, soy el editor de este libro y supongo que se espera de mí que hable en extremos, que exagere las virtudes de lo que publico y oculte sus defectos.


Así que, os lo ruego, no me creáis. No me hagáis caso, por favor. Comprobadlo por vosotros mismos. Echadle un tiento a la novela, leed las primeras páginas, adentraos en ese siglo XX que nunca existió y que a veces parece más auténtico que el real.


Una vez que lo hayáis hecho, os lo advierto, no habrá vuelta atrás. Tendréis que seguir leyendo hasta el final.


Porque eso es lo peor de Memoria de tinieblas. Que se acaba.


Confío en que sólo de momento.


© 2013, Rodolfo Martínez
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Published on April 10, 2013 11:45 • 54 views

April 6, 2013

Reproduzco a continuación el texto de presentación que acompaña a la edición de Sportula de Simetrías rotas, la excelente recopilación de relatos de Steve Redwood.


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Simetrías rotas, de Steve Redwood


¿A quién quieres más: a papá o a mamá?


Dicho de otro modo: ¿Qué faceta de Steve Redwood como escritor prefieres: su lado serio o su vertiente humorística? ¿Dónde es más ácido, más punzante, dónde es más afilado su bisturí y dónde llega más hondo en su exploración de los aspectos más oscuros de la humanidad?


Bastante antes de que surgiera la posibilidad de ser el editor de este libro, tuve el placer de traducir dos de los relatos incluidos en él: «Hasta la última generación» y «De Madrid al infierno».


En la traducción del primero traté en todo momento de respetar el tono poético, casi elegiaco, que Steve sabe imprimir a la crónica de una sociedad ignorante de la terrible maldición que está desencadenando sobre sí misma. El texto que tenía entre manos lo merecía, sin duda alguna. Sólo espero que mi versión en castellano haya mantenido el contenido emocional, la sutil desesperación que en su momento me transmitió el original.


Traducir el segundo fue como dar un giro de ciento ochenta grados. ¿El tipo que había escrito aquello, la mente enferma que había ideado aquella disparatada (o quizá no tanto), sangrante e irreverente parodia de la actual realidad española era la misma alma sensible (aunque no menos implacable) que había escrito el otro relato?


Al parecer, lo era; y no tardé en confirmarlo a medida que iba leyendo los distintos relatos incluidos en estas Simetrías rotas y, de paso, asombrándome ante los continuos cambios de estilo, de enfoque, de tono y de humor. Steve no sólo se mueve por las historias humorísticas con la misma comodidad que por las narraciones más «serias», sino que modifica su forma de narrar y la adapta con tal versatilidad a lo que le pide cada historia que llega un momento en que parece que nos encontremos ante relatos surgidos de media docena de autores distintos cuya única característica común (aparte de cierto gusto por explorar lo malsano y lo grotesco como si fuera lo más natural del mundo) es lo endiabladamente buenos que son todos ellos.


El entrecomillado de unas líneas más arriba es, evidentemente, deliberado. Como otros antes que él, Steve es consciente de que no hay nada como el humor para enfrentarse a lo más serio: humor a veces irónico, a menudo irreverente y casi siempre afilado; tanto, que muchas veces corta hasta el hueso y más allá. Una característica, por cierto, que Steve comparte con su compatriota Terry Pratchett; confieso que la mejor y más inteligente reflexión que he leído sobre los cuentos de hadas es Brujas de viaje (Witches Abroad), de la serie de Mundodisco.


Como otro inglés, John le Carré, Steve es capaz de lanzar sobre su propia cultura la mirada del extranjero y mostrarnos con cierto desapego distante y a veces cruel algunos tipos característicamente ingleses. Pero no nos dejemos engañar: cuando retrata a esos británicos con problemas para relacionarse socialmente nos está retratando un poco a todos, a ciertas partes de nosotros mismos en las que preferimos no pensar.


Pocas literaturas muestran y reflejan la sociedad que las ha creado mejor que la literatura fantástica. Pocas herramientas de reflexión sobre la realidad hay superiores a la ciencia ficción. Pocos géneros son más adecuados que la sátira para obligarnos a ver lo que no nos gusta de nosotros mismos… Al fin y al cabo, el bufón tiene bula para decir la verdad.


Los relatos de Steve son todo eso y más: inquietante literatura fantástica, ciencia ficción con garra especulativa, sátira afiladísima y, sobre todo, un rostro que no aparta la vista y nos obliga a contemplar ciertos rincones oscuros y retorcidos de nosotros mismos.


El espejo, la simetría que prefigura el reflejo, se rompe en cada uno de estos relatos. Y en sus añicos esparcidos por el suelo vemos cosas que quizá preferiríamos no haber visto.


El autor no nos dará esa opción.


© 2013, Rodolfo Martínez
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Published on April 06, 2013 01:23 • 55 views

March 12, 2013

Reproduzco aquí el texto de presentación de la edición de Sportula de Viaje a un planeta Wu-Wei, una de las obras fundamentales para comprender (y disfrutar) la ciencia ficción española.


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Bermúdez ha sido la voz más influyente en la génesis de la actual CF española. El primer escritor políticamente incorrecto, el primer literato con una preocupación formal añadida a la especulativa, el primer autor con voz autóctona. El primer posmoderno.


Julián Díez



Debió ser allá por 1989. No más allá de 1990, en todo caso. En mis manos cayeron dos novelas de Gabriel Bermúdez Castillo: El hombre estrella y Golconda. Confieso que la primera no me entusiasmó; me gustaba la premisa inicial, la inversión de los roles sexuales con los que jugaba la novela, pero la historia en sí me parecía débil y sin demasiada garra. Golconda me resultó más satisfactoria, pero me quedó la sensación de que allí faltaba algo, que había demasiados huecos en una historia que, además, no terminaba.


Por aquel entonces colaboraba con el fanzine Maser, que sacaba con cierta frecuencia un pequeño boletín informativo que reseñaba novedades de ciencia ficción e incluía también algún que otro artículo de fondo.


Escribí una reseña de ambas novelas para el boletín. Y confieso que cargué las tintas en los aspectos negativos de ambas novelas y no resalté lo suficiente los positivos. Nada de lo que decía era falso, pero sí deformaba en cierto modo la realidad.


Años después volví a leer ambas novelas, algo que hago con cierta frecuencia: de vez en cuando recorro con la vista mi biblioteca y, a veces, por un motivo o por otro, algún título ya leído llama mi atención y decido releerlo a ver si la impresión inicial era correcta o la relectura la hace cambiar. Siempre he considerado, de hecho, que la verdadera lectura, la que deja poso y proporciona una imagen más certera de la novela, es la segunda y no la primera.


Seguí encontrando floja El hombre estrella, pero me pareció que Golconda era bastante mejor de lo que recordaba y, como ya me había sucedido la primera vez, me resultó muy interesante el manejo del lenguaje que hacía el autor y el modo en que jugaba con él para reflejar distintos estratos sociales o situaciones diferentes. Repasé las reseñas que había escrito de ambas novelas y me pareció que había sido demasiado negativo, especialmente con Golconda.


Y, llevado por un impulso, conseguí la dirección del autor a través de mis contactos con el fandom cienciaficcionero y le escribí para pedirle disculpas por haber cargado demasiado las tintas en lo negativo de sus novelas. ¿Suena tonto? Seguramente. Y más teniendo en cuenta que era muy probable que el hombre ni siquiera hubiese leído esas reseñas mías, teniendo en cuenta la limitada circulación del boletín informativo de Maser.


En efecto, Gabriel Bermúdez no había leído mis reseñas y así me lo hizo saber en la amable carta con la que respondió a la mía. Sí, una carta, en papel, en un sobre y echada a un buzón de correos… eran otros tiempos.


Eso inició una cordial correspondencia entre ambos que, con el tiempo, fue derivando hacia una buena amistad. En algún momento, sintiéndome quizá un poco avergonzado por mi osadía, llegué a enviarle algunas de mis obras. Por entonces, yo era un tipo que había publicado poco menos de una docena de relatos en un par de fanzine y varios artículos en los mismos medios. Bermúdez era un escritor veterano y apreciado y, seguramente, lo último que querría era leer los intentos literarios de un novato.


Pero lo hizo. Los leyó y fue lo bastante amable para hablar bien de ellos. Creo recordar que se trataba de La sabiduría de los muertos (mi primera novela holmesiana) y de Los celos de Dios, una novela corta que transcurría en mi universo de Drímar. Gabriel no sólo leyó ambos textos y me hizo saber que le gustaban, sino que en un caso me ayudó a corregir varios errores de ambientación (gracias él supe cuál era el coche de caballos correcto en la era victoriana para tres personas, por ejemplo) y en el otro fue capaz de desentrañar casi todas las claves de la cronología de Drímar con sólo haber leído un relato.


Al mismo tiempo me envió lo que iba a ser su próximo libro. Acababa de publicar con Miraguano la novela Salud mortal y lo que me hizo llegar fue una recopilación de dos novelas cortas y un relato que saldría con la misma editorial bajo el título de Instantes estelares. También me comentó que la edición que Acervo había hecho de Golconda estaba severamente mutilada y que, en realidad, la novela no era sino una parte de un todo mayor llamado Mano de Galaxia que algún día esperaba poder publicar. (Algo que ocurrió unos cuantos años más tarde gracias  la Universidad de Zaragoza, pero eso es otra historia.)


Entretanto, yo seguía sin haber leído las que son, seguramente, sus dos novelas más emblemáticas, publicadas ambas hacía algún tiempo y difíciles de conseguir en aquellos momentos. Gracias mi buen amigo José Luis Rendueles pude leerlas (y, algún tiempo después, conseguí hacerme con mis propios ejemplares). Se trataba, por supuesto, de El señor de la Rueda y Viaje a un planeta Wu-Wei.


Con lo que llegamos, amable lector, al verdadero propósito de esta presentación. Ya era hora, pensarás.


De El señor de la Rueda espero poder hablar otro día.


En cuanto a Viaje a un planeta Wu-Wei, la novela me atrapó desde el primer momento. El primer capítulo me intrigó, el segundo me tuvo en vilo y, para cuando llegué al tercero y conocí a ese pedazo de personaje que es Serapio Marcilla, alias el Manchurri, ya estaba completamente pillado.


Devoré la novela en muy poco tiempo, saboreando cada página, cada anécdota, cada golpe de ironía, disfrutando de esa sociedad de tintes claramente anarquistas que poblaba sus páginas, gozando con los personajes y sus peripecias. Cuando llegué al final y cerré el libro, supongo que mi primera reacción fue ponerme a buscar mi mandíbula, que algún momento de la lectura se me había caído y, sin duda, debía de estar en el suelo, por alguna parte.


Creo que nunca había leído nada parecido. Era ciencia ficción, sin duda. Y era una excelente novela, por supuesto. Pero era algo más. Era algo distinto, diferente. Aquello, saltaba a la vista, no había sido escrito por un autor americano o inglés, ni por un autor patrio que siguiera esos modelos servilmente. Cada página, cada capítulo, casi cada frase, tenía un marcado sabor hispano y la novela destilaba una ironía y una mala leche que sólo podían ser netamente españolas.


Viaje a un planeta Wu-Wei era una excelente novela de por sí, pero además tenía el valor añadido de tener una personalidad propia, contundente y muy distinta a la de toda la ciencia ficción (casi mayoritariamente anglosajona) que había leído hasta aquel momento. Se suele considerar la aparición de Lágrimas de luz de Rafael Marín el momento de la mayoría de edad de la ciencia ficción española. No lo discuto. Sin embargo, la novela de Gabriel Bermúdez supuso, seis años antes, un toque de atención importante: allí había un excelente escritor con una voz propia que tenía cosas interesantes que contar y sabía cómo contarlas.


Como comentaría años más tarde Julián Díez, Gabriel Bermúdez fue, en cierto modo, el primer posmoderno de la ciencia ficción española. Si alguna vez ha habido una novela mestiza en nuestro género, una novela que amalgamara distintos géneros (space opera, fantasía, terror, viaje iniciático, sátira, novela utópica…) ésa era sin duda Viaje a un planeta Wu-Wei. Y el resultado era de una armonía y una coherencia narrativa sorprendentes.


No es una novela perfecta, desde luego. El mismo autor ha reconocido en alguna ocasión, por ejemplo, que toda la parte de la aventura africana es una especie de excrecencia narrativa que guarda poca relación con el resto de la historia.


¿Importa eso? ¿Quién demonios quiere una novela perfecta? ¿Existe algo como eso, acaso?


Pero no voy a recorrer ese camino, no tendría sentido.


Baste decir que Viaje a un planeta Wu-Wei es una de las mejores novelas españolas de ciencia ficción de todos los tiempos. Que tiene personalidad propia. Y que, sobre todo, es una lectura fascinante, vibrante y enormemente divertida.


No, esta presentación aún no ha terminado. Te pido disculpas por lo dilatado de la misma, paciente lector; ya no queda mucho, en todo caso.


No es la primera vez que publico esta novela. Allá por el año 2000, la HispaCon (la Convención Española de Ciencia Ficción) se celebró en Gijón, dentro del marco de la Semana Negra. La organización de la HispaCon, de la que formaba parte, se propuso publicar dos libros, de cuya realización me acabé encargando. Uno fue Sol 3, una recopilación de relatos y artículos de Domingo Santos, un merecido homenaje a uno de los grandes nombres de la ciencia ficción española que, además, tenía el formato y la maquetación de un número de Nueva Dimensión, la revista que Santos había creado (junto con Luis Vigil y Sebastián Martínez) y había dirigido en su última etapa.


El otro fue, precisamente, una reedición de Viaje a un planeta Wu-Wei.


Se hizo una tirada muy limitada de ambos libros y, dentro del espíritu de la Semana Negra, fueron ediciones gratuitas que se regalaron a los asistentes.


Confieso que nunca estuve muy contento con esa edición a pesar, o quizá precisamente por eso, de haberla realizado yo.


Por un lado, hubo que reconstruir el texto a partir de la edición previa de Acervo, ya que el autor no tenía una copia en digital (sí, eran otros tiempos, sin duda), lo que implicaba un trabajo de escaneo/OCR más la posterior revisión del texto reconstruido para asegurarse de que estaba libre de erratas. Por desgracia, esa última tarea no se hizo todo lo bien que se debería haber hecho (el tiempo se nos echaba encima) y el libro salió con demasiadas erratas.


Por otra parte, no me gustaba demasiado el formato en que lo publicamos. El libro tenía unas dimensiones un tanto extrañas (demasiado grande y casi cuadrado) para hacerlo compatible estéticamente con los libros que solía publicar la Semana Negra. Era un formato que no me gustaba demasiado y es otro de los motivos por los que nunca estuve del todo satisfecho con esa edición del año 2000.


Poco sospechaba yo que el tiempo me daría la oportunidad para hacer las cosas mejor y conseguir, por fin, una edición a mi gusto. Una edición más acorde, a mi parecer, con lo que la novela merecía.


Ahora, trece años después de la edición de la Hispacon, veintiséis años después de la edición de Orbis y treinta y siete años después de la edición de Acervo, Viaje a un planeta Wu-Wei vuelve a estar al alcance de los lectores, en una edición simultánea en ebook y en papel. Una edición que, así lo hemos intentado, aspira a ser definitiva y se complementa con un recorrido por la historia editorial de la novela y donde el lector podrá encontrar las distintas portadas (incluida la de la reciente edición polaca), recortes de periódico de la época de la primera edición, el prólogo que Julián Díez escribió para la edición del 2000 e, incluso, la valoración que Domingo Santos realizó de la novela en aquellos lejanos años setenta para recomendar su publicación por Acervo.


Si eres un lector veterano de ciencia ficción, sin duda ya has leído y disfrutado la novela. Esperamos que vuelvas a hacerlo y que esta edición te aporte algo nuevo. Si nunca te has acercado a Viaje a un planeta Wu-Wei, si es tu primera vez, adelante, pasa la página y empieza a disfrutar. Además, si ése es tu caso, si estás a punto de leerla por primera vez, confieso que te envidio, amable lector.


Inicia el viaje. Será fascinante y, estamos, seguros, cuando acabes querrás más.


Tiempo al tiempo, en todo caso, y buena travesía.


© 2013, Rodolfo Martínez
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Published on March 12, 2013 12:15 • 56 views

February 10, 2013

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El adepto de la Reina (Sportula, 2009)


Siempre he dicho (y así lo pensaba) que Yáxtor Brandan, el personaje central del ciclo que se inicia con El adepto de la Reina, partía de James Bond, el implacable agente 007 al servicio de Su Majestad. Y no es que sea realmente falso: en mi mente consciente, el capitán de fragata Bond era el modelo original, el cliché al que me apetecía darle las vueltas y con el que quería jugar. No era el único modelo, por supuesto: el Jack Bauer que Kiefer Sutherland interpreta en la serie 24 también estaba presente en mi cabeza cuando creé al adepto empírico. Y, por supuesto, como la mayoría de mis personajes, Yáxtor heredó partes de mi personalidad. ¿Cuáles? Seguramente las menos agradables, probablemente el niño malcriado acostumbrado a salirse con la suya que llevo dentro y que le guarda rencor al mundo entero cada vez que no consigue lo que quiere. Me apresuro a añadir que ésa (por suerte para mí y para los que me rodean) no es la parte dominante de mi personalidad… normalmente.


Sin embargo, enterrado en mi subconsciente, había un modelo más cercano, un personaje cuya frialdad e implacabilidad habían servido, sin la menor duda, de punto de arranque para Yáxtor. Simplemente, lo había olvidado hasta hacía unas semanas.


Hace poco tuve oportunidad de ver de nuevo Reilly, as de espías, la serie de la Thames Television donde se narra la vida de Sidney Reilly, el primer super espía británico (aunque era ruso),  que desarrolló toda su actividad en las primeras décadas del siglo XX. Reilly fue un personaje fascinante y, seguramente, es el responsable en buena medida de haber creado el espionaje moderno, tal como lo conocemos. De hecho, cuando Fleming crea a su 007 tiene muy presente la figura de Sidney Reilly. Lo que sabemos de él no es muy fiable: la parte rusa de sus actividades al servicio de la Corona está bien documentada, pero lo que sabemos de sus primeros tiempos lo sabemos porque él mismo lo contó y no tenemos otras fuentes con las que contrastar sus afirmaciones. ¿Relamente ayudó a los japoneses en la guerra con Rusia en 1904? Sí, estaba en Manchuria por aquella época, es cierto, pero poco más sabemos. ¿De verdad llamó la atención de los británicos sobre la importancia estratégica del petróleo del Golfo Pérsico, fue realmente responsable de que el prospector d’Arcy llegara a un acuerdo con los ingleses en lugar de con los Rothschilds? Él afirma que sí, pero nada hay que lo corrobore. Es evidente que buena parte de la leyenda de Reilly fue construida por el propio Reilly, lo que hace de él un personaje aún más fascinante.


Reilly, Ace of Spies

Reilly, Ace of Spies (Thames, 1983)


En la serie, Reilly es impecablemente interpretado por Sam Neill quien, especialmente en los primeros capítulos, construye un individuo frío, carente de escrúpulos, totalmente centrado en su misión y al que no le tiembla la mano a la hora de usar a esta persona o aquélla con tal de conseguir su propósito. Y, si en el proceso, quedan arruinadas vidas o reputaciones, ése no es su problema y no le dedica ni un pensamiento a esa cuestión.


La serie es de 1983 y la pasaron en su día por nuestra televisión española. Y la vi y la disfruté. Pero la tenía sumamente olvidada: recordaba vagamente que me habían gustado mucho los capítulos centrados en la revolución rusa, pero poco más. Y lo cierto es que, hasta hace poco, no me atreví a verla de nuevo, temeroso de que la nostalgia me hubiera tendido una trampa y la serie no fuera tan buena como recordaba.


Por suerte eso no fue así: volví a disfrutar de la serie, tanto de la peripecia como del ambiente como del personaje. Y, en efecto, los capítulos que se centran en el intento de golpe de estado a Lenin (patrocinado por los británicos y dirigido por Reilly) son lo mejor de la serie.


Y, mientras la veía, comprendí que aquel Reilly de los primeros episodios que es cualquier cosa menos un caballero, tal como lo describen en algún momento sus superiores, era Yáxtor. O, más exactamente, el modelo del que Yáxtor había partido en primer lugar.


Es algo que me pasa con cierta frecuencia: recuerdos y referencias enterradas en la parte más profunda de mi mente que acaban pasando a lo que escribo y de los que no soy consciente hasta después de haberlo puesto en la página. Al fin y al cabo, los escritores usamos el pasado como materia primera… incluso cuando no recordamos ese pasado.


© 2013, Rodolfo Martínez
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Published on February 10, 2013 05:20 • 61 views

December 4, 2012

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Danza de Tinieblas, de Eduardo Vaquerizo


En unos días, si nadie lo remedia, y mientras Terra Nova (la antología compilada por Mariano Villarreal y Luis Pestarini que tiene todas las papeletas para convertirse en la antología de ciencia ficción del 2012, y al cuerno la modestia, qué narices) va llegando a los distintos puntos de venta, estará listo el próximo proyecto de Sportula: la reedición (en ebook y en rústica bajo demanda) de Danza de Tinieblas, la novela Eduardo Vaquerizo finalista del Premio Minotauro 2005 y ganadora del Ignotus y el Xatafi-Cyberdark 2006: una impresionante ucronía steampunk que nada tiene que envidiar a lo mejor que se ha publicado internacionalmente en ese subgénero.


El aficionado a la ciencia ficción y la fantasía está acostumbrado a toparse de vez en cuando con la ucronía: un relato o una novela que se desarrolla en un mundo idéntico al nuestro hasta que en cierto momento del pasado empieza a divergir de él. Puede ser, por citar sólo algunos de los ejemplos más habituales, que Colón no llegue a América, que los Estados Confederados ganen la Guerra Civil Americana, que la Armada Invencible realmente lo sea, que Alejando Magno alcance una edad madura y estabilice sus conquistas, que los alemanes ganen la Segunda Guerra Mundial, que Juliano el Apóstata tenga éxito en su intento y el cristianismo deje de ser la religión dominante en Europa… Generalmente se elige como punto de ruptura un acontecimiento histórico bien conocido y lo más crucial posible para el devenir de la Historia… o al menos que lo parezca.


El steampunk, otro género que goza del favor del público en los últimos años, deriva hacia la ucronía con facilidad. A la premisa de mostrarnos una sociedad acorde con las fantasías de los escritores de ciencia ficción del siglo XIX (donde la tecnología dominante es el vapor, de ahí el nombre del subgénero) no le cuesta demasiado dar un paso más y dirigirse hacia un presente alternativo que se construye a partir de las ideas de Verne o Wells, por ejemplo. El atractivo estético del steampunk, por otro lado, ha hecho que en los últimos años se haya convertido en algo más que literatura: en estos momentos no es difícil encontrar diseñadores de ropa, de mobiliario y de complementos steampunk que combinan una estética de raigambre victoriana con elementos indudablemente de ciencia ficción.


Ucronía y steampunk, por tanto, tienden a ir de la mano con cierta frecuencia…


Al menos fuera de nuestras fronteras.


Porque, no nos engañemos, la mayoría de los ejemplos que nos vienen a la mente de ambos subgéneros (o del subgénero híbrido que los combina) suelen ser extranjeros y, en general, de procedencia inglesa o norteamericana. E, incluso cuando los españoles nos acercamos a la ucronía steampunk lo hacemos siguiendo los modelos dominantes y usando la imaginería de Jules Verne o H G. Wells, como hace Víctor Conde en su novela (por otra parte excelente) Los relojes de Alestes.


Hay excepciones, es cierto, obras españolas que juegan con un punto de ruptura referido a la historia nacional y tratan de darle un carácter español a la sociedad alternativa que construyen. Me viene ahora mismo a la memoria la novela corta «Fuego sobre San Juan», que juega con la idea de que España no pierde las Filipinas y, por tanto, sigue conservando parte de sus colonias de ultramar. Y estoy seguro de que hay otros casos.


Creo, sin embargo, que Danza de tinieblas (publicada por primera vez en 2005) es la primera novela española que hibrida ucronía y steampunk y lo hace, además, presentándonos un paisaje netamente español donde los referentes beben de nuestra historia y la estética remite a nuestro propio pasado.


Eduardo Vaquerizo construye, a partir del momento divergente que elige como punto de partida (no os diré cuál es, lo descubriréis en las primeras páginas de la novela), un escenario fascinante, rico en referencias, bien tramado y deliciosamente plausible: el siglo XX que nos muestra en las páginas de su novela no es el que conocemos, pero podría haberlo sido de haberse producido dos o tres ligeros cambios en nuestra historia. El Madrid que nos muestra no es el Madrid «real» de finales de los años veinte, pero es Madrid, parece Madrid, huele y respira como Madrid y se comporta como Madrid.


Y, en ese escenario, nos planta un personaje vital, terco y empecinado, una suerte de personaje de novela negra que (como todo buen personaje de novela negra que se precie) termina siendo héroe a su pesar mientras se empeña en la tarea mucho más humilde (y a veces infinitamente más difícil) de sobrevivir un día más. Joannes Salamanca es el guía perfecto para el viaje por las calles de Madrid y alrededores en que se convierte la novela casi desde las primeras páginas, acercándose así un género netamente español como es el costumbrismo: las pinceladas con las que se traza cada escala del camino son veloces, vivaces, en ocasiones gruesas y siempre eficaces para crear una atmósfera creíble y un entorno plausible.


Joannes va acompañado en su periplo de distintos personajes, y cada uno de ellos añade su propia pincelada al paisaje: Rebeca, fray Faustino, el duque de Mier, la Dolores, el Ciego… todos ellos van dejando su huella a lo largo de la novela y van componiendo un escenario cada vez más fascinante, además de oscuro y lleno de sorprendentes recovecos.


Danza de tinieblas también es ciencia ficción: ciencia ficción en otro tiempo y en otro lugar (o quizá en el mismo, aunque no del todo), ciencia ficción que se va dejando caer gota a gota para componer un misterio y su resolución y para prefigurar una tecnología que no es la que conocemos (no es la de nuestro pasado ni tampoco la de nuestro presente) pero no por ello resulta menos plausible.


Ucronía, steampunk, novela negra, costumbrismo, ciencia ficción… Una novela híbrida, por tanto, mestiza; pero, sobre todo, una buena novela con buenos personajes, una trama inteligente y bien construida y un ritmo que atrapa al lector en la primera página y no lo suelta hasta que no ha terminado la lectura; una novela en la que cada elemento encaja con los demás con una armonía sorprendente y de un modo totalmente fluido y orgánico.


Y, por encima de todo, una estupenda lectura, absorbente y fascinante.


¿Y sabéis qué es lo mejor?


Que sólo es el principio. Atentos en los próximos meses a Memoria de tinieblas.


© 2012, Rodolfo Martínez
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Published on December 04, 2012 02:54 • 45 views

Escrito en el agua

Rodolfo Martínez
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